Será el Times Square mexicano, dijo entusiasmadamente Felipe Leal1, el entonces titular de la Seduvi capitalina. No es erróneo el símil. La Glorieta del Metro Insurgentes –o simplemente Glorieta de Insurgentes o, más aún, “la Glorieta”- en la Ciudad de México comparte muchos elementos con ese neurótico espacio neoyorquino. Se tratan ambos de lugares céntricos, amplios, sedes de una animada estación de metro, ubicados en zonas relativamente poco habitacionales, pero con un intenso flujo tanto peatonal como automovilístico. Nodos urbanos, les dicen. Pero, sobre todo, ambos son o fueron alguna vez considerados como lugares “deprimidos”.
Los esfuerzos antidepresivos ya comenzaron. Construyeron dentro de la Glorieta dos cilindros sobre los que colocaron pantallas de publicidad animada con una luminosidad obscena. De nodo urbano, le llaman ahora “nodo publicitario”. Además, el acuerdo entre el gobierno y los anunciantes beneficiados fue el de remozar la plaza. Así, luego de poco más de 40 años de existencia de la Glorieta, triunfó una de las melodías en re mayor de las muchas composiciones pensadas para la plaza: revitalizar, remodelar, recuperar, reordenar. A la estatua de El Sereno que hay en su interior, le han sacado brillo.
Gentrificación. Las delegaciones centrales de la Ciudad de México se están gentrificando. Es decir, luego de una prolongada etapa expansiva de la mancha urbana en la que el casco antiguo y sus barrios aledaños se convirtieron en zonas oficinistas, con predios de vivienda abandonados o tomados por paracaidistas, las clases medias y altas quieren volver al centro y tomar posesión de la elegante casa del bisabuelo. Hoy llamamos “hipsters” a la no-tan-exótica avanzada de lo que se convertirá casi de facto en una colonia trendy, con sucursales de las mismas tiendas de la última colonia trendy. Y sin embargo, nuestra Glorieta es una piedrita en el arroz en esta bucólica contemporánea.
No encaja, no embona, no gusta. La Glorieta es fea, decadente, congestionada… y rara. Comercio informal, Asamblea de Barrios e indigentes. Sus características impiden someterle un diseño de esos que están de moda en lo que llaman pomposamente “intervenciones”. Pero será nuestro Times Square. Y hay capitales interesados en lograrlo. Sólo que mientras en Nueva York ahí está la zona de teatros, a nuestro abandonado Cine Insurgentes lo convirtieron en un casino. Hoy tenemos una Glorieta, recargada, pero en resistencia.
I. Glorieta decadente
La Glorieta nació decadente. Apenas cinco años después de su inauguración – encabezada por el Presidente Gustavo Díaz Ordaz el 4 de septiembre de 1969-, la Primera Memoria del Metro ya habla de ella con desdén: “nos hubiera gustado más verla sobre el nivel de las calles”2 (STCM, 1974), en referencia a su desnivel de casi 8 metros. La expectativa era conciliar dos modelos de urbanismo en el congestionado cruce de Insurgentes y Chapultepec: el de ampliar vías libres para el explosivamente creciente parque vehicular y el de dotar a la ciudadanía de transporte y espacios públicos. El diseño fue inspirado en un fallido proyecto de Mario Pani para el cruce de Reforma e Insurgentes3 y estuvo a cargo de Salvador Ortega Flores4: una glorieta que fuera simultáneamente una plaza y una estación de Metro para una de las zonas más céntricas, turísticas y esnobs del momento. Demasiado bueno para ser real.
Me cuenta Isabel, una aficionada nostálgica de la Zona Rosa que allá en los años 70 la frontera era la calle Liverpool. “A la Glorieta nunca fui, tenía otro ambiente y decían que era peligrosa”. José Alfonso Suárez del Real, ex diputado federal muy vinculado a la Delegación Cuauhtémoc, al Metro de la ciudad e incluso cronista de la zona, cuenta que la vocación de la Glorieta siempre fue distinta al resto de la Zona Rosa. No es que fuera decadente, pero sí menos chic. El arquitecto Eduardo Terrazas acusa que tal vez nunca se estudió si realmente se requería una plaza ahí y con esas características. En cambio, el arquitecto Manuel Villazón señala que la decadencia está inducida por el comercio informal que se ve inevitablemente atraído a las estaciones de metro.5
Un usuario de Twitter hace algún tiempo lo prefirió así: “la glorieta de Insurgentes, siempre tan pintoresca, desde nacos hasta… mas nacos.” Y ahí está, a la frente de la Glorieta le es impuesta la ceniza de esa aleación de clasismo con racismo. La Glorieta no sólo no coronó a la Zona Rosa con una especie de europeísmo mezclado con desarrollismo latinoamericano… sino hay quien la señala como responsable de la inmediata decadencia de toda la zona. Glorieta tabú.
II. Glorieta contestataria
Y tal vez esta decadencia, amplitud de espacio y centralidad la convirtieron en un espacio propicio para hacer política en un tiempo en el que eso no era fácil al margen del PRI y sus corporaciones. A casi ocho años de fundada la plaza, el Sindicato Independiente Nacional de Trabajadores del Colegio de Bachilleres, celebró ahí un mitin6. Una nota de Proceso de 1977 lo dice de frente: “reservado el Zócalo a las manifestaciones oficiales, el movimiento sindical independiente de México celebró el primero de mayo con una marcha que partió de la Glorieta de Insurgentes rumbo a la Secretaría del Trabajo”7. Así, hasta la década de 1990 la Glorieta fue sistemáticamente empleada como un centro de protestas vinculadas al sector laboral independiente –STUNAM, SME, SUNTU y otros gremios no incorporados al Congreso del Trabajo liderado por Fidel Velázquez.
Posteriormente, en los 90 la plaza fue empleada por algunas de las campañas políticas de izquierda, como la de Pedro Ferriz Santacruz por el Partido Cardenista8 o del propio Cuautémoc Cárdenas para primer Jefe de Gobierno de un Distrito Federal que dejó de ser “Departamento”. Su vocación de política partidista o gremial declinó a partir de entonces. Lo contestatario, en cambio, le siguió viniendo a partir de sus más frecuentes visitantes.
III. Glorieta alternativa
Si pregunta por ella, un chilango típicamente le dirá que la Glorieta es el punto de encuentro de las tribus urbanas, particularmente de los emo. Tendría usted la mala suerte de haberse topado con un informante poco actualizado. Todo viene a cuento porque en marzo de 2008 la Glorieta fue escenario del eco chilango de una fiebre global de los punk por agredir a los emo. Los acusaban de robarles reflectores para lo que era una simple moda y no un estilo de vida, una cultura, dicen. En México la cacería de emos inició en Querétaro, y a los pocos días se dio la convocatoria vía correo electrónico para acabar con los que se reunían en la Glorieta. Sin embargo, eso es capítulo cerrado y los emo se han marchado ya de la Glorieta. Su estética predilecta en la calle de Orizaba, responsable de los más notables de sus peinados, es hoy un restaurante decorado de acuerdo al más monótono y repetitivo estándar trendy de la zona.
Hoy muchos llaman “emos” a jóvenes que en realidad no se identifican como tal. Se refieren a adolescentes, generalmente –pero no privativo- del colectivo LGBTTTI. Ropa entallada, maltratada y a la vez colorida, piercings y algún corte de pelo poco convencional. Son todos, hombres y mujeres, glorieteras.
Sí, glorieteras. Intente poner el término en el buscador de Twitter y encontrará la connotación homofóbica del gentilicio. En la jerga gay de la Ciudad de México la palabra también es frecuentemente usada para caracterizar la propia homofobia que padecen muchos homosexuales, pero sus notas son más bien clasistas. Las glorieteras son miserables: pasan la tarde ahí, sin nada qué hacer que platicar, fumar, reír, ligar y ensayar alguna rara coreografía de pop coreano. Como si fueran… -horror- jóvenes. Eso sí, algunas son chichifos, esto es, que buscan prestar servicios sexuales a cambio de dinero. El contacto es sólo para entendidos en el idioma de las miradas.
Marcos y sus amigos me cuentan que se reúnen ahí casi todos los días, que “caen los que pueden”. Ellos saben que son glorieteras… y así lo reivindican. Les pregunto con falsa ingenuidad si no prefieren la casi vecina Plaza Río de Janeiro: “tiene otro ambiente”. Y sí, quién sabe qué es más inimaginable: si las glorieteras en el Café Toscano o la clientela de ese café conviviendo con las glorieteras.
IV. Glorieta posmo
Una tarde cualquiera es posible ver a una estrafalaria transexual cruzar la Glorieta pasando al lado de una pareja heterosexual que apenas la mira con curiosidad y nada más. Dos hombres, dos mujeres tomadas de la mano. Indigentes que merodean la plaza buscando algo de comer. La invitación a decir que la Glorieta es un “espacio de tolerancia” se termina cuando viene acompañada de “hay que recuperarla”. ¿De quién? ¿De la tolerancia?
“Sucia, oscura e insegura” es el falso triunvirato dominante de la opinión que pide intervenir el espacio. La sospecha es que nuestra Glorieta no termina de hacernos sentir en Nueva York y creemos que colocando más espectaculares luminosos tal vez eventualmente lo haga. Y es que en el Nueva York de nuestras fantasías y aspiraciones los indigentes son todavía más invisibles que los de la Ciudad de México.
Recientemente, un texto de Luis Felipe Lomelí9 pide no confundir el “afresamiento del espacio público” con su “recuperación”. El primero incluye desplazamientos y el segundo… también. El arquitecto Manuel Villazón, responsable de uno de los tantos proyectos de recuperación me dice que el espacio está desocupado. Tal vez para él, los más de 60 mil peatones10 que diario transitan por ahí enfrentan la Nada. Es decir, siguiendo esta lógica, una ocupación de la plaza sólo significaría dotarla de lo “público” que hoy no es posible reconocerle. Se trata de tener “espacios públicos”, esto es, donde haya todas las posibilidades de consumo para poder ser y hacer lo que uno quiere ser y hacer. Escuchar todos juntos la misma lista de reproducción en el mismo aparato… pero en modo aleatorio.
No es homofobia. No es desprecio a la adolescencia. No es una guerra –ni siquiera una problematización- de la indigencia. La Glorieta fracasa en su intento de no ser la Glorieta, de no estar donde está, de ser rentable para las suntuosas boutiques, de albergar cafecitos como el de la Plaza Río de Janeiro, de no ser acogedora para quienes en otros espacios se sienten excluidos. La Glorieta está enferma de tolerancia y, aunque ya tenemos varias ideas al respecto, todavía no damos con la más certera que la recupere de tan terrible mal.
José Ignacio Lanzagorta García (@jicito). Politólogo y antropólogo social.
REFERENCIAS
1 Barrios Fuentes, Ruth (2012, 12 de marzo), “Planea el GDF convertir la Glorieta de Insurgente en un Times Square, con alta concentración de publicidad”, La Crónica de Hoy. México DF. Recuperado de http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=644533
2SISTEMA DE TRANSPORTE COLECTIVO, Metro, 1973. El metro de México, primera memoria. México DF: Sistema de Transporte Colectivo.
3MARTÍNEZ Assad, Carlos R. 2005. La patria en el Paseo de la Reforma. México: UNAM y FCE. Pp. 150-151.
4LARROSA, M. 2005. Ángel Borja Navarrete, vida y obra. Distrito Federal: UNAM
5Todos los anteriores entrevistados en diferentes momentos entre agosto y diciembre de 2011.
6 López Azuara, (1976, 19 de diciembre) “Elenco político”, Revista Proceso. México DF
7Proceso [Redacción] (1977, 8 de mayo), “Los independientes salieron a la calle”. Revista Proceso. México DF.
8Rodríguez, Cynthia (1997, 2 de abril), “Defiende Ferriz a los gays en la Ibero”, Periódico Reforma, México DF
9Lomelí, Luis Felipe (2013, 30 de enero), “Afresamiento y recuperación de espacios públicos”, Sin Embargo, recuperado de http://www.sinembargo.mx/opinion/30-01-2013/12246 el 5 de febrero de 2013.
10Aproximación según las cifras de afluencia de la estación del Metro Insurgentes que aporta el propio STCM en su portal.