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gelman

Del poeta argentino recientemente fallecido Juan Gelman (1930-2014) me sorprendió siempre la manera de usar sin miedo conjugaciones verbales de uso coloquial que la Academia de la Lengua condenaría de inmediato. Dice al cerrar un poema de juventud, incluido en Violín y otras cuestiones (Buenos Aires, 1956): “…estás en mí, tan viva en mí, que si me muero a ti te moriría”. Yo mismo he ensayado esa idea varias veces en mis escritos, pero jamás con tan contundente y sonoro resultado; nunca con la claridad y dulzura de “te moriría”. En su “Olvido”, de Tantear la noche (ciudad de México, 2000), Juan Gelman dice: “La luz avisa que se va a ir/ con una especie de apagación que/ sobreviene y entra el desierto,/ la incierta boda del hombre con su furia. Un perro…”. He citado hasta el último sustantivo, que encabalga el siguiente verso, donde Gelman aclara que, mientras la soledad lo carcome y lo hace batirse con su propia furia, “un perro” mira al cielo y se acompaña de las estrellas. Suena fácil e, incluso, casi un lugar común relacionar a la soledad con un perro que mira al cielo. Sin embargo hay ahí una complejidad sonora interesante, en la que la soledad es también furia, como la de un perro, y la compañía afable de las estrellas es al mismo tiempo la “apagación” del mundo. Pero, ¿de dónde sacaba Gelman esas relaciones lingüísticas complejas que parecen simples y suenan tanto? “De los niños —llegó a declarar en varias entrevistas—. Cuando dicen ‘ponido’ o ‘escribido’, es una cosa que a mí me da mucha ternura porque además ¿a qué vienen esos verbos irregulares? ¿A qué vienen a molestar?”.

La rebeldía ortográfica del Premio Cervantes de Literatura 2007 (que también recibió distinciones varias, como el Reina Sofía, el Juan Rulfo y el Pablo Neruda) va hacia adelante, parte del componente vivo que hay en el lenguaje. Y quién es el vigilante de que una lengua se mantenga viva, ¿acaso la Academia?, que se empeña en estudiarla como a un fósil. Si para algo sirve la poesía, esa “doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa… que puede pintar en la mitad del día la noche, y en la noche más escura el alba bella que las perlas cría… que es de ingenio tan vivo y admirable que a veces toca en puntos que suspenden, por tener no se qué de inescrutable” (como la describió Juan Gelman citando a Miguel de Cervantes en El Quijote y en Viaje al Parnaso) es para eso. “Hay tanto que decir de Cervantes —continuó en su discurso al recibir el premio—, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque ‘esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso’. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran ‘lastimándolo’ desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice ‘siempre mañana y nunca mañanamos’ agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma”. Es increíble que la historia personal de Juan Gelman, las cicatrices tan graves que en él dejó la dictadura argentina, el “desaparecimiento” de su hijo y su nuera embarazada, y la recuperación de su nieta más de dos décadas después, no hayan oscurecido su alma e inclinado su tono y tema poéticos hacia el dolor estéril y amargo. En cambio, nos legó, hasta el último momento, la certeza vital de la poesía. Descanse en paz, el poeta Juan Gelman.

 

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.