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Leí al escritor francés Boris Vian (1920-1959) siendo yo un lector adolescente. No me interesaba en ese momento absolutamente nada más que pasármela bien. Me revolcaba de risa cuando el despertador salía corriendo con sus patitas metálicas justo en el momento en que el protagonista quería apagarlo; me sorprendía que un lobo pudiera llegar a hastiarse del maleficio de un mago, que lo hacía convertirse en hombre cada luna llena; me enamoraba del torso desnudo de Cobre, la incansable, estilizada y turgente minera negra de El otoño en Pekín; odiaba al taxista parlanchín que salía por las noches con el propósito de atropellar perros a su paso por las calles de París. Cuando en aquella época conocí a una chica francesa, de inmediato quise compartir mi entusiasmo, pero la respuesta fue tajante: “Odio a Boris Vian, me lo dejan leer en la escuela. Es lectura obligada en las preparatorias francesas”. Jamás se me hubiera ocurrido que se tratara de un escritor que enseñaran en la escuela. Para mí Boris Vian era lo más alejado de algo que pudiera caber en un aula; era la libertad total, la locura, la rebelión de las palabras, el vuelo desatado de la imaginación.

En ese momento no lo sabía, pero todo eso que pensé siendo un adolescente que era Boris Vian lo era en realidad, a pesar de la celebridad. Una de sus rebeliones más radicales tenía que ver con su amor por la música, en contraposición con su frágil estado de salud. Amaba tocar la trompeta. Alguna vez declaró que “además de las muchachas bonitas y el jazz de Nueva Orleans o Duke Ellington” todo lo demás en el mundo era feo. Pero sus pulmones eran muy débiles. Cuando tenía 12 años enfermó de fiebre reumática y poco después de tifoidea; su corazón nunca se repuso de esas dolencias y con el tiempo se le formó un edema pulmonar. Cuando el médico le dijo que no podía tocar más la trompeta, contestó: “Prefiero morir tocando la trompeta, Monsieur Doctor”.

Para Combat, el periódico de Albert Camus, escribía crítica de jazz. Un libro que compila esos textos, por cierto, además de los que escribió para Jazz Hot y Spectacles y las célebres notas de la historia del jazz que escribió para Philips, fue editado hace un par de años por editorial Planeta bajo el título: Escritos de jazz.

En su vida Boris Vian no podía tener paz. Y eso se debe probablemente a que en el París de los años cincuenta no existía la paz, tal vez menos que en ningún otro espacio, entre el viciado y sólido humo que se respiraba en los diminutos clubes de jazz de Saint-Germain-des-Prés. El jazz es tóxico, sin duda, y Boris Vian no podía vivir si su influjo revitalizador, a costa, incluso, de sus pulmones.

La canción popular que compuso, “Le Déserteur”, que incitaba a los jóvenes a negarse a alistarse a la invasión francesa que reclamaba por la fuerza el dominio de Argelia, fue, por supuesto, un escándalo. El mero título, Escupiré sobre sus tumbas, de su primer libro, firmado por uno de sus pseudónimos (Vernon Sullivan), logró también el repudio generalizado de una sociedad que no aterrizaba del todo en el mundo moderno. Boris Vian estaba muy lejos de ser políticamente correcto. Quizá también lo estaba de ser un genio literario, pero novelas como La espuma de los días (1946), El otoño en Pekín (1947) y La hierba roja (1950), y colecciones de relatos como El lobo-hombre (1945) me hicieron amar la literatura y me mostraron que el mundo fantástico (un poco existencialista, un poco surrealista) era tan real como las posibilidades concretas de la imaginación más desquiciada. Yo tenía 16 años, mucha imaginación y poca corrección política, y eso era precisamente lo que necesitaba.

Recientemente llegó a México el libro ilustrado que Impedimenta editó el año pasado en torno a la biografía de Boris Vian. Lo dibuja y escribe el dúo dinámico de Christian Cailleaux y Hervé Bourhis. Se titula, muy a tono en homenaje al lugar que más visitaba el escritor para paliar sus dolencias, Piscina Molitor, que es además la alberca pública más visitada del París de los cincuenta. Además, el subtítulo tiene onda: La vida swing de Boris Vian. Muy recomendable.

Celebré la película Amor índigo, protagonizada por Audrey Tatou, que milagrosamente continúa en la cartelera mexicana de cine comercial. Basada en la novela La espuma de los días, encontramos ahí todo el mundo fascinante de Boris Vian interpretado por el cineasta Michel Gondry (autor de Extraño resplandor de una mente sin recuerdos y de varios videos de Bjork y The White Stripes). Se acerca mucho a lo que imaginé cuando leí la novela, con esas máquinas de escribir que corren sobre unas bandas y permiten una especie de cadena de escritura en serie; el piano conectado con el bar, que al tocar una melodía produce un coctel; las paredes que se cierran y oprimen al protagonista cuando recibe una mala noticia; el mundo diminuto del ratón que ayuda en la cocina y el baile del Biglemoi, que les estira psicodélicamente las patas a los que lo practican, y por supuesto la música de Duke Ellington y un personaje obsesionado con la obra del escritor Jean-Sol Partre (cualquier alusión al autor de El ser y la nada es pura coincidencia). Hay mucho de Boris Vian en esos detalles, pero hay mucho más de él en la historia que cuenta. La protagonista, después de encontrar el amor, comienza a morir porque un lirio se ha metido en sus pulmones.

Tal vez La hierba roja es el más autobiográfico de sus libros, pero en todos hay detalles que conectan con la vida del autor. El lobo saludable y robusto del cuento que da título a su libro de relatos (que inspirara al grupo español La Unión en 1984 para su éxito “Lobo-hombre en París”) vive al pie de Ville-d’Avray, suburbio de la Ciudad Luz donde nació Boris Vian. Tras la mordida que le propina un mago comienza su transmutación en hombre y un breve contacto con los humanos. Al lobo asesino lo decepciona la brutalidad humana, que es absurda y gratuita.

Boris Vian murió seis meses antes de cumplir los 40 años, en un cine, mientras se proyectaba una versión con la que él no estaba de acuerdo de su novela Escupiré sobre sus tumbas. Vaya manera radical de ejercer la crítica.

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.