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Pues bien, este Señor y creador ordena en el Deuteronomio: “Si un hombre ha yacido con la mujer de otro, que mueran los dos, el adúltero y la adúltera; y tú extirparás el mal de Israel” [Dt 22, 22]. Y además: “Un hombre no tomará a la mujer de su padre, ni levantará su cubierta” [Dt 22, 30]. En el Levítico, el mismo Señor dice: “No descubrirás la vergüenza de tu padre” [Lv 18, 8]. Y además: “Si uno ha yacido con su propia madrastra y ha descubierto la vergüenza de su padre, sean muertos los dos” [Lv 20, 11].

Ahora bien, resulta evidente que, violando el antedicho precepto, este Señor y creador cometió adulterio temporalmente en este mundo, de manera visible y carnal, según la creencia y la interpretación de nuestros adversarios, como se cuenta con la mayor claridad, en base a su creencia, en el segundo Libro de los Reyes. Así, dice el mismo Señor y creador a David por boca del profeta Natán: “¿Por qué, pues, has menospreciado la palabra del Señor, para hacer el mal en mi presencia? Has herido con la espada a Urías el hitita y has tomado por mujer a su mujer; lo has matado con la espada de los hijos de Ammón. Por este motivo la espada no se ha de apartar jamás de tu casa, ya que me has menospreciado y has tomado a la mujer de Urías el hitita para hacerla tu mujer. Así dice el Señor: yo haré surgir un mal contra ti de tu misma casa; y tomaré ante tus mismos ojos a tus mujeres, y se las daré a tu vecino, y él yacerá con tus mujeres ante la mirada de este sol; pues tú has obrado a escondidas, pero yo cumpliré esta palabra en presencia de todo Israel” [2 Sm 12, 9-12]. Por consiguiente, según la fe de nuestros adversarios, este Señor y creador o era un embustero o, sin lugar a dudas, cometió adulterio en el tiempo, como se ve claramente que hizo, con base en su interpretación, en el segundo Libro de los Reyes: “Y Ajitófel dice a Absalón: ‘Llégate a las concubinas de tu padre, aquellas a las que ha dejado al cuidado de la casa, para que cuando todo Israel haya oído que has deshonrado a tu padre, se fortalezcan las manos de cuantos están contigo’. Entonces levantaron la tienda de Absalón en la terraza y él entró a las concubinas de su padre delante de todo Israel” [Sm 16, 21-22]. Así, según la interpretación de nuestros adversarios, este Señor y creador consumó temporal y visiblemente en este mundo la obra de adulterio que había anunciado, y encima violando el precepto que él mismo formulara, como hemos demostrado con anterioridad: “Si un hombre ha yacido con la mujer de otro” [Dt 22, 22], etcétera.

Así pues, ninguna persona sabia podría considerar que el verdadero Creador fue quien, temporalmente, dio la mujer de un hombre a su hijo o a cualquier otro hombre para que cometiese fornicación, como —según la fe de los ignorantes— se cree que hizo aquel que creó las realidades visibles de este mundo, como se ha demostrado claramente con anterioridad. Ya que hay que recordar que el Señor Dios nuestro, verdadero Creador, nunca ha ordenado cometer temporalmente, en este mundo, adulterio o fornicación. Así, el Apóstol dice en la primera Epístola a los Corintios: “No os engañéis, porque ni los fornicarios ni los adúlteros poseerán el reino de Dios” [cfr. 1 Cor 6, 9-10]. Y a los Efesios el mismo Apóstol dice: “Pues habéis de saber que ningún fornicario o impuro tiene derecho de herencia en el reino de Cristo y de Dios” [Ef 5, 5]. Y a los Tesalonicenses él mismo dice: “Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación” [1 Tes 4, 3]. Así pues, nuestro verdadero Creador no tomó temporalmente, en este mundo, a las mujeres de David, ni las dio a su vecino para que cometiese adulterio con ellas en presencia de todo Israel y a la luz del sol, como se lee en el texto antes citado. Pues existe sin ninguna duda un creador malvado que es origen y causa de toda fornicación y todo adulterio de este mundo.

Fuente: “El libro de los dos principios” (escrito en latín y en Lombardía hacia 1240), en El legado secreto de los cátaros (ed. Francesco Zambon, trad. César Palma), Ediciones Siruela, Madrid, 2004.