Aunque no será fácil, trataré de narrar un insólito caso de hipnosis colectiva del que fui testigo y también partícipe. Sucedió el 29 de noviembre de 2013 en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario de la ciudad de México, durante un recital del pianista Mikhail Rudy, de origen ruso pero de residencia francesa, según entiendo.
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Varias centenas de personas estaban presentes. Calculo que más de dos terceras partes de la planta baja estaban ocupadas por personas de todos los sexos y las edades, menos niños. Había numerosos jóvenes de los que no creen en nada salvo acaso en lo extraordinario, personas de cabellera plateada y por ello no menos descreídas, y una mayoría de profesionistas de edades intermedias cuyos rostros exhibían —al buen observador— el escepticismo de norma en los egresados universitarios.

Para completar esta imagen de un público educado y melómano, agregaré que no había señoras chaikovskianas atraídas por la rusidad del señor Mikhail Rudy, del que yo lo desconocía (y desconozco) todo. Lo que me atrajo fue el programa que nos ofrecía.

En la primera parte, La lúgubre góndola de Liszt; luego La muerte de amor de Isolda de Wagner, transcrita para piano por Liszt; y, del propio Franz Liszt, la admirada y muy querida Sonata para piano en si menor, S 178. Liszt, Liszt, Liszt durante tres cuartos de hora. La idea me encantó desde el principio, aunque pronto descubrí que no podía seguir la música siempre. Uno ha oído a Liszt toda su vida, dándose y no dándose cuenta, pero este Liszt no me era nada o casi nada o muy poco familiar, y no sólo porque —interesantemente— no era una interpretación romántica de un romántico emblemático. Había algo más que me causaba extrañeza.

Por otra parte, Mikhail Rudy no es un intérprete virtuoso. Eso se agradece. Las academias producen demasiados virtuosos que suenan todos  muy semejantes.

Me voy en el intermedio a tomar una copa de vino blanco seco, no muy contento con este pianista ruso de considerable tamaño y, como Horowitz, de brazos largos. No estoy enojado, ni siquiera molesto, pero sí perplejo o intrigado (como menos mal se diga). Es un Liszt no ensamblado; o ensamblado, pero como si las piezas fueran de diversos colores. La sonata en particular parecía refractada, como la luz; como si la estuviera tocando un individuo que (inauditamente) no hubiera escuchado nunca los centenares de versiones que de ella existen. No como si las estuviera negando, revolucionariamente, sino como si Rudy fuera un pianista notable (que lo es) pero autista.

Para la segunda parte, me interesa la idea de oír a un ruso tocando a Scriabin, pero los 10 primeros minutos transcurren muy, muy rápido. Las Dos danzas op. 73 y Vers la flamme pasan por mis oídos y mi mente como suspiros. Scriabin es tan huidizo… A ratos, el Liszt me había sonado acaso debussyano. Ahora los Estudios 3 y 6, L 136, no se parecen en casi nada al Debussy de un Benedetti Michelangeli, un Gieseking, un Panenka. Aun así, no sólo no estoy molesto, sino ya ni siquiera desconcertado.

Sospecho que es aquí que comienza el mesmerismo, el dominio de Mikhail Rudy sobre nuestras mentes.

De hecho, tengo la sensación, dos o tres o tal vez cuatro veces, de soñar e incluso de estar dormido, pero abro los ojos fácilmente y observo al pianista y al público en mi entorno. Quizá es ahora cuando se me ocurre acercarme a Mikhail Rudy después del recital e invitarlo a pasar un tiempo en mi castillo —“en el ala derecha de mi pequeño castillo en las montañas”—; podrá hacer lo que quiera, exigir la comida y la bebida y la compañía y la soledad que le plazcan, tocar para sí mismo o para el público que se digne solicitarme, le diré.

Yo andaré solo por ahí, pensando, deambulando, leyendo, escribiendo y escuchando de cerca o de lejos pero con toda discreción, unobtrusive, para compenetrarme con su forma de habitar la música para piano y acaso entenderla, aunque esto último no es del todo imprescindible.

(En el mundo en el que Mikhail Rudy y yo coincidimos en el espacio y el tiempo, yo poseo un modesto pero muy agradable castillo.)

Propiamente hablando, no percibo los Oiseaux tristes de Ravel, pero en cierto momento me doy cuenta  —con gran júbilo, como si fuera una de mis piezas favoritas— de que lo que oigo es La valse de Ravel. ¡Ah, la valse! Una emoción estética inesperada va subiendo por mi pecho como si fuera un líquido brillante en una botella más ancha que larga, del fondo hacia el cuello.

Creo que es en ese momento que experimento algo que nunca antes he vivido; algunos largos momentos (desconcertantes primero y luego increíblemente placenteros) de lo que después entiendo que es sinestesia: el espacio en torno al pianista, en particular detrás de él, se esfuma y en su lugar percibo una como “bruma” rosa parda y luego púrpura suave, y quizá, al final, azul muy claro. Me siento muy honrado y emocionado por esta experiencia y me pregunto si voy a sollozar. Mis ojos se apoderaron de mí a instancias del oído.

Ravel y La valse siguen embargándome, pese a que siempre les he tenido una especie de pequeña desconfianza.

Ahora la gente estalla en prolongados y hasta entusiastas aplausos, acompañados por gritos aislados de ¡Bravo, bravo! Yo no aplaudo tan fuerte ni tan rápido, pero definitivamente siento placer de aplaudir y no me molesta la emoción ajena. Sin duda es uno de los recitales de piano más singulares de que haya sido testigo.

Seguimos hipnotizados, me parece.

Muy poca gente se marcha. Todos seguimos celebrando a Mikhail Rudy, unos menos, otros más, pero todos. No veo escépticos que guarden asiento, ni grupos de gente dirigiéndose a la salida.

El pianista toca su bis, recibe nuestro homenaje con patente gratitud, se marcha… y regresa, porque la gente sigue aplaudiendo, con regularidad, sin arrebato. ¿Como zombis?

 Insólitamente, se suceden cuatro encores. Una barcarola de no sé quién, dos chopinianas (creo) y un fragmento de los Cuadros de una exposición de Mússorgski.

El programa ha consistido de tres partes: una desconcertante, basada en Liszt; una hechizante, con tres músicos muy emparentados y atmosféricos; y una tercera parte inesperada, la de los encores, cuando Rudy nos ha hecho apurar la última gota de su elíxir: la complacencia del intérprete.

Salimos casi a las 11 de la noche de un recital que comenzó a las ocho y media. Por cierto, la noche está muy fresca y agradable y con estrellas. Mañana se acaba noviembre. Los amigos nos despedimos conmovidos y perplejos.

¿Qué nos sucedió? ¿Escuchamos el mejor Liszt, el mejor Scriabin, el mejor Debussy, el mejor Ravel de nuestras vidas?

En mi opinión, no. Entonces, ¿qué le sobrevino a una congregación que ocupaba más de dos terceras partes de la planta baja de la Sala Nezahualcóyotl?

Haya sido lo que haya sido, gracias, señor Rudy.           

(Hablando de sinestesia, Mikhail Rudy ofreció un recital en el Centro Nacional de las Artes donde interpretó Cuadros de una exposición mientras al fondo se exhibían obras de Vassili Kandinsky. Lamento mucho no haber acudido a ver y escuchar eso y agradeceré cualquier testimonio.

Los discos de Rudy están en Brilliant y EMI. En Amazon los ofrecen a precios obscenamente caros.)

 

Héctor Manjarrez
Escritor. Publicó recientemente el libro de cuentos Anoche dormí en la montaña.

 

2 comentarios en “El pianista imantado

  1. No conozco a Rudy pero en la forma en que te expresas de el parece ser bastante gratificante escucharlo. Me agrada como escribes.

  2. Hola, buenos días, asistí al concierto de Rudy en el CNA, realmente
    lo recordare por mucho, me pareció muy estimulante escuchar/ver las
    imagenes bailar/brincar te hacen viajar, sentir y recordar.
    Claro que volvería asistir un concierto.
    Gracias, saludos.