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Q-wNada parece más estático y codificado que las mayúsculas latinas. Y sin embargo en el Cuatrocientos, cuando el modelo romano vuelve a ser dominante, las aventuras de las letras pueden seguirse en la efusión contenida de su cauta indisciplina. La Q es la letra que se permite más caprichos, dado que el elemento que la caracteriza es la facultad de menear el rabo a gusto: letra gato que felinamente se enrosca y mueve la cola, ya alargándola bajo la letra siguiente, ya retorciéndola hacia atrás, ya haciéndola vibrar en latigazos fulmíneos, ya arrastrándola perezosamente y arquéandola en ondulaciones cóncavas o convexas. Pero también la A puede permitirse sus libertades, por ejemplo apoyando todo su peso sobre la pierna izquierda, o bien (en variantes más heterodoxas) plegando la barra transversal en ángulo, mientras que la M puede elegir entre su posición de descanso con las piernas separadas y una de atención endureciéndose sobre sus patas verticales y paralelas. La G puede terminar en un rizo redondeado, o con un diente cortante, o con un gancho canino, o bien cerrarse sobre sí misma como un alambique. La X puede escapar de su vocación aritmética y algebraica variando los ángulos en que se cruza o dejando que un brazo se desperece con movimientos ondulados. En cuanto a la Y, no perderá ocasión de acentuar su exotismo presentándose en forma de palmera con las hojas curvadas. A veces las fórmulas de abreviatura epigráfica sugieren la invención de signos nuevos, como el de NT condensado en un único ideograma, letra-puente que no por azar aparece  en la lápida que celebra la construcción de un puente dedicado a un Pontífice (Puente Sixto, 1475).

Fuente: Italo Calvino, Colección de arena (trad. Aurora Bernárdez), Alianza Editorial, Madrid, 1987.