Vol. XII, No. 1, enero-febrero de 1978. Publicación bimestral del Colegio Nacional de Economistas, (Antonio Caso No. 86, México 4, D.F.

No se trata tanto de una nueva publicación como de una revista ya conocida con nueva periodicidad. Ahora los editores aspiran a combinar la “versatilidad” que caracterizó a Factor Económico (publicación que aparecía mensualmente), con la “calidad y seriedad” de El economista mexicano que hasta ahora se editaba trimestral. En la misma presentación de esta nueva época de la revista se definen las políticas editoriales: “Sabemos que existen en el ámbito nacional diferentes criterios y controversias importantes sobre la forma de avanzar hacia los objetivos esenciales del desarrollo económico y social, y por eso consideramos deseable la confrontación de ideas y puntos de vista (…) Nuestra intención es que EEM se convierta en órgano de expresión de corrientes diversas…”

La nota editorial

El bautizo es de optimismo, y según el más puro estilo de la “prudencia” se afirma: “A poco más de un año de haberse iniciado la actual administración, no es posible todavía determinar con precisión cuál es el rumbo y la orientación de la política económica”. Curiosa, significativamente, un poco más adelante se termina por reconocer lo contrario: que el gobierno aceptó durante 1977 las condiciones impuestas por el FMI, y que ello implica la adopción de una política que sacrifica los “verdaderos objetivos del desarrollo” (que no son los de estabilidad monetaria y cambiaria, y menores déficits; y que más bien van asociados a los del crecimiento de la economía y el empleo).

Tal vez los editores no se quieran derrotistas y deseen conceder a la corriente no-monetarista -que justificadamente representa el CNE- alguna posibilidad de participación “en el diseño e implementación de una opción distinta de política económica”. Pero habría que recordar que el pesimismo no está en reconocer una realidad sino en suponerla estática. Tras este no-reconocimiento de que la política adoptada está nítidamente definida y que es, además, francamente monetarista, parece subyacer cierta reticencia a reconocer explícitamente que no se trata de simples discrepancias “técnicas” entre dos escuelas del pensamiento económico, sino que éstas representan intereses de clases o grupos sociales distintos. Y que en consecuencia no se trata de resolver una discrepancia académica, sino de dar una lucha política

El contenido del número

Para no postergar la demostración de que la revista se propone tener un sentido polémico, en esta entrega se publican dos artículos que comentan el comportamiento de la economía mexicana durante 1977, que asumen puntos de vista opuestos. Uno, escrito por Julio A. Millán afirma que “en 1977, México logró alejarse gradual pero consistentemente de los abismos políticos y económicos en que estuvo a punto de hundirse”; el autor hace una verdadera apología de la actual política gubernamental.

El otro, escrito por David Colmenares Páramo, sostiene que durante el mismo año, no sólo no se ha salido de la crisis, sino que ésta se ha profundizado.

El primero (J.A.M.) argumenta que un importante síntoma de la recuperación es haber logrado reducir la tasa de inflación. Esta tendencia, dice, puede continuar si -como el autor lo espera- el gobierno mantiene su programa de austeridad general. A este “éxito” contribuyó lo moderado de los aumentos salariales (que promediaron 10.8%). Según, el autor, “los sindicatos se dieron cuenta en 1977 de que si pedían un aumento normal (sic) en los salarios lo más probable es que hubiesen reducido aún más el número de empleos”. Aparte de que sería discutible el concepto de normalidad empleado por el Sr. Millán (en todo caso tendría que referirse al aumento del costo de la vida -como quiera que éste se mida- que supera lo logrado en aumentos salariales), no es sostenible que haya una correlación negativa entre empleo y niveles salariales. Por el contrario, durante 1977 se mantuvieron bajos los aumentos de salarios -cosa que el autor detecta- y creció notablemente el desempleo -cosa que no menciona.

El autor también espera que la posición moderada de los sindicatos continúe durante 1978, su esperanza se funda en que los aumentos otorgados a los salarios mínimos constituyan “un patrón general para negociar los aumentos salariales vía (revisión del) contrato colectivo”. Sin embargo, advierte que hay un peligro: la presión que pueden ejercer los sindicatos independientes. “Estos sindicatos `independientes’ -dice, y las comillas colocadas en independiente son, por supuesto, de él- la mayor parte de los cuales tienen fuertes tendencias trotzkistas, quizá vayan a causar mayores problemas a determinadas compañías particulares y a las autoridades laborales”.

La aseveración de que “en la mayor parte … hay fuertes tendencias trotzkistas” por supuesto que no la fundamenta, ni ejemplifica ni da fuentes ni nada, simplemente lo afirma y el lector no tiene más remedio que creerle o no creerle. ¿Está seguro el Sr. Millán que no hay tendencias leninistas, o masoístas o socialistas, cardenistas, vallejistas, nacionales revolucionarios? ¿O simplemente democráticas, es decir que se oponen a las negociaciones de sus líderes a espaldas de las bases -cuando son sus intereses los que van de por medio? EL hecho de que anote que se trata de tendencias trotzquistas, para después decir que estos sindicatos pueden crearles problemas a las autoridades laborales, no deja de ser un manejo con tintes macartistas (porque las palabras comunista y socialista, no están mal vistas bajo las nuevas condiciones de la reforma política) que tiende a ocultar el hecho de que los problemas que se le pueden presentar a ciertas empresas y a las autoridades laborales no provienen de que haya o no influencias de una o de otra corriente, sino del hecho más simple de que la política de bajos salarios es impopular por la sencilla razón de que deteriora el salario real de los trabajadores.

Por otra parte, habría que preguntarle al Sr. Millán qué significa para las autoridades laborales que los sindicatos sean independientes o que tengan influencia trotzkista o de cualquier otra corriente, si, hasta donde sabemos, las autoridades laborales deben limitarse a intentar conciliar entre las partes, y si tal cosa no es posible, limitarse entonces a vigilar que se cumpla con lo establecido por la Ley. Los problemas no son para las autoridades laborales, sino para la política económica impopular que se ha instrumentado y que inevitablemente agudiza la lucha de clases.

Visto en retrospectiva, sin duda el autor tenía razón: en efecto, el aumento otorgado a los salarios mínimos ha servido como patrón, o más bien como tope inflexible que se ha sostenido a toda costa. Pero no porque los sindicatos se hayan dado cuenta de que es mejor obtener aumentos pírricos con tal de que no aumente el desempleo, sino por la intransigencia de la parte patronal, que actúa con todo el apoyo del gobierno. Los ejemplos más notables en este sentido son los de los electricistas del SME y los telefonistas. Los primeros ejercieron una gran presión aunque en el último momento aceptaron las ofertas de la empresa, pero siempre bajo la amenaza de la requisición de las instalaciones por parte del ejército. En el caso de los telefonistas, el movimiento de huelga estalló, y si fue levantado a las 18 horas de haberse iniciado fue porque se estaba preparando la declaración de inexistencia de la huelga que legitimaría la intervención de la fuerza pública.

Más adelante, el autor analiza las tendencias observadas en distintos sectores o aspectos de la economía: Petróleo y Minería, Agricultura, Sector Bancario, Comercio. Analiza las perspectivas del peso y concluye con un capítulo que intitula: “Las perspectivas: un resumen”.

Por lo menos en el caso de la agricultura, los datos que utiliza son, por decir lo menos, poco confiables. Dice, por ejemplo, que durante 76 la agricultura decreció a una tasa de -8.7%, mientras que en 1977 la misma creció en 1.5%. Lamentablemente el autor no cita la fuente. Pero si comparamos esta información con la aportada por al Sría. de Programación y Presupuesto y por el Banco de México en cuanto al comportamiento del sector agropecuario, las discrepancias son grandes: según estas fuentes, en 76 el producto del sector efectivamente decreció, pero lo hizo a una tasa de – 3.8%; y en 77 creció a 3,4% (Datos calculados a precios constantes, -1960-). Desde luego, es probable que la diferencia se explique porque en estos últimos datos se incluye ganadería, silvicultura y pesca, y se dan datos en términos de valor; y que el autor maneja información exclusivamente de la agricultura y lo haga o en términos de producción física, o en precios constantes con distinta base. De cualquier manera, éstas sólo son especulaciones porque el autor ni lo aclara ni da la fuente.

Finalmente, el autor resume las perspectivas claves para 1978: 1) Incrementar del PIB entre 4.5 y 5%, tasa de inflación: 15%; 2) Aumento en la actividad manufacturera aproximadamente en 5.5% y por lo tanto mayor generación de empleos; 3) Crecimiento cercano al 18% en la rama de petróleos y petroquímica y ente 10 y 12% para el sector de energía eléctrica; 4) El déficit comercial se incrementará en alrededor de 500 millones con respecto al de 1977; 5) Ligero aumento en el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos; 6) Aceleración “más gradual” de los programas de inversión pública, especialmente dentro del campo petrolero, industrial y de obras públicas; 7) Moderación de los sindicatos en sus demandas salariales; 8) “México y EE.UU llegarán a un acuerdo definitivo sobre la exportación a esta última nación de grandes cantidades de gas natural”.

El otro artículo al que hemos hecho referencia (el de David Colmenares), tiene como objetivo según el mismo autor lo declara, “destacar la coincidencia entre las demandas empresariales, la política monetaria, los programas de estabilización del Fondo Monetario Internacional y el modelo de política económica implementado en nuestro país en 1977… “. El artículo no desarrolla en profundidad el tema y resulta más bien postulativo. Concluye diciendo que “es necesario cambiar de rumbo o el país entrará en una fase crítica que posibilitará el acceso del fascismo…”

Estos dos artículos junto con “El Contexto de la Empresa Pública en una Economía subdesarrollada y Dependiente”, breve texto de Armando Labra son los tres ensayos sobre economía nacional que ofrece la revista.

En la Sección Economía Latinoamericana se publican dos ensayos recomendables: “Crisis y Acumulación de Capital en América Latina, el Caso de Brasil” de Severo A. Salles. T “Crisis y Acumulación de Capital en A.L., el Caso de Argentina”, de Pedro Paz.

Finalmente en la sección Economía Internacional se publica un excelente artículo de Joan Robinson y Fran Wilkinson: “¿Qué ha pasado con la Política de Empleo?”.

Además de estos ensayos, se publican Documentos y Noticias y Comentarios, referidas al ámbito nacional, a la Economía Latinoamericana y a la Economía Internacional.