Ibn Jaldún dice que “de todos los hombres, los sabios, los que saben, son los que menos entienden de la administración política y sus procedimientos”, porque “el arte de la lógica no es infalible, se ocupa demasiado de ideas abstractas y con frecuencia se aparta de lo que es del dominio de los sentidos”. Tiene razón y, por mi condición de “sabio”, no estoy calificado para hablar concretamente del “socialismo democrático”. Seré inconsecuente, pues, al redactar estas líneas.

Uno puede decir que la democracia es la libertad y la igualdad, igualdad de derechos, obviamente, puesto que la igualdad biológica no existe.  Y que el socialismo es la fraternidad. Los primeros socialistas eran cristianos y los descalificaron como “utópicos”. Ahora bien, el “socialismo científico” de Marx resultó también utópico y el “socialismo real” de los que pretendían ser  sus discípulos resultó trágico en sociedades en las cuales todos eran supuestamente iguales, cuando algunos lo eran más que los otros.

Así que ¡viva la utopía! La utopía que pretende casar la democracia política con la democracia social. Debemos conocer la historia de los fracasos y de los éxitos pasados, pero también inventar un futuro, porque se debe distinguir entre el socialismo y los partidos, y los regímenes socialistas, de la misma manera que se distingue entre las Iglesias y el cristianismo o la cristiandad. Fraternidad: esa es la palabra clave. “Las necesidades materiales de los demás son mis propias necesidades espirituales”, dijo Rabbi Israel Salanter.

“Una sola injusticia —escribía Charles Péguy, socialista sin partido y cristiano sin Iglesia—, un solo crimen, una sola ilegalidad, especialmente si está oficialmente registrada, confirmada, una sola injuria a la humanidad, una sola injuria a la justicia basta para romper todo el pacto social”.

En agosto de 1897 publicó en La Revue socialiste un texto “utópico” intitulado “De la ciudad socialista” que empieza así: “En la ciudad socialista, los bienes sociales quedarán bien administrados. Los socialistas quieren sustituir en la medida de lo posible el gobierno de los hombres por la administración social de las cosas, de los bienes. En efecto, como los hombres son indefinidamente variados, lo cual es bueno ciertamente, no se puede organizar el gobierno de los hombres según un método científico exacto. Mientras que se puede organizar según un método científico exacto la administración de los bienes. Resulta que la mayoría de las dificultades, de los sufrimientos que parecen depender del mal gobierno, dependen de la mala administración de los bienes. Para bien organizar la administración de los bienes,  los socialistas quieren socializar el trabajo social, es decir, todo el trabajo necesario para que la ciudad siga en vida… Los medios de producción serán socializados, es decir, devueltos a la ciudad, al conjunto de los ciudadanos. El trabajo social será socializado, es decir, será realizado por el conjunto de los ciudadanos… A cambio, la ciudad asegurará a los ciudadanos una educación verdaderamente humana, y la exacta asistencia en caso de enfermedad, finalmente la asistencia entera durante la vejez”.

En su “Breve contestación a Jaurès” dice algo que me parece fabuloso: La humanidad no será socialista como fue cristiana y pagana, en el sentido de que fue la humanidad antigua y la humanidad moderna. Será libre. Hasta y principalmente libre de nosotros. Libre de nuestros esfuerzos, libre de nuestra historia, de la historia de nuestros esfuerzos. Por eso el socialismo tiene en la historia del mundo una importancia prima. Por eso no volvemos a empezar, no imitamos. Por eso somos nuevos… somos unos hombres que preparamos a los hombres para que sean libres de todas servidumbres, libres de todo, libres de nosotros.

Y en otro texto fabuloso, “Marcel”, con fecha de abril de 1898, evoca la ciudad de la cual preparamos el nacimiento y la vida: la nombro “la ciudad armoniosa” no porque sea toda armoniosa, sino porque es la más armoniosa de las ciudades que podamos querer…  Así todos los hombres de todas las familias, de todas las tierras, de todos los oficios, de todas las razas, de todas  las creencias y religiones, de todos los Estados, de todas las naciones… se han vuelto ciudadanos de la ciudad armoniosa.

Socialismo democrático

Y así todos los animales se han vuelto ciudadanos de la ciudad armoniosa, porque no conviene que los animales sean unos extranjeros. Ningún ser vivo animado se encuentra expulsado de la ciudad armoniosa.

Si lo que está ocurriendo en Europa y en otras partes, en Brasil por ejemplo (y que México ponga sus barbas a remojar), es una crisis con consecuencias económicas y sociales enormes, dicha crisis debería ser la oportunidad para reflexionar sobre las posibilidades, los retos que presentan las varias mutaciones que estamos presenciando. Retomando las esperanzas de Péguy, el sueño, mejor dicho la estrella polar de la “ciudad socialista”, de la “ciudad armoniosa”, debemos captar todas las dimensiones de una globalización que no se reduce a la apertura comercial y a la interconexión de los mercados.

Los problemas no se resuelven más en el marco nacional, sino en la interdependencia económica y social, histórica y geográfica: lo manifiestan las grandes migraciones de trabajadores que afectan a nuestra América, así como el papel creciente de China en nuestras vidas. En 1919, si no es que antes, Paul Valéry había diagnosticado el adviento del mundo “finito”, de la “Tierra única”, y de sus imperativos ecológicos (cuando aún no se sentía el recalentamiento). Tal es el marco en el cual debe inscribirse cualquier proyecto democrático y social(ista). Necesitamos ilusiones, sueños, utopías para vencer la presente crisis de confianza en nuestra relación al mundo y a la historia. Como entramos en un mundo muy diferente, hay que soñar para pensar justo y crear un mundo más armonioso; pero primero hay que derrotar al pesimismo ambiente.

“Atacar la pobreza” es el problema de los liberales inteligentes, sustentado en la filosofía política inspirada por Rawls en su Teoría de la Justicia. Lo podemos completar con el objetivo de reducir las desigualdades. Ésta es la cuestión central a la que deben responder los partidos de izquierda (y los otros también) en todos los países. Sobre esta compleja cuestión, remito al lector a los libros de Pierre Noel Giraud (Fondo de Cultura). En síntesis, este objetivo no puede resultar sólo de consideraciones económicas, implica decisiones políticas. Giraud afirma que los gobiernos pueden aplicar políticas económicas apropiadas para reducir las desigualdades, con todo y globalización. Técnicamente, los Estados pueden hacer mucho, conservan importantes márgenes de maniobra y pueden modificar la distribución de las riquezas que resultan espontáneamente del funcionamiento de los mercados. La política presupuestaria (amen de una reforma fiscal en México) y del gasto público es un instrumento poderoso; necesitamos reformas institucionales destinadas a garantizar que el gasto público sea utilizado eficazmente en beneficio de los que más lo necesitan: educación pública, salud, la infraestructura pública que sostiene al transporte y las telecomunicaciones. La impotencia de los Estados frente a la globalización no es más que una mentira cínica, nos dice Giraud.

Durante el siglo XX unos capitalismos salvajes fueron barridos por la política y otros salvados por ella. Con el Welfare State de inspiración keynesiana, las desigualdades disminuyeron. Las desigualdades han vuelto a crecer con el triunfo del mal llamado neoliberalismo. No sabemos qué forma tomarán las críticas radicales a los capitalismos y las políticas reformistas para salvarlos, pero todas tendrán una dimensión internacional global.

No recuerdo quién dijo: Por primera vez en la historia de la vida, una especie viva tiene la capacidad de destruir el planeta entero, y esa especie no tiene ni idea de adónde va.

Para “retomar las riendas”, reconciliar al hombre consigo mismo y concebir una verdadera alianza entre el Hombre y la Tierra, necesitamos de la democracia social y del socialismo democrático. Perdonarán la homilía. Amén. n

 

Jean Meyer. Historiador. Profesor e investigador de la División de Historia del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Su obra más reciente es La gran controversia. Las iglesias católica y ortodoxa de los orígenes a nuestros días.