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Los escritores se sienten en confianza hablando acerca de lo que no saben. Es una característica, digamos, de su naturaleza. En realidad es de lo único que les interesa hablar: de las cosas que no conocen. Ponerse a disertar sobre los temas que uno domina es fatuo y, si me lo permiten, también ingenuo. A no ser que alguien me obligue a pronunciarme acerca de las pocos temas que conozco, prefiero callarme. Es evidente que un médico no debe callar sus conocimientos y se le exige ponerlos en práctica. Él ha estudiado ciertos temas relacionados con la salud e iría contra la ética de su profesión si decidiera ocultarlos o hacerse el que no sabe. Los mecánicos tampoco se hallan interesados en esconder su pericia y se sienten muy complacidos a la hora de exponer sus conocimientos. Pero en el caso de un escritor es distinto: su obligación es pronunciarse constantemente acerca de lo que desconoce. Si no fuera de ese modo la imaginación se hallaría estancada.

Thomas Bernhard dice que lo deliberado nunca acierta y que cuando él escribe lo hace para no aburrirse, pues a fin de cuentas el mundo está ya hecho, no va a cambiar y seguirá de todas maneras su camino. Y agrega: “Los procesos interiores, que nadie ve, son lo único interesante en la literatura. Todo lo exterior se conoce. Lo que nadie ve es sobre lo que tiene sentido escribir”. Es ésta una forma de concebir la literatura en la que yo estoy de acuerdo. Lo ya conocido no es asunto de los escritores. Y no estoy ensalzando ninguna clase de literatura fantástica, la cual me aburre tanto como ver envejecer a una manzana. Cuando Bernhard se refiere a los procesos interiores dudo mucho que haya tenido una idea clara acerca de lo que es un proceso interior. Y no la tuvo porque un escritor de ficciones difícilmente tiene algo en claro y mucho menos si se trata de una acción de la mente. Lo que Bernhard, supongo, quería expresar es que él era sobre todo un experto en la vaguedad. Por fortuna ya no vive para contradecirme.

Desde el punto de vista de Mark Twain, las biblias coinciden en mostrar una patética pobreza inventiva. Las religiones no son ricas en buena literatura, a pesar de que contienen unos cuantos pasajes excepcionales. Su fallo reside en que son mentiras que quieren hacerse pasar por verdades. En cambio, la literatura es una mentira que no tiene la menor idea de lo que es la verdad. A mí, esta diferencia no me parece menor. Heinrich von Kleist escribió un relato acerca de un terremoto sucedido en un país lejano ciento treinta años antes de que él naciera: El terremoto de Chile. Von Kleist leyó acerca del famoso terremoto de Lisboa en el Cándido, de Voltaire, investigó lo ocurrido en Chile y se puso a escribir de lo que no sabía. Cuando uno lee su relato, sin embargo, está completamente seguro de lo sucedido allí en esas páginas. El terremoto no es una invención fantástica, sino un fenómeno que ha afectado la vida y la sensibilidad de los seres humanos a lo largo del tiempo. Imaginarse un terremoto, aunque no se haya vivido, es muy sencillo: basta leer las mentiras de los escritores.

Sin ánimo de ponerme pesado intentaré describir o bosquejar la diferencia que, en filosofía, existe entre realismo e idealismo. Lo haré principalmente por dos razones: porque no sé a ciencia cierta de lo que estoy hablando y porque, pese a ello, creo que la diferencia entre ambas concepciones tiene que ver con este breve artículo. El realismo nos dice que el mundo y todo lo que existe a nuestro alrededor —universo, materia estelar, procesos químicos— seguiría existiendo aunque no hubiera ser humano que los percibiera. Los planetas continuarían girando alrededor del sol sin necesidad de que una sensibilidad humana certificara su movimiento. Y las plantas seguirían creciendo. En pocas palabras: el mundo de las cosas está hecho y sigue su rumbo existamos o no. Por ello es que Thomas Bernhard dijo que escribía sólo para no aburrirse y no nada más porque era un amargado.

La noción de idealismo es más difícil de comprender, pero es contraria a lo que acabo de describir líneas atrás. El mundo es lo que es percibido. Lo que existe es aquello en lo que podemos pensar o lo que somos capaces de concebir. La existencia del mundo se limita a lo que nosotros podemos tanto imaginar como percibir, y esto incluye también a los animales mitológicos o a la felicidad. Sin seres humanos que verifiquen su existencia es imposible decir que algo existe. (Yo no sé en realidad de lo que estoy hablando, pero si alguien desea adentrarse en estas honduras sólo tiene que consultar a Thomas Nagel, Hilary Putnam o Bernard Williams, entre otros.) El escritor, según mi entendimiento, pertenece a la clase de los idealistas puesto que sus mentiras no le causan remordimiento. Quiero decir que no habiendo un mundo más allá de nuestra mente no estamos demasiado lejos de ningún lugar. Y por más que no sepamos siempre sabemos algo. Atinamos justo porque decimos lo que no sabemos.

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Un comentario en “El idealista (Acerca de la naturaleza del escritor)

  1. Leo a Fadanelli como quien ve el panorama, y la impresion que me causa es la de un elemento mas del panorama de la cultura, hay de todo, su caso es el de el campeon del escepticismo…¿que mas se podria decir de el?…el personaje de Carlos Castaneda diria que le movieron el punto de encaje, ¿hacia donde y quien se lo movio?