Moscú

I

“Yo no debería estar aquí”, me dijo Marina cuando salimos de la estación Biblioteca Lenin del metro de Moscú. Pensé que lo decía por su antiputinismo declarado, y sólo esbocé una mueca chusca exhalando aire por la nariz que mi organismo intentaba calentar de alguna forma. Me advirtió sobre absolutamente todo: siempre hay provocadores, ten mucho cuidado, guarda bien tu pasaporte, mantente alejado de la policía. En fin, lo de siempre. Ese día, 4 de marzo de 2012, Putin había ganado su tercera elección presidencial y sus seguidores se congregaban en la plaza Manezhnaya, junto al Kremlin, para celebrar. Marina estaba sumamente nerviosa. Al rato, otra vez, “yo no debería estar aquí”. Yo intentaba tranquilizarla, y cuando nos encontramos con mis compañeros de residencia, un ruso-alemán y un francés, se calmó un poco.

El aire era de fiesta. Banderas rusas, globos con los colores nacionales, banderas con el rostro inmutable de Putin que decían “[Voté] por Putin, y no hay más”. A cada lado de la plaza había pantallas gigantes que fungían como un PREP para las masas y daban el avance del conteo electoral. Lejos de Putin, que ganaba con 63.6%, en segundo lugar estaba el eterno Gennadi Zyuganov, candidato del Partido Comunista, con 17.1%; en tercero, con 7.9%, el segundo hombre más rico de Rusia, Mijaíl Prójorov.

Los extranjeros nos tomábamos fotos con banderines de Putin —me sorprendió que Marina accediera a tomarlas—, para lo cual sólo hacía falta preguntar a alguien y decir la palabra mágica: “México”, con lo que automáticamente nos prestaban la bandera. Teníamos la ligera esperanza de que el entonces primer ministro saliera del Kremlin y saludara a los presentes, pero yo estaba convencido de que no pasaría. No estábamos en México. Marina insistía, “yo no debería estar aquí”. Cuando finalmente me atreví a preguntarle por qué estaba tan nerviosa, me confesó: mi padre está por aquí. ¿Cómo? ¿Su padre? ¿Qué no era militante de Yabloko  —partido liberal que, luego de no ser favorecido por el régimen desde 2004, es contrario a Putin—? “Sí, mi padre está aquí, y no quiero toparme con él”. Me explicó: el jefe de la empresa donde trabajaba el padre de Marina había “sugerido” a los trabajadores que fueran al mitin del candidato oficial, porque si no “podía haber consecuencias”. En cuanto lo supe, le dije que podía irse, que no se sintiera comprometida —total, yo me iba a quedar con el francés “hasta que saliera Putin”—. Sin pensarlo, Marina se fue.

Afortunadamente para mi homeostasis, luego de un rato convencí al francés de que Putin no iba a salir, por lo que emprendimos el regreso a la residencia estudiantil. Error. Apenas llegamos, en la única televisión disponible estaba Putin allí, junto al presidente Medvedev, en un templete frente al cual habíamos estado parados media hora antes. El candidato ganador estaba llorando, no por emoción, sino porque “se le metió algo a los ojos”, como él mismo dijo después. El francés también lloraba; no me habló en un mes.

Al día siguiente, mientras paseaba por la Plaza Roja, noté que había una aglomeración de nuevo en Manezhnaya. Me acerqué. Era lo mismo de la noche anterior: globos azules y blancos, banderines con el rostro del anterior y próximo presidente. Era un nuevo ambiente de fiesta, con luces, grupos musicales y pantallas gigantes. “¡Estamos con Putin, estamos con Rusia!”, “¡Nuestro presidente es Putin!”. Decidí internarme entre la masa. Había también varias banderas del partido oficial, Rusia Unida, con su inconfundible oso blanquiazul. Otro cartel, en inglés, rezaba: “My president is back!”. Había banderas de casi todas las ex repúblicas soviéticas, incluso unas de Mongolia, no tengo idea de por qué.

La gente se veía contenta. No parecía que estuvieran allí bajo amenazas, pero indudablemente habría quienes sí. Era difícil saber con exactitud, o aun distinguir en el rostro de cada uno, quién había asistido por convicción y quién por coerción. Sentía unas enormes ganas de entrevistar a esas personas, pero pensé que ya habría otra oportunidad, dado que por el momento mi cansancio de caminar todo el día en la nieve y el hielo no me lo permitía. Regresé a mi residencia.

II

“¿Adónde van?”, pregunté a los jóvenes congregados en el lobby —si puede considerarse tal cosa— de la residencia al regresar. “A las protestas”, dice uno de los locales, francamente emocionado. “Vengo de ahí. Una cosa interesante”, dije. “No”, me responde, “a la protesta de al rato en Pushkinskaya”, es decir, la de la oposición. El joven de ascendencia centroasiática —lo cual, por desgracia, lo hace un blanco más fácil de la policía— me habla con convicción; no duda de su causa, porque ni siquiera duda en dudar. Los extranjeros, por otro lado, sonríen como si estuvieran a punto de presenciar lo más exótico de sus vidas: alemanes, franceses, gringos. Claro que Rusia es exótica para ellos. Yo me encontraba realmente cansado luego de la manifestación pro Putin de la tarde, pero sabía que “la oposición” se congregaría ese día en Pushkinskaya, y pensé que sería una experiencia de primera mano para ver de una vez por todas qué era cierto y qué no en la prensa occidental acerca de las famosas protestas “antiPutin”; ver si ese supuesto descontento generalizado “en toda Rusia” es verdad o no.

Los acompañé. Una vez en el metro, el joven de origen centroasiático, extranjero en su propia tierra, me pone un listón blanco en la solapa del abrigo. Apenas llegando a la plaza, viendo cómo está la cosa, me lo quito sin que mis compañeros de lucha lo noten. Podría decir que me lo quité porque parecía aquello manifestación en la San José Insurgentes de  —para utilizar una frase de Alberto Arnaut— “panistas posmodernos” cuando el famoso “México ya votó” de 2006. Pero la razón es más sencilla: el servicio policiaco ruso suele ser bastante arbitrario, y donde agarren a un mexicano en Moscú que anda conspirando contra el régimen, no hay salida. Además, si mi ruso es hoy, habiéndolo estudiado tres años, un mero balbuceo, en aquel entonces se encontraba en estado embrionario, acompañado siempre por mímica y sonidos onomatopéyicos. Sin listón, me dije, era más fácil argüir que era yo un paseante —llevaba mi pasaporte, como Marina me había advertido— que quedó atrapado entre la masa. Y, a diferencia de los extranjeros, yo me abstuve de gritar contra el “dictador”.

Llegamos finalmente a la plaza. La estación de metro estaba atiborrada. Lo primero que veo al salir son banderas con el rostro del Che Guevara. Me siento como en casa, de no ser por los -n grados centígrados. Avanzamos con dificultad. Otros jóvenes rusos, conocidos de mis compañeros, nos encuentran y jalan hacia un lugar donde se pueda ver el templete. Lo único que yo veo es la bellísima estatua de Pushkin, árboles y banderas de todos colores. De pronto caigo en la cuenta de que aquello parece una miniguerra civil española: hay anarquistas, comunistas, anarco-comunistas, socialistas, socialdemócratas, centristas, liberales, nacionalistas, conservadores y ultraderechistas. Elija usted una ideología política: seguro tenía algún representante ese día en Pushkinskaya. A todos los une el juntarse a gritar “¡Fuera Putin!”, pero nada más. Cuesta imaginarse qué pasará si el régimen “cae”. ¿Cuál de todos se impondría? Los comunistas han sido la principal oposición en Rusia desde 1995, ¿serían ellos? ¿O quizás los liberales, sin acceso al Parlamento?

Yo, naturalmente, me guardaba mis pensamientos. En eso logro escuchar por fin a un orador de los del templete. Alcanzo a distinguir la palabra “dictador” entre la distorsión del micrófono y lo rápida del habla rusa, y a continuación, como si lo hubiera dicho en español, sumamente claro: “¡¡No podemos tener un presidente que se pone bótox!!”. Risas generales, no sé si exaltadas por la emoción de estar allí, porque como chiste es terrible, y en un mitin político más. Me empiezo a impacientar. ¿En dónde están las propuestas? ¿Qué hacer una vez que el “dictador” que usa bótox se vaya, si es que se va algún día? Un cartel por aquí dice “Putin, uxodí!” (“¡Putin, lárgate!”); otro más “Putin v v v v v v v v v v v v nikudá” (“¡[Con] Putin a a a a a a a a a a ningún lado!”). Uno más, que lleva una chica a mi lado, “6 años de un régimen policiaco, ¿para qué?”, haciendo alusión a los seis años de gobierno que le esperaban a Putin, que pueden prolongarse a otros seis empezando en 2018. Comienza otro grito generalizado, “¡Estamos aquí! ¡Estamos aquí!”.

De pronto, una serpiente humana, estilo víbora de la mar, comienza a reptar por toda la plaza, con todo y lo imposible que era abrirse camino entre los presentes. Pasan sumamente rápido frente a mí y no les importa lastimar o tirar personas. Una mujer de edad, que seguramente está allí porque la pensión no le alcanza —o porque también la amenazaron para que fuera desde los partidos de oposición—, cae unos metros más allá. Yo identifico que se trata de los “provocadores” de quienes me habían advertido en repetidas ocasiones: la gente de Eduard Limónov, amantes del caos. Como el ambiente se tornaba tenso en la periferia de la plaza y mis compañeros de lucha están en lo suyo, o sea, escuchando a los oradores que hablan de “bótox” en vez de “votos”, me decanto por acercarme al templete, a ver si me topo con alguna luz esperanzadora, algo que me permita entender que hay algo más, un poco de coherencia; que las más grandes protestas en Rusia desde 1993 tienen algún tipo de sustento lógico para mi cabecita.

Lo que me topo me deja con ganas de volver. Una mano (no veía yo de quién) con una bandera blanca enorme, con el símbolo de Facebook. Es todo. No hay simbología política, ni colores, más que el azul de todos conocido. Me pregunto qué querrá decir, aunque lo sé perfectamente. El poder de las “redes sociales” —que no sé por qué se llaman así, puesto que cualquier sociólogo diría que eso significa otra cosa—, esa manera de decir que uno es tan “poderoso” como un jefe de Estado por tener un blog. Pero me deja un sinsabor, porque en primer lugar no hay ningún tipo de censura en el internet ruso y, en segundo, no es muy común que los rusos usen Facebook, pues tienen uno propio, mucho más ágil y completo, llamado Vkontakte (“En contacto”). Tan pueden usar ambos sitios web que estaban allí, congregados, gracias a la iniciativa de algún grupo que los convocó mediante esas nuevas formas.

Es inútil. Emprendo el camino a la residencia. ¿En serio esta es la “oposición” tan contundente y esperanzadora de la que habla la prensa occidental? La mayoría de los grupos que la conforman ni siquiera tiene asientos parlamentarios —en parte, claro está, porque el régimen mantiene en 7% el mínimo de la votación total para acceder a la Duma—. Lo que vi esa tarde en Pushkinskaya fue un smörgåsbord de ideologías políticas, pero no de propuestas concretas. Ni una sola. Ellos decían que eran más de 70 mil. El gobierno dijo que eran unos 15 mil. Habría que atinarle al medio, es decir, unos 40 mil. Esa noche arrestaron por enésima ocasión a Alexei Navalny, líder de la rama liberal del “movimiento”, famoso como el “bloguero” que ha puesto en predicamentos al régimen, pero no como el político que fue expulsado del partido Yabloko por sus enormes tendencias nacionalistas.

Un mes después, en la universidad donde yo estaba de intercambio se abrió la materia de “Historia de los movimientos sociales”, que daba un excelente profesor estadunidense, Ben Lind. Éramos 10 personas, dos extranjeros y ocho rusos. En la primera clase, el profesor advirtió que “aquí no se viene a aprender a hacer cocteles Molótov”. Una compañera rusa —con un listón blanco en el suéter, ni más ni menos— se levantó en protesta: “¿¡Qué!? ¿Cómo que no? ¡Si precisamente a eso vengo!”. Se salió del salón. ¿En serio pensó que un gringo le iba a enseñar a un ruso a fabricar bombas? ¿Y a tirar al régimen? A la segunda clase nos presentamos cuatro personas. Se tuvo que cerrar.

Otro día, ya sin conspirar contra el régimen, pasé a ver a Pushkin en la plaza que lleva su nombre. La estatua es algo estéticamente espléndido. Recuerdo cómo nos miraba a todos hacia abajo desde lo alto aquel día de marzo, en medio de la protesta. Y es que no había un solo ruso a su altura ese día; ni siquiera los del templete. Y así, viendo a Pushkin a los ojos, recordé esa estremecedora frase suya en El héroe: “La ilusión que nos exalta es más querida que 10 mil verdades”. n

 

Rainer Matos Franco. Tesista del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.