Entregamos a los lectores un extracto de Estación Varsovia (Sediento Ediciones, 2013), primera novela de Luis Bugarini, que será presentada en la FIL Guadalajara el 4 de diciembre.
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Le agradecí la información, y se mostró satisfecha con los billetes que recibió a cambio. Seguí mirando el anuncio. Decidido a intentarlo, avancé hacia el lugar. Tenía que cruzar un callejón para llegar a la entrada principal. Una vez ahí, un patio interior cuadrangular me dio la bienvenida. El deterioro era penoso. Un hedor a orines recibía a los clientes. En la escalera que había que subir para acceder al departamento, encontré a un grupo de jóvenes que me preguntaron algo indescifrable. Por mi rostro, dedujeron lo evidente. Un intenso nerviosismo me hizo retroceder. Respiré hondo, pues los riesgos de internarse en los bajos mundos no son pocos, y además estaba solo. Nadie tenía noticia de mi paradero. Aunque parecía que los muchachos bebían con tranquilidad, bien podrían haber estado dispuestos a cualquier cosa. Venciendo mis temores, subí. Con la respiración entrecortada, llegué al tercer piso. Una línea de luz se escapaba por debajo de la puerta. Mi mano humedecida por los nervios apretó el timbre. Una mujer más alta que yo, y de cabello muy negro, abrió la puerta. Con una sonrisa, me hizo pasar. Mi nerviosismo desapareció cuando confirmé que no estaba equivocado. El departamento era un prostíbulo. La luz neón iluminaba el interior. A la mujer que me abrió la puerta, se unieron otras cuatro. Eran horas de servicio. De un cuarto salió una vieja, la madame. Al verme, gesticuló y me dijo algo incomprensible que interpreté como “bienvenido”. Me pasaron a un cuarto. Había una cama con sábanas blancas y una grabadora. Para colmo de todos mis fastidios posibles, ninguna hablaba inglés. Sólo sabían decir sex, sex, sex. Al oírlas, yo también lo repetí. Anotaron el precio en un papel. La tarifa era aceptable. Abrí la cartera para analizar mis posibilidades de pago. Los libros de Mickiewicz me dejaron con apenas efectivo. Las mujeres me observaban curiosas. Después de reunir incluso la calderilla, no logré juntar el monto. No podía perdonármelo. Maldije al poeta y a su Konrad Wallenrod, el más costoso. Además, no podía negociar. Anoté en el mismo papel lo que alcancé a juntar. Una de las mujeres se lo acercó a la madame. Se escuchó una conversación, y cuando regresó me pidió el dinero. El trato estaba cerrado. Una de ellas fue a entregarlo, y ya de vuelta las cuatro se desvistieron frente a mí. Llegó el momento de escoger. Elegí a la de rostro más ingenuo, ignorando la razón por la cual lo hice. Salieron y una de ellas, con mímica, me pidió quitarme la ropa. Accedí de inmediato. La mujer que había elegido entró al baño, y cuando volvió ya no la reconocí. De estatura mucho mayor que la mía, era muy rubia y sonriente. Al separarme de M., me aficioné a las prostitutas. Con apenas información sobre el arreglo, la mujer puso música en la grabadora y nos acariciamos con delicadeza. Pasamos a los besos, dados con ardor. Y así, hasta concretar. Luego quedamos tendidos en la cama. La mujer no hablaba inglés, y todo sugería que era rusa. Intentamos comunicarnos, aunque sin suerte. Saqué de mi abrigo el libro que me acompañaba. Entre sus páginas, había una hoja en blanco, junto a la carta sin destinatario. Ella buscó una pluma, que halló en un cajón del cuarto. Dibujé la forma de mi país en la hoja. Lo identificó y luego garabateó el suyo. No pude identificarlo, sino hasta que dibujó la forma reconocible del Mar Negro. “¿Ucrania?”, le dije, pero me miraba sin entender. Lo escribió —Ukrayina—, y entonces quedamos en paz. Ella parecía dispuesta a tener más sexo, pero debido a la poca claridad en las condiciones del acuerdo, opté por seguir conversando con ella. El tiempo pasó, y la madame gritó algo desde otro cuarto. La mujer se incorporó, y dijo algo que interpreté como que el tiempo se había terminado. Me vestí con pereza. Ella se puso una bata, y me entregó el papel en donde dibujó la silueta de su país. Lo guardé dentro del libro, que le obsequié porque era ilegible y daba lo mismo que lo tuviera ella o yo. Me miró contrariada, y lo aceptó con la sonrisa de quien cede por educación. Me besó en una mejilla, antes de salir del departamento. Bajé las escaleras con prisa. Salí del corredor, y respiré hondo cuando llegué a la avenida. Sentí ligereza por la ausencia del libro, que también llevaba la carta entre sus páginas. Encendí otro cigarrillo y caminé con brío. Debido a fallas eléctricas la tonalidad ambarina de la iluminación había desaparecido, dando paso a una penumbra que hacía indistinguible el rostro de las personas. Era un juego de luces y sombras en el que un descuido podría terminar en una caída. Crucé las puertas del hotel. Dormí con una profundidad inusual. A pesar de haber dedicado parte de la noche a los pendientes, desperté con energía. Antes las ocho bajé a desayunar. El clima era benigno. Miré por la ventana. Mi equipaje se limitaba a una pequeña maleta. Dejé propina para la camarera y salí al corredor. Era la última mañana que pasaba en suelo polaco. Mientras esperaba al elevador, la melancolía me abrumó. En el vestíbulo aproveché para bolearme los zapatos en una máquina, y para conversar con la recepcionista. Me acerqué para relatarle algunos detalles de mi estancia. La inminente reintegración al trabajo traería consigo varias dificultades. Sólo imaginarlas me produjo vértigo. Eran demasiados asuntos, y todos interminables. Papeleo, actividades monótonas, juntas sin cuento. Todo presagiaba un regreso cansino. Anhelé congelar un instante de los que pasé en Polonia. Quizá la noche con H., o la tarde de la obra de teatro. Pero no era posible huir a la errancia involuntaria. Entré al bar y pedí una cerveza. Quería ultimar detalles. Cercana la hora, me acerqué a la recepción y entregué las llaves. Pagué lo correspondiente a llamadas, consumos y cargos diversos. La recepcionista me extendió un formulario para que lo llenara, que acepté sin protestar. Lo contesté con prisa, sin pensar en las respuestas. La mujer me confirmó que el vehículo que habría de pasar por mí, venía en camino. Todo estaba en orden y yo, listo para partir. Me senté en un sillón, y hojeé un periódico alemán. En la recepción se inició una discusión entre las encargadas. De forma repentina, una de ellas se me acercó para entregarme un sobre cerrado. Era lo que esperaba: J. había mandado el itinerario, con fechas y horas de juntas y demás. Lo miré con atención. Quizá no sería tan patético como lo había imaginado. En el torbellino de nombres identifiqué a S., a la que no veía desde hacía años. Recordé su voz, y su despreocupada forma de andar por esta vida. Tenía una personalidad singular, muy barroca. Un hombre ingresó al vestíbulo. Las mujeres de la recepción me señalaron. Cargué el equipaje y lo trasladé a la camioneta. Por estar absorto en el recuerdo de S., no advertí que el hombre llegó con más de quince minutos de retraso. Mientras me alejaba de las calles de Varsovia, recordaba los lugares que había visitado. Era como si el conductor hubiese trazado un recorrido idéntico al que hice días atrás. El folleto que me guío por la ciudad seguía en el bolsillo del abrigo. Al sacarlo, el conductor miró por el retrovisor, y dijo algo en polaco. Le hice saber que no había entendido. Me extendió una bolsa de basura. Lo miré por última vez, y al final lo deposité. Durante horas estuve mirando por la ventana. Murmuré sin darme cuenta y el conductor me observaba de reojo. Intentó hablar en inglés. Cruzamos algunas palabras. Afuera, las carreteras polacas tenían un estado deprimente. Nada más abandonar el centro urbano, los caminos se convirtieron en una peregrinación de saltos continuos. Recordé que la mujer no sólo me entregó el sobre con las actividades para los días siguientes, sino también una nota escrita a mano. Se leía: V. F. Regent St. W21. London. 020-7218-3920. ¿Cuándo sucedió eso? Alguien hizo la entrega de manera personal, aunque era improbable que fuera ella. Así que V. tiene sangre en las venas, me dije. El conductor me miró por el espejo. Tendría que acostumbrarse a mis monólogos, pues el camino sería largo. La lluvia lo humedecía todo. El tráfico nos hacía disminuir la marcha. Las nubes se transformaron en nubarrones, y prometían más lluvia y más intensa. Consulté el reloj: aún faltaban horas, y en estas condiciones el tiempo de traslado se duplicaría. Eché un vistazo a la agenda. Este ajetreo se extendería hasta septiembre, aunque tendría dos semanas libres para volver a Londres, y con suerte visitar Northampton.