Una nostalgia indescriptible, un sentimiento hecho de melancolía, del entusiasmo de felices recuerdos,  y del dolor del remordimiento por cosas que se han perdido para siempre, me invaden al evocar una de las visitas a México, mi ciudad natal. Me di cuenta de que mi madre había envejecido junto con su modesto departamento: pisos de crujientes duelas; muebles de madera oscura insalvablemente pasados de moda; retratos de familia amarillentos (sobre todo el mío) decorando la mesa de noche; una multitud heterogénea de baratijas sobre las repisas, las que a lo largo de los años puede acumular una viuda anciana; y en la pared de su habitación, sobre la cabecera de su cama, como si presidiera sus sueños, una imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

Esta imagen, o una de sus muchas variantes, aún hoy se encuentra en numerosas casas por todo México y en la mayoría de los países católicos. La pintó por primera vez el artista Pompeo Batoni (1708-1787) para la iglesia jesuita en Roma hacia 1767. En su versión original un Salvador adecuadamente sereno, beatífico, aparece representado de la cintura para arriba con una túnica color rosa, el hombro izquierdo cubierto por un manto azul, mirando al espectador de tres cuartos debido a una ligera inclinación de la cabeza. El brazo izquierdo aparece plegado, de suerte que la mano queda a la altura de la mitad del pecho y sostiene un corazón milagrosamente refulgente. Se trata, presuntamente, del corazón del propio Jesús, el cual parece exhibir u ofrecer al espectador con el gesto de su mano derecha extendida.

A pesar de su naturaleza divina se pintó al corazón con un notable realismo: es el carnoso órgano muscular que resulta familiar para los que hemos estudiado anatomía y realizado disecciones, salvo que éste se ve rebanado en su base, a nivel del origen de los grandes vasos sanguíneos. En lugar de estos últimos se aprecian unas diminutas flamas, detrás de las cuales emerge una cruz. Una corona de espinas ciñe al corazón en su punto más ancho, lejos del ápice, y justo debajo de ella se puede ver una laceración transversal: se trata de la herida causada por la lanza del centurión Longino, cuando nuestro Salvador agonizaba clavado en la cruz. A pesar de los detalles realistas, una luz divina emana de este órgano, inundando el entorno con sus rayos dorados.

Aunque yo crecí en este departamento nunca reparé en los detalles de la imagen; durante todos esos años ocupó un lugar secundario. Me imagino que cuando yo, “el hombre de la casa” como antes se decía, me fui de ahí, este Cristo con el corazón en la mano se convirtió en una presencia tutelar, guía e inspiración infalible de los tristes que ahí se quedaron. Ahora lo observo cuidadosamente y me pregunto: ¿por qué motivo se pintó con tal realismo al corazón en su divina mano? A fin de cuentas no es la ilustración en un libro de anatomía. La idea era representar lo que un eminente cardiólogo llamó el “corazón metafórico”,1 en contraposición al corazón “sustantivo” o “morfológico”. En otras palabras, el corazón como un símbolo, como la sede de nuestras más profundas emociones y el depósito de todo lo bueno y malo en nosotros.

El corazón no sólo gozaba de un lugar preeminente en el área de la emoción, sino también se pensaba que era el asiento del intelecto y de la facultad de razonar. El corazón ha rivalizado históricamente con el cerebro como el órgano de la memoria y de la meditación. No en vano los ingleses dicen que “aprenden de corazón” lo que confían a la memoria. En la misma palabra recordar está la raíz latina cor/cordis, que da fe de su vínculo con la memoria. En un fresco muy notable en la catedral de Albi en Francia, las almas de los condenados el Día del Juicio Final aparecen representados como cuerpos hacinados que llevan en sus pechos, en el sitio del corazón, un libro abierto: se trata de los libros de cuentas de todos sus actos pasados, buenos y malos. Dios lee el corazón de cada hombre, como si de un libro se tratara, y basándose en el texto ahí inscrito emite un terrible juicio inapelable. En cuanto a la capacidad intelectual del corazón, i. e., su identidad como la sede del pensamiento y de la racionalidad, Pascal observaba que “el corazón tiene sus propias razones, que la propia razón no puede saber”. Desde luego que para representar al corazón “metafórico” en toda su etérea y abstracta majestad no había necesidad de recurrir al realismo anatómico.

Aquel día de visita en mi casa materna buscaba una respuesta a esta pregunta. La hallé tras investigar sobre el origen de la imagen. A finales del siglo XVII, una monja francesa de la orden de la Visitación de Santa María, Marguerite-Marie Alacoque (1647-1690), en el convento del monasterio de Paray-le-Monial en Borgoña, tuvo visiones en las que Cristo se la aparecía sosteniendo su corazón en la mano. Ella narró estas experiencias por escrito. En junio de 1674 describió una de sus visiones: “el divino corazón se me apareció en un trono de fuego y llamas, resplandeciendo por todas partes, más brillantes que el sol, y transparente como el cristal. Era visible la herida que había recibido en la cruz. Había una corona de espinas en torno de este Sagrado Corazón y una cruz en la parte superior…”.2 A esta vívida descripción se añadió la admonición del jesuita francés Joseph de Galliffet, quien en 1726 publicó un libro sobre la experiencia mística de la monja visionaria y señaló solemnemente que muchas personas piadosas “encuentran más devoción en honrar al Corazón de Jesucristo como es realmente en el sagrado pecho del divino Salvador”. Esto último, añadió, es razonable; pues si se quisiera honrar la mano del Salvador, se preferiría hacerlo en la expresión más natural y exacta de su mano; y “¿por qué no pensar lo mismo de su Sagrado Corazón?”.3

Las ilustraciones en los libros devocionales escritos para promover el culto del Sagrado Corazón siguieron estos lineamientos. Resulta particularmente notable el frontispicio del libro de Gallifet, obra del pintor Charles-Joseph Natoire (1700-1777). En él los rasgos anatómicos aparecen en minucioso detalle, incluyendo la presencia de la arteria coronaria anterior descendente y sus ramales; los grandes vasos sanguíneos se relacionan normalmente entre sí y se ve que de la aorta emerge una cruz. Es probable que Natoire copiara directamente de corazones humanos extraídos en una autopsia. Un estudioso ha señalado que la imagen realizada por Natoire, la cual se convirtió en el modelo en la mayoría de las representaciones del Sagrado Corazón, es anterior a la imagen de Pompeo Batoni, considerada erróneamente por los críticos de arte italianos como el primer distanciamiento radical de la manera de representar al corazón en el arte religioso.4

Le pregunto a mi madre, con enorme imprudencia, si ella creía que la imagen de algún modo le ayudó. Ella nunca fue una fanática religiosa, ni rezandera ni santurrona, ¡para nada! Pero en el transcurso de su respuesta me dijo con cuánto fervor le rezó a la imagen pidiéndole que intercediera por mí cuando pasé por una crisis en mi vida privada. No pude evitar que semejante candor me conmoviera. Lejos de mi casa, viviendo en un país extraño durante esta época difícil, nunca llegué a experimentar esa cálida simpatía humana. Esa crisis, como todas las cosas humanas, pronto pasó. Y recuerdo un artículo intelectualmente elegante de Francis Galton (1822-1911), un sabio victoriano, en el que demostraba concluyentemente el sinsentido de la oración para alcanzar resultados materiales. Sin embargo, las palabras de mi madre salen “del corazón” y resumen una forma del amor que le da un pequeño empellón al discurso galtoniano. En efecto, Galton puede probar estadísticamente su tesis, pero el dictum de Pascal por tanto no queda invalidado: “el corazón tiene sus propias razones, que la propia razón no puede saber”.

Existe otro misterio que rodea a la imagen del Sagrado Corazón. ¿Por qué se demoró tanto en aparecer y por qué un órgano tan enigmático, tan cargado de significados simbólicos, y sobre el cual tantas cosas se han dicho, escrito y pensado, tomó más de mil 600 años para convertirse en un objeto de culto? Claro que es algo de lo cual maravillarse. La devoción católica a la imagen realista del Sagrado Corazón no se volvió oficial sino hasta 1765, cuando el papa Clemente XIII permitió la Celebración del Sagrado Corazón con una misa especial. Esto sucedió apenas dos años después de que Batoni realizara su famoso cuadro. Antes de que apareciera la ilustración apenas existe algún precedente de este culto. En el siglo XV los monjes cartujos compusieron elogios al corazón y las heridas de Jesús; ellos urgían a los creyentes “con frecuencia a besar una imagen del Corazón de Jesús”, pero no se organizó una devoción formal, y las imágenes relacionadas con estos pronunciamientos se dibujaron con torpeza, a la manera de los corazones para San Valentín.

Poco después de alejarme de México me topo con un artículo académico que trata de responder este misterio. Alice Kehoe, una científica de la Universidad Marquette, propuso que la intensa actividad misional que se dio en México después de la conquista (una actividad a la que caracterizó la sofisticada mezcla de símbolos religiosos aztecas y conceptos cristianos) fue un factor determinante en la emergencia del culto católico del Sagrado Corazón de Jesús.5 Las ideas paganas y las cristianas se fusionaron. El simbolismo del sacrificio azteca, en el cual se extraía el corazón de la víctima, lo emplearon los misioneros para reforzar el significado cristiano de la crucifixión y la herida en el pecho del Salvador. El Concilio de Trento (1545-1563), que aprobó los símbolos religiosos empleados por la Iglesia Católica, no aprobó al corazón, pero en los frisos, en las esculturas y en las fachadas de los templos del México colonial se representaron con frecuencia estos corazones: la intención era devocional, pero para cierto investigador moderno se veían “tan feroces como los de buena parte de la escultura anterior a la conquista”.6

De esta manera los corazones perforados, sangrantes, intactos y milagrosamente resplandecientes fueron un símbolo religioso común en México un siglo antes de que Marie-Marguerite tuviera sus visiones en la celda de un monasterio francés. La evidencia directa entre los sagrados corazones mexicanos y la devoción europea al realista Sagrado Corazón, dice Kehoe, “debe estar sepultada en algún archivo o entre restos sacerdotales”. Pero existe la suficiente evidencia circunstancial para proponer que, de manera consciente o subliminal, las mentes de los más destacados dirigentes religiosos se vieron influidas por lo que los teólogos hacían en México y reportaban en una avalancha de obras escritas que los sacerdotes europeos leían con toda seguridad. El culto de la imagen realista del corazón en llamas de Jesús empezó en Europa y coincidió con la cima de esas publicaciones. En síntesis, Kehoe pone en orden diversos argumentos para demostrar que, por un proceso al que se le conoce técnicamente como “difusión incentivada”, la inspiración para hacer el corazón llameante de Jesús “una corporeización del nuevo catolicismo humanista” se pudo haber originado en México, extendiéndose de ahí a Francia.

Teniendo fresca esta informada exposición converso con mi madre en la sala del departamento. Consciente de su devoción hacia el Sagrado Corazón de Jesús yo albergo la esperanza de que mi reciente lectura atrape su atención. Trato de repetir lo mejor que puedo la erudita argumentación pero a la mitad de mi pedante perorata me doy cuenta de que mi madre se ha quedado dormida en el sofá. Observo sus canas, ligeramente despeinadas por la desmañada postura del sueño, los nudillos un tanto torcidos de los dedos de los que ha resbalado la manta que le cubría el regazo, las rodillas y las piernas. Y veo que dentro del gastado cuerpo late un corazón que sigue un tempo diferente, un ritmo que va rallentando y al que poco le importan las hipótesis etnográficas y antropológicas.

Ese mismo corazón dejó de latir por completo hace años. El haberlo preservado en una urna costosa y suntuosa, como se hizo con los corazones de los reyes franceses, habría sido en parte un homenaje a tan preciado órgano, colmado del amor maternal más puro y abnegado. Bajo su modo de ser “sustantivo”, como una carnosa bomba muscular, se convirtió en polvo hace tiempo. Pero bajo su modo de ser “metafórico” sigue viviendo como una trascendente hipóstasis cuya presencia, para mí, se vuelve cada día más real, más concreta y más sustantiva. n

Francisco González Crussí. Patólogo y ensayista. Ha publicado: Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas y Partir es morir un poco, entre otros títulos.

 Traducción de Antonio Saborit

 

1 Jack Perloff, “The Metaphoric and Morphologic Heart: Symbol and Substance”, American Journal of Cardiology 105, número 10, pp. 1502-1503, 2010.
2 M.-M., Alacoque & Monastère de la Visitation Paray-le-Monial: Vie et Oeuvresde Sainte Marguerite-Marie Alacoque, Editions St. Paul, París, 1990. Véase también una edición de 1923 publicada en línea: http://www.abbaye-saint-benoit.ch/saints/margueritemarie/index.htm
3 Joseph de Galliffet: De Culto Sacro Sancti Cordis Dei ac Nomini Nostri J. Cristi, Roma, 1726. Esta obra existe en traducción al francés: L’excellence de la devotion au Coeur adorable de Jésus-Christ, avec la Mémore qu’a laissé de sa vie la V. M. Marguerite Alacoque religieuse de la visitation, Lyon, 1733. Una edición en inglés es: The Adorable Heart of Jesus, con introducción y notas del padre Richard Frederick Clark, Messanger of the Sacred Heart, Filadelfia, 1890. Está en linea: http://www.archive.org/details/theadorableheart00galluoft
4 Martha Mel Edmunds, “French Sources for Pompeos Batoni’s ‘Sacred Heart of Jesis’ in the Jesuit Church in Rome”, The Burlington Magazine 149, núm. 1256, pp. 785-789, 2007.
5 Alice B. Kehoe, “The Sacred Heart, a Case for Stimulus Diffusion”, American Ethnologist 5, núm. 4, pp. 763-771, noviembre de 1979.
6 John McAndrew, The Open-Air Churches of Sixteenth-Century Mexico, Cambridge, Harvard University Press, 1965, p. 249.