Hermano Hitler

Un hermano… Un hermano sin duda incómodo e infamante; nos saca de nuestras casillas, es un parentesco harto enojoso. Y sin embargo, no quisiera cerrar los ojos ante su existencia, ya que —me repito— mejor, más sincero, más sereno y productivo que el odio es el reconocerse en él, la disposición a fundirse con el odioso, aunque ésta implique el riesgo moral de olvidar cómo se dice “no”. Yo no le tengo miedo a ello; y, por lo demás, la moral, en tanto perjudique la espontaneidad e inocencia de la vida, no es necesariamente asunto del artista. Y es también una experiencia alentadora, no sólo vejatoria, el que en cualquier momento —pese al cúmulo de conocimientos, a la ilustración, al análisis, a todos los progresos del saber sobre el hombre— todo siga siendo posible en la Tierra en lo que atañe al efecto, el acontecer y las más asombrosas proyecciones del inconsciente en la realidad; y no digamos ahora, en el proceso de primitivización al que la Europa de hoy se ha entregado consciente y voluntariamente (por supuesto, esta conciencia y esta voluntad, la dolosa afrenta contra el espíritu y el nivel que éste de hecho ha alcanzado constituyen una objeción contra la primitividad). No cabe la menor duda de que el primitivismo, en su insolente autoapología contra la época y el nivel de civilidad, la primitividad como “cosmovisión” —por más que esta cosmovisión se contemple como correctivo y contrapeso de un “intelectualismo” estéril— es una desfachatez, es justamente lo que el Antiguo Testamento llama un “horror” y una “locura”; y también el artista, en su calidad de partidario irónico de la vida, no puede por menos que apartarse con las tripas revueltas de una regresión tan soez y embustera. No hace mucho he visto en una película la danza ritual de unos isleños en Bali que culminaba en el trance absoluto y los terribles espasmos de los muchachos exhaustos. ¿Cuál es la diferencia entre este tipo de usos y lo que se produce en los mítines políticos europeos? No la hay o, mejor dicho, aún queda una: la diferencia entre el exotismo y la repugnancia.

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Publicado en: 2014 Febrero, Cabos sueltos