La narrativa de Arturo Fontaine Talavera (1952, Santiago de Chile) crea fronteras cómplices con sus lectores, a la manera del mundo de los media: “¿Podría yo decirte la verdad. Ésa es una pregunta para ti. ¿Me vas a creer o no?”—apostrofa Lorena al narrador, y éste a nosotros, desde el inicio de La vida doble (su tercera y laureada novela de 2010). La apelación al otro se hace abriendo una ventana sobre sí mismo, pero hacia un sí mismo cuyo horizonte está hecho de vasos capilares. La subjetividad irradia, circula, por venas que forman una red cuya interioridad no es otra cosa que una constelación de ecos, de amalgamas del afuera que nos llaman a completar sus invocaciones difusas: “A eso [la verdad] sólo respondes tú. Lo que yo sí puedo hacer es hablar. Y allá tú si me crees” —concluye este primer párrafo de la novela. En una entrevista posterior con Gianmarco Farfán, Fontaine se refiere a Lorena, la protagonista de La vida doble, en estos términos:
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