El elevador original, incluido en el proyecto de Carlos Obregón Santacilia en 1933, tiene en la puerta izquierda una “R” invertida, y en la derecha una “M”. Se trata de letras grandes, trazadas con líneas rectas de acentos voluptuosos art decó, que resaltan en un metal pulido sobre la superficie áspera pintada de gris opaco de cada una de las puertas. Ese elevador vertical, ubicado en la columna sureste del Monumento a la Revolución, la misma que hoy alberga los restos de Lázaro Cárdenas, algún día llevó al mirador. Hoy sus puertas están selladas y el pequeño y ultramoderno artefacto que Obregón Santacilia colocó en su homenaje de piedra “A la Revolución, de ayer, de hoy, de mañana, de siempre” sirve para transportarnos, quizá, a algún momento del pasado. Nadie ha sabido responder la razón de que la “R” de la puerta esté invertida. Se antoja un detalle genial que da coherencia gráfica a un concepto, pero también podría tratarse de un error que se descubrió una vez que se desembalaron las cajas con las partes y se unió el armatoste. Sea como sea, esa “R” parece ofrecernos su mano y guiarnos por las entrañas de este elocuente amasijo de contradicciones que es el Monumento a la Revolución Mexicana.

Actualmente es posible hacer un recorrido por el interior de la estructura original, lo cual es sin duda un viaje alucinante. Tal como si usted se encontrara, en persona, caminando en vivo por la fotografía que hizo Guillermo Kahlo en 1912, en la que el Monumento a la Revolución luce como una especie de Torre Eiffel achaparrada y chata. Es posible tocar esos cientos de miles de remaches de acero realizados al rojo vivo in situ mediante los cuales fue armada la estructura de acero proveniente de los talleres neoyorquinos de Milliken Bros. Hay escaleras, atajos, puentes, subidas y bajadas. No es conveniente, por supuesto, salirse de la línea de seguridad y hacer equilibrio entre una y otra piezas de este hermoso modelo para armar de 65 metros de alto. Pero, ¿cómo podemos recorrer y, peor aún, reconocer, una edificación que fue cubierta en 1938 con cantera poblana Chiluca?, se preguntará el lector. Pues muy fácil, el proyecto de Carlos Obregón Santacilia consistía en utilizar esa estructura como soporte, pero no destruirla; así que por dentro se encuentra prácticamente intacta.

Hagamos una breve cronología del monumento en cuestión: 1) 1897-1912. Porfirio Díaz, de acuerdo con su desorbitada y estrambótica megalomanía positivista decide que México necesita un palacio legislativo gigante (ni más ni menos que de 14 mil metros cuadrados). Comisiona por concurso a Émile Bérnard. Lo único que al eminente arquitecto francés le da tiempo de poner en pie antes de que le caiga encima la Revolución de 1910 es la estructura de acero de la bóveda central, la cual descansa sobre 17 mil pilotes de cimientos. 2) 1933-1938. Más de dos décadas después, ya que la ciudad se había acostumbrado a las sombras que proyectaba esa estructura hueca tan moderna e inútil como la propia Torre Eiffel, a Carlos Obregón Santacilia le aprueban convertir “eso” en un monumento en conmemoración de la Revolución mexicana. Esa es la primera gran paradoja que encarna este edificio abierto: fue proyectada por los aires de grandeza de “paz, orden y progreso” de un dictador despiadado como un edificio descomunal, y acabó convertido en mausoleo de algunos de los contendientes revolucionarios que, como la Revolución misma, tenían visiones y proyectos distantes, incluso encontrados: Francisco Villa, Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas. El proyecto de Carlos Obregón Santacilia es coronado por cuatro grupos escultóricos, obra de Oliverio Martínez, en los que se representó a algunos de los rostros de trabajadores que participaron en la remodelación. Había un elevador vertical, al que ya hemos hecho referencia, y uno extrañísimo técnicamente, que recorría el interior, de manera curva, de la bóveda principal de cobre, para llegar al mirador superior conocido como la Linternilla. A este último se accedía mediante unas escaleras “presidenciales” y era utilizado exclusivamente para personalidades distinguidas. Tal como se pretende rescatar en nuestros días, la Linternilla albergaría una poderosa luz proyectada hacia el espacio (como la batiseñal). 3) 1970-1985. En 1970 el monumento deja de funcionar como mirador. Se detienen para siempre los elevadores. Se cierra el acceso y este inmenso laberinto metálico (sin contar la extensa área que conformaban los sótanos, construidos desde el inicio del proyecto de Bérnard y vacíos desde entonces) queda, como un barco, a la deriva en mitad de la era del rock y la psicodelia. Me pregunto qué podría haber ocurrido ahí, en esa enorme área cerrada y sin ley. Cualquier cantidad de malvivientes la pudo haber utilizado como refugio. El rumor de que mil y una historias ocultas y prohibidas, con drogas, crímenes y prostitución masculina y femenina de por medio pudieron haber ocurrido ahí pasa por mi mente como una ráfaga mientras recorro a tientas los estrechos pasadizos y mis ojos alcanzan apenas a vislumbrar formas inciertas en los rincones: zapatos, jirones, manchas onerosas entre la penumbra y los sólidos rayos diluidos de un sol antiguo. 4) 1985-2010. En 1985 el gobierno de la ciudad toma los sótanos de la Plaza de la República y los convierte en un Museo de la Revolución, y desde 2010 el propio monumento cobra nueva vida mediante un elevador panorámico instalado en la parte central. Hubo una gran reticencia de los historiadores a celebrar el centenario de la Revolución con la inauguración de este nuevo elevador que rehabilitaría los miradores, pero que desvirtuaría (según ellos) la esencia del lugar (lo cual en sí mismo es contradictorio, porque la verdadera virtud del monumento virtual que es éste es desvirtuar la intención porfirista original). Pero hay que reconocer que toda la limpieza y remodelación de los espacios se ha realizado con respeto y atención a los proyectos originales, ya sea el de Bérnard o el de Santacilia. Y que en este recorrido guiado hacia la historia se va de la mano de infografías y fotos que les rinden homenaje a ambos conceptos. Hoy gracias a la iniciativa de RevolucionArte (www.mrm.mx) podemos recorrer las entrañas de la historia de este edificio y disfrutar de, por ejemplo, un café en lo alto de los miradores que, si bien no son tan altos como la Torre Latinoamericana (como se criticó en su momento), ofrecen una perspectiva distinta de la ciudad.

Tras la distintiva “R” invertida se esconde la paradoja mayor del tiempo recobrado en un espacio que nada tiene qué ver con la Revolución ni con los sueños de grandeza porfiristas, sino que podría ser la “rendez vous” que tenemos pendiente con la ciudad contemporánea que habitamos. n

 

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.