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Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables.

Selección: Delia Juárez G.

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Guanajuato es una ciudad dislocada. Yo creo que no fue siempre como es ahora y que los duendes, en una noche de borrachera, jugaron a la pelota con las casas. Unas quedaron suspendidas en lo alto, como nidos de águilas; otras bajaron por ásperas vertientes, como rebaño de cabras que va a abrevarse en el arroyo. De fijo, no hay en el Tirol ni en Suiza ciudad tan accidentada y pintoresca. Las calles no son calles, son veredas propias de leñadores y montaraces. Algunas hay que son completas escaleras con 40 o 50 gradas. Por otras, apenas caben juntas dos personas. Y recorriendo la ciudad con ondulaciones de víbora, las callejas se repliegan, se angostan, trepan por la montaña, arrastrando su vientre sobre los peñascos o descienden torcidas y enredadas, como elásticas culebras que, alargando el cuello, van a beber el agua de la fuente. Para andar sin peligro por esos intrincados laberintos, necesario es usar el báculo ferrado que usan en Suiza los viajeros. Yo temía a cada instante que las casas rodaran como aludes de granito, por la falda rocosa de los montes. La ciudad es a manera de una gran colmena escalonada en la montaña. Todo se ha hecho allí a fuerza de voluntad y de barreta, desalojando las rocas, removiendo los peñascos, en guerra abierta con la piedra. Es una mina al aire libre. Las casas se encaraman difícilmente por la falda de los cerros, como chicuelines que trepan a las rodillas de su abuelo. Y el titán está vencido: la montaña permite que la taladren por dentro y la cubran de caprichosos edificios por fuera. Si algún día se agitara y sacudiese, las casas caerían despeñadas, con el frágil castillo de madera construido sobre el dorso de un elefante.

Pero como hay que ver la ciudad de Guanajuato es como la vimos al llegar: iluminada, ceñida por una feérica diadema de colores, cubierta de listas rojas, verdes y amarillas; salpicada de globos luminosos, a modo de granates y amatistas gigantescas, como una gran sultana del Oriente. Desde el pequeño pueblo de Marfil hasta el jardín del Contador, improvisado sobre un basurero, no encontramos un solo punto oscuro o silencioso. Grandes arcos marcaban el camino, y en las cornisas de las haciendas de beneficio resplandecían las luces de colores como almenas de fuego ligadas por alambres escarlatas. Vista desde lo alto, la cañada parecía una enorme góndola veneciana empavesada por alguna fiesta de Magníficos. En el jardín del Contador, los faroles formaban arcos y dibujos fantásticos, ya alzándose en retorcidas espirales, ya bajando hasta el líquido espejo de las fuentes, en tal modo, que a trechos parecían salir del agua como alcachofas luminosas y corales huecos, arrojados por algún mar de luz eléctrica. Quien no ha visto así las calles de Guanajuato, nada sabe sobre magias ni prodigios. Un joven secretario de la embajada me decía:

—Este es el fondo del mar… del mar sin agua.

Fuente: Manuel Gutiérrez Nájera, Viajes extraordinarios, Breve Fondo Editorial, 1996.

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.

 

Un comentario en “Gutiérrez Nájera en Guanajuato

  1. Hola!! Me encanto leer la descripción de mi Guanajuato, ciudad de la cual soy orgullosamente originaria y creo que sí no fuera por causas de fuerza mayor no cambiaría mi residencia, además de su arquitectura tan peculiar la gente es amable, aún acostumbrados a saludarse unos a otros sin saber siquiera su nombre, amo vivir en Guanajuato y que mis hijos crezcan aquí.
    Felicidades por esta descripción, sólo hay un error el jardín al que hacen referencia se llama Cantador, no Contador. Gracias!!