No suelo tomar notas que me sirvan para escribir un relato a futuro y cada cierto tiempo borro de mi computadora cuentos fallidos y novelas inconclusas. Desde que era adolescente le tengo amor al fuego que se produce con los escritos propios. Mis primeros cuentos se volvieron cenizas en el patio de mi casa.

Una temporada me junté con unos escritores conocidos en Monterrey como El Panteón y lo que más me agradaba de ellos era la complicidad para con la destrucción de los textos propios. Encendíamos hogueras fabulosas donde morían personajes tilicos y prosas vanas.

Si tengo una obra en proceso la persigo hasta que termino una primera versión que me deje medianamente satisfecho. Para que eso ocurra la historia necesita sorprenderme con algún diálogo inesperado o la deferencia de un personaje hacia otro. Si eso no sucede me siento traicionado.

Puedo escribir durante ocho horas y al día siguiente mantenerme con el mismo ritmo aunque en realidad soy de los que escriben y se distraen: avanzo unas líneas, un párrafo y después abro mi Twitter para charlar con algunos amigos. Luego vuelvo a la novela. Navego, escribo, doy clic, veo un video y éste me regresa a la escritura. Dice García Canclini que los lectores de hoy buscan hipervínculos mientras leen; creo que los escritores también: escriben, ven cortos, escriben, buscan una canción en grooveshark, tuitean algo que garrapatean para ver si funciona, comparten su novela en proceso en Facebook; algunos hasta muestran las cuartillas avanzadas.

No creo en las escaletas ni en las aplicaciones para construir una novela. En lo único que tengo fe es en la primera oración. El otro día me recomendaban una app para estructurar novelas: agregabas la historia, los personajes y ésta te sugería cómo relacionarlas. La compré pero luego la eliminé. Al igual que la aplicación para perdonar tus pecados las que prometan la escritura de una novela basada en fórmulas de tensión narrativa son o para ilusos o desesperados.

Antonio Ramos Revillas

Como lector detesto aquellas novelas eróticas plagadas de lugares comunes del erotismo, las novelas de detectives donde al final se descubre al asesino y las históricas donde el personaje principal nunca dice un chiste o se pedorrea.

Escribo o procuro no repetirme. Desde hace diez años entendí que cuando un escritor tiene éxito el mayor desastre que le puede ocurrir es acostumbrar a sus lectores con lo mismo. Una vez un amigo me contó sobre un autor que invitó a todos a su “funeral”. Resucitó en medio de la fiesta y nunca más volvió a escribir como el de antes. Yo no puedo hacerlo y por eso he ido saltando de temas: lo mismo escribí una novela sobre un barco pirata maya a mitad del siglo XVI que sobre una adolescente o como ahora, sobre la paternidad y la muerte; esta última ha sido mi tema, hace años escribí una novela sobre cantantes de muertos donde el norte carece de los lugares comunes de hoy: los travestis o el narco.

De muchas maneras hay que traer ligero el equipaje: borrar las historias inconclusas, desconfiar de tu lenguaje, no ir a presentaciones ni a librerías. Una vez Carlos Montemayor me dijo que el mayor reto para un escritor es encontrar a sus hermanos del lenguaje. He pensado mucho sobre eso que me aconsejó con un vaso de whisky etiqueta azul en la mano. Busco a mis hermanos pero no los encuentro.

Sé que nunca estaré de moda: me gusta narrar y no hacer juegos conceptuales. Me veo rodeado de la novedad y sinceramente me pongo escéptico cuando alguien me dice que encontró una nueva forma de narrar. ¿En serio? ¿De verdad? Al leerlos compruebo que en esas apuestas existe una voz inconfundible, pero novedosa, no señor.

Creo, como dije antes, en la primera oración, en que la historia contenga un eureka, en que al final del cuento exista algo que lleve al lector a su propia vida: que se encuentre en el desamor o el fracaso, que se queme con lo que lee: por gusto, sorpresa o rechazo, así como quemo mis historias que supongo no tienen esa lumbre. Mi computadora tiene muchas criptas pero casi siempre están vacías. Cuando termino una novela o un cuento y lo publican siento que han resucitado. Eso a veces me parece peor que llevarlas al fuego, pero así es la vida. n

 

Antonio Ramos Revillas. Escritor. Su más reciente libro es El cantante de muertos.