Si combináramos el Libro de Job con el de los Salmos y el de Isaías, y con pasajes dispersos de los Reyes, Nahúm, Proverbios, Jeremías y Habacuc, obtendríamos una composición de la cosmogonía arcaica similar a lo que sigue:

Yahvé creó con una palabra el Sol, la Luna y las Estrellas. Extendió los cielos como una tela de tienda de campaña para cubrir el Abismo, y puso su corte secreta por encima de los cielos basándola en las Aguas Superiores. En el acto de creación, Yahvé pasó por encima del Abismo, que se levantó contra él. Tehom, reina del Abismo, trató de anegar la Creación de Yahvé, pero él fue contra ella en su carro de fuego y la bombardeó con granizo y con el rayo. Yahvé destruyó a Leviatán, vasallo de la reina, con un gran golpe en el cráneo del monstruo, mientras acababa con Rahab clavándole una espada en el corazón. Las aguas retrocedieron, intimidadas por la voz de Yahvé, y Tehom se rindió atemorizada. Yahvé proclamó su triunfo y secó las inundaciones. Hizo que la Luna dividiese las estaciones, y que el Sol dividiese el día y la noche. Para acatar la victoria de Yahvé, las Estrellas matutinas cantaron juntas, y todos los hijos de Dios expresaron su alegría. Así se completó la obra de la Creación.

Fuente: Harold Bloom/David Rosenberg, El Libro de J. (trad. de Néstor Míguez y Marcelo Cohen), Ediciones Interzona, Barcelona, 1995.