Mi próximo libro entra y sale de las imprentas sin decidirse a mostrarme la cara. Se ha visto envuelto en la antigua guerra de las erratas. Este es el sangriento campo de batalla en que los libros de poesía empiezan a doler al poeta. Las erratas son caries de los renglones, y duelen en profundidad cuando los versos toman el aire frío de la publicación.

Hay erratas y erratones. Las erratas se agazapan en el boscaje de consonantes y vocales, se visten de verde o de gris, son difíciles de descubrir como insectos o reptiles armados de lancetas encubiertos bajo el césped de la tipografía. Los erratones, por el contrario, no disimulan sus dientes de roedores furiosos.

En mi nombrado libro me atacó un erratón bastante sanguinario. Donde digo el agua verde del idioma la máquina se descompuso y apareció el agua verde del idiota. Sentí el mordisco en el alma. Porque para mí, el idioma, el idioma español, es un cauce infinitamente poblado de gotas y sílabas, es una corriente irrefrenable que baja de las cordilleras de Góngora hasta el lenguaje popular de los ciegos que cantan en las esquinas. Pero ese “idiota” que sustituye al “idioma” es como un zapato desarmado en medio de las aguas del río.

Fuente: Pablo Neruda, Para nacer he nacido, Seix Barral, Barcelona, 1978.