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Las leyes de la frontera

Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Mondadori, México, 2012, 382 pp.
Hay dos maneras de considerar a la más reciente novela de Javier Cercas: como una historia de amor desgraciado y como una inquisición acerca de las trampas que por costumbre siembra la memoria. Concebida a manera de una serie de entrevistas —la escritura, por ello, contiene una inevitable carga oral— y con un pie en la España de 1978 y otro en la de 2008, da vida al líder de una banda de delincuentes juveniles, uno de esos hijos de las drogas duras y la marginación social convertido al paso de los años en una suerte de emblema de la rebelión contra todo lo moralmente correcto. Que miremos en retrospectiva la carrera de este personaje sirve a Cercas para ahondar en la naturaleza de la lealtad, en el miedo a la libertad y el deseo de mitificar la propia existencia. Sirve de igual modo para preguntar si no hay mucho de alcahuetería en el acto de recordar. (Roberto Pliego)

 

Toda la sangre

Bernardo Esquinca, Toda la sangre, Almadía, México, 2013, 344 pp.
Con el hallazgo de tres corazones humanos depositados en la zona arqueológica del Templo Mayor arranca esta novela de la cual emergen los antiguos rituales consagrados a la diosa Tlaltecuh-tli, madre progenitora y a la vez representación de la muerte. De vuelta al género policiaco, Esquinca ha ideado una trama en la que convergen el pasado prehispánico y el presente mexicano, las creencias en el imperativo divino de los sacrificios humanos y el culto al más amargo escepticismo. No parece menos obsesionado por el poder ritual de la sangre que por las maravillas y los despojos que resguarda el Centro Histórico de la ciudad de México. Leemos y al mismo tiempo caminamos. Vemos cómo la figura del asesino va saliendo a la superficie y al mismo tiempo vamos recorriendo el corazón de la ciudad, con sus casonas, sus muertos vivientes, sus viejos palacios y sus cantinas. (R.P.)

 

La sal de la tierra

Agustín Ramos, La sal de la tierra, Universidad Veracruzana, México, 2013, 96 pp.
Para Ricardo Garibay las historias están ahí, en busca de quien las cuente. Su paisano Agustín Ramos (Tulancingo, 1952) fue así al encuentro de estos cuatro magistrales relatos. Ya sobre los trabajadores cabrones de la cementera y luego cooperativa La Cruz Azul (“Harina de otro costal”), o bien sobre el amor mestizo de indios insumisos frente a la esclavitud minera en el dieciochesco Real del Monte (“El duende de las minas”); ya dando coloraturas de Maupassant a una historia de hijos naturales entre hacendados y criadas (“Verdad buena”), o bien al describir la picaresca de un amanuense colonial “de letra pronta y paga poca” (“De oficio soy escribiente”), Ramos expurga sus historias de documentos y archivos para tornarlas narraciones vívidas y espigar de ahí la más plena literatura. (Alejandro de la Garza)

 

Al oeste de Roma

John Fante, Al oeste de Roma, Anagrama, España, 2011, 194 pp.
Si Arturo Bandini es el primer álter ego de Fante (1909-1983), ese duro joven deseoso de ser escritor se convertirá en Henry Molise, su álter ego ya sesentón y desilusionado porque mató su impulso artístico escribiendo guiones hollywoodenses. Molise protagoniza la primera de las dos novelas cortas reunidas aquí, “Mi perro idiota”, donde como su esposa y sus cuatro hijos sólo intensifican el fracaso, Henry enfoca su existencia en ese animalazo como metáfora de su vida: “Idiota representaba los libros que no había escrito”. La segunda nouvelle, “La orgía”, narra el traumático despertar a la vida de un niño de nueve años cuando descubre qué hacen su padre y su compinche de trabajo con la “señora” que los acompaña. (A.G.)

 

 

Perversos y pesimistas

José Mariano Leyva, Perversos y pesimistas. Los escritores decadentes mexicanos en el nacimiento de la modernidad, Tusquets Editores, México, 2013, 291 pp.
La radiografía a detalle de un pasaje histórico se emprende a partir de una vocación de rescate o filtrado. La literatura mexicana no cesa de nutrirse de ejercicios de proximidad o reajuste de valores con pretensión de inamovibles. Este volumen es un retrato entusiasmado de los escritores identificados como “decadentes”, a los que Leyva presenta: “sus temas eran sonoros. Excesivos. Su actitud pública, escandalosa. Una caterva de jovencitos que desearon instalar el espanto en la prensa y la ciudad porfirianas”. Lejos de la complacencia, la sonrisa ligera o esa visión utópica de supuestos valores compartidos, estos autores lograron hacer de Revista Moderna (1898-1903) un centro de reunión desde donde admirarse ante el amanecer de un siglo prometedor y a la par terrible. (Luis Bugarini)

 

Los pichiciegos

Rodrigo Enrique Fogwill, Los pichiciegos, Periférica, España, 2010, 216 pp.
No deja de ser lamentable la escasa circulación en el país de la obra del argentino Rodrigo Enrique Fogwill (1941-2010). La guerra de las Malvinas es el escenario de este relato que cuenta la historia de unos soldados argentinos que luego de desertar se ocultan en un refugio subterráneo. Para el ejército ya no existen pues han sido dados por muertos. Ahora su objetivo es sobrevivir y volver a casa. El habla popular logra un registro particularísimo y ciertos giros lingüísticos harán que hispanoparlantes no argentinos desempolven el diccionario. La recompensa es una novela irónica y perpleja, un relato lateral en el seno de una tragedia producto del capricho de Leopoldo Galtieri y Margaret Thatcher, la cual costó casi mil vidas en ambos bandos, además de los daños materiales. (L.B.)