Dos caballos escaparon a la matanza, uno negro y otro alazán. Fue todo lo que quedó vivo después de la derrota de las naciones. Y Dios les envió un ángel, un hermosísimo potro blanco, con largas crines cenicientas, y por tan dulcemente como bebió en el regato, fue reconocido por los caballos fugitivos.
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