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El otoño de 1965 llegó a México Bernard Plossu. En ese entonces era un muchacho de 20 años con una sola idea en la mente: viajar. “Vamos por ir —dice Plossu—, no por una razón, donde el camino se interrumpe en el mapa, donde ya no hay nada más”. Sólo saltando al abismo de lo desconocido se manifiesta lo que el viajero anda buscando, sin saber lo que es, por supuesto, y sin saber que lo busca, claro. Esa necesidad de traspasar las fronteras de nuestra zona de confort es quizá una característica del ímpetu que nos impulsa a los 20 años. Es poco probable, sin embargo, que logremos que esa fuerza nos lleve mucho más allá. El fotógrafo francés nacido en Vietnam del Sur, Bernard Plossu, además, como todos los muchachos de 20 años, era dueño no sólo del mundo, sino también del tiempo. En aquel viaje de 1965, Plossu llevaba como equipaje una maletita de cuero negra donde guardaba una cámara Kodak Retina, con su lente de 50mm, varias docenas (quizá tres) de rollos de película fotográfica de 35mm, un tripié y una cámara de cine Super 8. Inspirado en las películas de la Nueva Ola francesa, en esa manera tan desenfadada y directa, o tan alucinantemente abstracta, con que François Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Éric Rohmer o Claude Chabrol filmaban la vida cotidiana, Plossu quería documentar su breve paso por México para visitar a sus abuelos. Pero el viaje se prolongó sin itinerario definido de antemano durante casi un año por las costas de Oaxaca y Guerrero, y las aristas de la ciudad de México: “En ese momento no tenía la menor idea de que me iba a convertir en fotógrafo profesional”, confiesa.
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Este 2014 Bernard Plossu cumple 69 años de edad, y no sólo continúa impulsado por la inercia juvenil que lo trajo a México en 1965 sino que sigue usando sólo un lente: de 50mm. Ya que es el único que no deforma la imagen: “su óptica es lo que más se parece al ojo humano”, se defiende Plossu. Cuando lo critican por eso, Plossu replica con una frase del pintor impresionista Paul Gauguin: “Los efectos se ven bien, pero sólo son efectos”. Y cuando lo que quieres es retratar la realidad, lo mejor es deshacerse de los artificios. Después de tantos años, tantos libros, tantas exposiciones, tantos premios, el gran fotógrafo Bernard Plossu sigue hablando del “talento de ver” como lo único que caracteriza a su oficio, por sobre cualquier adelanto tecnológico. Por eso usa una cámara simple (análoga), y por eso no reencuadra ni retoca sus fotos. Plossu utiliza película de 35mm, ya sea en color (asa 200) o blanco y negro (asa 400), y compone in situ. Más o menos lo que ve a través de la mirilla de su Nikkormat es lo que se imprimirá en el papel. La renuncia de Plossu a los beneficios prácticos del universo de la fotografía digital tiene un sustento conceptual evidente, pero también tiene que ver con una organización personal pragmática: “Necesito la disciplina de las 36 imágenes por rollo. Odio la idea de traer en mi cámara una memoria digital con 600 fotos; eso es muy malo para la inteligencia de la fotografía”.

Me gustan mucho las fotografías de Bernard Plossu, esos paisajes en alto contraste de la serie Poèmes du jardin de poussière, 1995, con los granos de la película completamente reventados, en los que se ve un paisaje inmenso del Tirol austriaco nevado, en mitad de la ventisca, y a un personaje solitario caminando en el fondo, por ejemplo, me sobrecogen, pero me encanta que sus fotos correspondan con su idea de la fotografía, la cual a pesar de no haber cambiado ni un ápice con los años, produce imágenes increíblemente diversas. “La fotografía —ha declarado en alguna entrevista— no es en absoluto como la pintura. Lo más estúpido que uno puede decir sobre una fotografía es: Parece una pintura. ¡Es absurdo! Pero el proceso de la escritura, como autor, tiene mucha similitud con ser un autor que ve a través de la fotografía: observaciones, detalles, estados de ánimo. ¡Es lo mismo! Incluso las viejas máquinas de escribir se parecen a las cámaras antiguas, emocionalmente, quiero decir, por su manera de transcribir los sentimientos”.

Este año ha comenzado a circular un libro editado en colaboración con Taschen con buena parte del archivo que pertenece a Fundación Televisa de la obra de Bernard Plossu. Muestra su paso por México, en viajes que van desde el primero, de 1965 a 1966 (el cual consta de 190 imágenes en blanco y negro y 10 en color), hasta las otras tres vueltas que dio, en 1970, 1974 y 1981. Es, por supuesto, un documento de la manera en que nuestro país lucía en esas décadas y de los personajes que lo habitaban (sobre todo porque Plossu se aventuró por los suburbios más pobres), pero también hay ahí en ese paseo de imágenes el alma que Bernard Plossu iba dejando (o adquiriendo) a cada paso que daba. Aurelio Asiain recupera una idea de Michel Butor en el remate de un poema que escribió para la serie Les paysages intermédiaires, 1988: “El paisaje pasa, nosotros nos quedamos”. Nada hay más concretamente visible en las fotografías de ¡Vámonos! Bernard Plossu en México que los fragmentos del alma de un hombre que aprendió a afinar la mirada en nuestro país; de lo que ese paisaje dejó impreso de manera indeleble en un muchacho de 20 años que sólo quería viajar y jugar con sus cámaras. “¡El fotógrafo tiene el azar que se merece! —se emociona Plossu—. Pasan tantas cosas frente a él, detrás, a los lados. Una foto no habla solamente de lo que se tiene delante, sino de todo lo que hay alrededor. Disparo más momentos inesperados que momentos planeados. ¡El azar es la llave de la fotografía inteligente! ¡Los fotógrafos cazamos el azar!”.

Cuando Juan Manuel Bonet dice que Plossu retrata “momentos hechos de nada”, se refiere a que Plossu no está interesado en esa cualidad del fotoperiodismo que registra pasajes importantes para la posteridad, a manera de denuncia o de registro documental. A Plossu le interesan más esas escenas que pasan discretamente y nos acarician apenas sin que nos demos cuenta. “La fotografía no habla de instantes decisivos; incluso diría que lo que me interesa es fotografiar los instantes no decisivos, fuera del tiempo”.

Bernard Plossu, célebre fotógrafo reconocido mundialmente, se divierte como un niño, con el desparpajo irreverente y sabio de la mirada infantil o con las aventuras de Tintín, y es un enamorado de la belleza femenina y del misterio del viaje. Pero jamás olvida un detalle fundamental: “El trabajo de un fotógrafo es ganarse la vida. Cuidado, nunca digas de ti mismo: soy un artista. Otros lo pueden decir; tú, no”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.

Bernard Plossu: viajero en México