Históricamente, la cuestión social y la izquierda caminaron juntas: una es la razón de ser de la otra. La izquierda se postula dentro de una dimensión temporal concreta y finita, esto es, su acción tiene sentido mientras vivamos en el reino de la necesidad. De la misma forma que el colapso del socialismo del Este acabó con la fantasía de que un tercio de la humanidad había traspasado ese umbral, la reciente crisis económica global deportó de la poshistoria a cientos de miles ciudadanos europeos. Brasil nos recuerda puntualmente la fragilidad de esta condición.

Antes de concluir los ochenta, la izquierda socialista mexicana recibió dos gratas noticias que confirmaron lo acertado de sus pronósticos: la corriente nacionalista abandonó al PRI, y el Muro de Berlín, ignominioso símbolo de la Guerra Fría, cayó en pedazos. Con la escisión del PRI, la izquierda se hizo contingente de masas que no tuvo hasta entonces y su proyecto soltó el lastre despótico que trabó su desarrollo. Inscrita hacía dos décadas en la política formal, la izquierda socialista consideró adecuado el carril democrático, apostó todo en las urnas y el régimen autoritario le robó la elección. Después, tomó la decisión pragmática y errónea de fusionarse orgánicamente con el bloque recién desprendido del partido hegemónico, malbaratando una vieja, sólida y respetable tradición política.

Hijo rebelde de la Ilustración, el socialismo se pensó siempre como futuro: una sociedad nueva y mejor que daría solución a la cuestión social. Pero detrás del Muro no había más que ruinas. La izquierda no se aventuró a reconfigurar su perspectiva aceptando sin más que el futuro ya no le pertenecía, que la historia había llegado a su fin. El socialismo mexicano simplemente cambió de horizonte: enterró la Revolución de Octubre y exhumó la Revolución mexicana. En la medida que ésta era un proyecto por cumplirse, a su manera recompuso la historicidad fracturada por la posmodernidad,1 pero no a partir de una postura crítica de su trayectoria que diera coherencia a su práctica, sino desde un pasado fetichizado por sus propias expectativas irrealizadas.

Para que la izquierda perfile el futuro y rompa con el presente continuo de la posmodernidad, tiene que compaginar su ideario con las condiciones actuales, no para minimizar sus objetivos, sino para alcanzarlos; ha de repensar el socialismo como una corriente plural, abierta y contradictoria. La matriz ilustrada de la izquierda socialista la compromete con la razón, pero también con la ética secular que le impone límites, por lo que debe conformar una alternativa civilizatoria que recupere el dominio de los hombres sobre las cosas. Por mencionar algo que desafortunadamente para nosotros no es una abstracción sino parte de la realidad diaria, la economía criminal, la forma extrema de la maximización de las ganancias dentro de la racionalidad capitalista, degradó la vida y dignidad de las personas al grado de carecer ya de cualquier valor.

Socialismo democrático

La equidad está en el núcleo del sujeto político que llamamos izquierda y constituye un componente sustantivo de su concepción moral. Sabemos ahora que aquélla no puede imponerse por la fuerza, pero también que el mercado reproduce y acrecienta la desigualdad social. Ésta se naturalizó mediante la díada racismo/clasismo, fuente primaria de la discriminación en nuestro país. Para revertir esta tendencia, la izquierda ha propuesto modificar la base material de la reproducción social (extendiendo o socializando la propiedad, sin que ello suponga su estatización), políticas públicas redistributivas, la ampliación de los derechos individuales y colectivos (a ganarse la vida dignamente, por ejemplo), y una república que reúna a los diferentes reconociéndolos como iguales.

Ante la vacuidad de la política contemporánea, más un performance que un espacio deliberativo en el que imperen las mejores razones, y con el gobierno real de poderes ajenos al control democrático, cabe recordar que la izquierda significó la democracia como radical, extensiva, social e incluyente. Ya fuera en las revoluciones de 1848, donde el bloque socialista de la asamblea nacional planteó otorgar el sufragio al pueblo llano y a las mujeres, hasta lo que Carlos Pereyra denominaba “la democratización del Estado y de la sociedad”,2 la construcción democrática pasa por la integración de los subalternos (trabajadores, campesinos, indígenas), rebasa a la sociedad política hasta llegar a la sociedad civil y apunta, junto con la transparencia del sistema electoral, al fortalecimiento de la ciudadanía. La elección libre requiere un mínimo de bienestar general y herramientas e insumos adecuados para la reflexión. La postura socialista considera también un control de los representantes por parte de los electores y la rendición de cuentas, por lo que insiste en la revocación de mandato, además de la habilitación de mecanismos de participación propios de la democracia directa a la que es afín un segmento importante de la izquierda.

La democracia exige el compromiso con las instituciones estatales, que para liberales y socialistas deben preservar un carácter laico de manera tal que puedan garantizar la libertad de todos. Pero la diversidad étnica reclama replantearse la premisa liberal del Estado homogéneo, que la mestizofilia oficial vertebró discursivamente.  A la discusión pública de la izquierda de la década de los setenta y ochenta acerca de un proyecto nacional que incorporara a los subalternos, reconociera los derechos de género y de las minorías, el neozapatismo agregó la cuestión indígena, replanteó el tema de las autonomías (presente en los movimientos agrarios del siglo XIX) e hizo notar el carácter plurinacional de la república, lo cual empata con el objetivo socialista de potenciar a los agregados comunitarios articulándolos mediante un pacto federativo no jerárquico. Esta posición, así como el replanteamiento de la soberanía nacional ante la globalización, fuerzan en sentido positivo a la izquierda a refrendar el fundamento universalista y cosmopolita del socialismo.

El debilitamiento de lo público (como noción y también como conjunto de instituciones) que trajo consigo el capitalismo desregulado,3 menguó los instrumentos de resistencia y protección social de los trabajadores, haciéndolos más vulnerables a la economía criminal y a la voracidad de las empresas que no respetan los derechos básicos de los asalariados; otras más depredan el ambiente con la tolerancia estatal. La trata de personas, las plantaciones agrícolas y el ingente consumo de brazos del narcotráfico son algunas de las formas contemporáneas del trabajo forzado que, junto con las distintas variantes de la informalidad, por no hablar del renacimiento del trabajo infantil, forman parte de la agenda de la izquierda.

Todavía hoy el socialismo, entendido en su sentido más amplio y plural, constituye la crítica más completa e incisiva a la civilización del capital. No obstante el naufragio de las tentativas revolucionarias del siglo XX, decía Hobsbawm que “el mundo no cambiará por sí solo”.4 Lo que está por verse es si es posible integrar una voluntad colectiva que articule la rebeldía cotidiana, la oriente en dirección de ese cambio y cedan las resistencias que se le oponen. A diferencia de los precursores de esta tradición política, no tenemos certeza alguna que esto ocurra y, en caso de suceder, desconocemos cuál será la forma específica que adopte. Lo que sí sabemos es que la acción organizada permite recomponer los fragmentos de la historicidad perdida, sumar fuerzas y encontrar tal vez una oportunidad. n

 

Carlos Illades. Profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa. Su libro más reciente es La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México, 1968-1989.

 

1 Sobre esta pérdida de la dimensión histórica remito al clásico ensayo de Fredric Jameson, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Paidós, Barcelona, 1991, p. 64.
2 Carlos Pereyra, Sobre la democracia (presentación de Luis Salazar), Cal y Arena, México, 1990, p. 225.
3 Al respecto puede verse Tony Judt, Algo va mal, Taurus, México, 2010, pp. 128 y ss.
4 Eric J. Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo XX, Crítica, Barcelona, 2003, p. 379.