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Los almacenes de lujo que comenzaron a abrir sus puertas casi a finales del siglo XIX en la ciudad de México fueron capaces de satisfacer las exigencias de la moda femenina casi por completo. Desde sus inicios establecieron departamentos en los que se confeccionaban ropones para bautizos, trajes para primera comunión y vestidos de novia; no planearon, sin embargo, la hechura de ropa para llevar durante el luto. En este ensayo, la autora narra cómo fue que las tiendas departamentales decidieron abrir un espacio en el que las damas en duelo hallaban vestidos y accesorios apropiados para lucir en la calle.

William Mumler era un empleado más de la prestigiada joyería bostoniana Bigelow Bros. y Kennard. Había comprado, como diversión, un dispositivo mágico que cobraba importancia, pero al que no toda la gente tenía acceso: una cámara fotográfica. En sus ratos libres fotografiaba a sus amigos. Un día, en 1862, mientras revelaba unos autorretratos, quedó atónito al contemplar que en una de las placas aparecía la imagen de una joven parada junto a él. Identificó a la mujer como una prima muerta 12 años atrás. Fue la primera fotografía de espíritus de la que se tiene registro.

Abrumado por las solicitudes de gente que quería retratos de sus seres queridos difuntos, Mumler renunció a su trabajo con los joyeros, se mudó a Nueva York, montó un estudio y se dedicó de lleno a la fotografía de fantasmas. Cobraba 10 dólares por foto —una fortuna para su tiempo.  10 dólares era el costo del consuelo.

Las sesiones eran como cualquier sesión fotográfica de estudio. El cliente se sentaba, rodeado de la iluminación adecuada, y esperaba inmóvil durante una exposición prolongada. Lo que hacía especiales a estas sesiones era el humor y el semblante de la gente que esperaba, con emoción y cierta ansiedad, a que un pariente o amigo apareciera. Por supuesto que el difunto llegaba, pero nunca se le veía en el estudio, su presencia se limitaba al negativo y a las impresiones fotográficas.

El furor de las fotografías de espíritus pronto llegó a México, donde los miembros de la Sociedad Espírita Central analizaban con todos los medios científicos a su alcance las extrañas imágenes. Con argumentos a favor y en contra, el espiritismo cobró auge, pero nunca nadie se cuestionó que, sin importar la fecha de deceso del espíritu retratado, al momento de revelar las películas, los muertos siempre aparecían vestidos a la usanza en boga. Después de todo la muerte también es un asunto de modas.

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Rojo en Egipto, azul en Bretaña, celeste en Siria, blanco en China… el color del luto tendría que ser el color de los ojos de nuestros muertos, pero ante la imposibilidad de encontrar los exactos tonos pardos, ocres, azules o verdes de cada mirada, Occidente opta por el negro.

La mujer en la que Manuel Gutiérrez Nájera se inspiró para escribir el poema  “La Duquesa Job” en 1884 vestía de gris, pero por motivos ajenos al luto. Las costureras y obreras de la época, al tener ingresos propios, podían darse el lujo de elegir a su marido, eran mujeres libres que podían caminar solas por las calles, pero estaban confinadas a vestir de gris. Se les llamaba “grisetas”.

Marie, la “Duquesa Job”, trabajaba en una gran tienda de lujo: el cajón La Sorpresa. Lo que hoy conocemos como tiendas departamentales recibían el nombre de “cajones” porque, en efecto, una mujer que buscara un vestido llegaba al establecimiento y era colocada ante múltiples cajones que resguardaban sedas, encajes, tules. Tras la elección de las telas, se llamaba a las costureras quienes tomaban cuidadosamente las medidas y seguían las instrucciones de la modista del cajón.

La gente acomodada del siglo XIX se vestía para salir a pasear, para ir a la ópera, para ir a misa, para tomar el té. La vestimenta —además de la clase social— indicaba el estado emocional de las personas, pero cualquiera que fuera la situación, la sociedad decimonónica exigía a sus mujeres no perder la elegancia.

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En 1821 se abrió el primer cajón de ropa: las Siete Puertas. Su competencia surgió en 1850, eran las Fábricas de Francia. Estos dos almacenes, junto con La Sorpresa, eran referencia de la moda mexicana.

Décadas después, conscientes de que la vida en la ciudad de México adquiría un nuevo ritmo, los empresarios Joseph Tron y Joseph Leutaud usaron el modelo de las grandes tiendas, pero mejorado.  Comenzaron con las instalaciones de su almacén; había que responder a la utilización de nuevos materiales en la construcción: cemento armado, acero, lámina, hierro… y en la esquina de la calle de San Bernardo y la Callejuela alzaron un rascacielos de cinco pisos. La gran estructura de hierro de la construcción hacía que la gente se preguntara, en 1888, qué era ese “Palacio de Hierro”.

Los socios del nuevo almacén se pusieron en los zapatos de sus clientes. Buscaron satisfacer todas sus necesidades y comenzaron a ofrecer objetos creados para nuevas formas de consumo: máquinas de coser Singer, pólizas de seguros de la New York Life, té mandarín de Horniman, café Private Estate del general Porfirio Díaz. Frente a los avances científicos y tecnológicos se transformaban la cotidianidad y las emociones.

Uno de los primeros cambios que implementó El Palacio de Hierro fue el uso de maniquíes con cabeza y sin rostro —seres andróginos más próximos a la muerte que a la vida— hechos de madera, tela, alambre y metal, sobre los que trabajaban las modistas. Pero lo importante para esta tienda —y para todos los almacenes que representaban competencia— fue que alrededor de 1870 se había inventado la máquina de coser. Maravilla para la industria textil que impulsó, en las últimas décadas del siglo XIX, que las grandes tiendas departamentales comenzaran a vender ropa prefabricada. La celeridad de la vida moderna obligaba a otro tipo de velocidades: la confección de una prenda debía ser tan rápida como las circunstancias lo exigieran. También había que ahorrar tiempo al momento de colocarse cada una de las partes de los atuendos.

Entre 1880 y 1920 hubo una evolución en el vestir: cerca de 1889 la francesa Hermine Cadolle decidió separar en dos partes los corsés que fabricaba y así dio paso al sostén; dejaron de usarse crinolinas y faldones, las telas de los vestidos caían con más soltura; las señoras comenzaban a llevar “el pecho y los brazos descubiertos” y aparecieron las medias de color carne y las medias de enrejado o calado.

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En El Palacio de Hierro cada acontecimiento importante tenía un departamento para comprar los atuendos correspondientes. Un departamento en donde se compraban hermosos ropones para llevar a bautizar a los recién nacidos; vestidos y trajes para las primeras comuniones, ajuares —muchas de las veces traídos de Francia— para las novias. Pero había un problema: todo lo pedían con semanas de anticipación porque cada atuendo era confeccionado sobre medida. Así que, cuando un ser amado moría, resultaba difícil llevar el luto adecuadamente.

Ante la premura de la muerte era imposible retrasar los funerales. Nadie estaba preparado. Gracias a las fotografías de William Mumler el espiritismo cobraba fuerza en varias partes del mundo y en la ciudad de México, así que existía el medio de contactar con los difuntos —un posible consuelo—, pero eso no servía de nada cuando las viudas y los huérfanos tenían que presentarse ante la sociedad: nadie tenía las vestimentas correctas.

Se inauguró entonces el departamento de lutos: un espacio donde las mujeres podían comprar rápidamente un atuendo ya confeccionado al que se le harían ajustes menores. También tendrían acceso a los tradicionales cajones con telas negras para preparar su año de duelo. La sección para lutos de El Palacio de Hierro contaba con gran surtido y todas las tallas. Y lo extraordinario: gracias a los avances tecnológicos comenzaron a confeccionarse vestidos de riguroso luto en ¡24 horas! Preferiblemente en lana —cachemira, una de las más solicitadas— o algodón, los vestidos de luto también se hacían en color púrpura o lavanda para el medio luto y con toques blancos para el luto aliviado. Y, aunque se hacían con la silueta de moda del momento, estos trajes carecían de florituras y vuelos.

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Las publicaciones decimonónicas destinadas al público femenino solían incluir apartados en los que se explicaba, detalladamente, la manera correcta de vestir. Para ir al templo, por ejemplo, había que vestir de la manera más sencilla posible, sin adornos, pero eso sí, los guantes se consideraban elegantes y “decentes”. Para las funciones de ópera y teatro las damas debían llevar trajes de noche y joyas vistosas; si se tenía asiento en un palco, el vestido podía ser más escotado que si era en platea.

Para las mujeres en duelo el asunto era distinto: había que omitir en la vestimenta todo aquello que pudiera añadir lujo y, contradictoriamente, comenzaron a fabricarse accesorios para complementar estas vestimentas, todos ellos en negro, con plumas y encajes. La joyería de luto —pulseras, anillos, aretes, collares— se fabricaba con azabache, una piedra semipreciosa destinada exclusivamente a estas alhajas. Los guardapelo —en cualquier material— eran los favoritos de las mujeres que acababan de enviudar. En el cabello podían utilizarse pequeños adornos con flores de seda negra, pero en el luto riguroso no podía faltar un velo negro. Todo se complementaba con sombrillas y bolsos del mismo color.

No había pretexto, a pesar de enfrentar la muerte de un ser querido, cualquiera podía vestir siempre como los fantasmas de Mumler: a la última moda.

 

María Emilia Chávez Lara

Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es autora de La canción del hada verde. El ajenjo en la literatura. mexicana 1887-1902.