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Berman

 1. Mi madre nos llamó por la mañana para invitarnos a cenar a la casa de su prometido, y a partir de entonces Javier inició su diatriba contra el psicoanálisis.

—Comete un grave error, tu madre —decía tras cada argumento—. ¡Casarse con un psicoanalista, Dios santo!

Hubiera sido un domingo de calma y asueto, si es que Javier no lo hubiera dedicado a convencerme de que debíamos parar esa boda.

—Por lo pronto yo no voy a cooperar en esa desgracia —dijo mientras yo hacía la cama—. Quedó mal ahí —dijo luego, señalando una esquina donde la sábana había quedado fruncida.

Me siguió del dormitorio a la cocina, donde metí al horno el refractario con la carne, y después fue tras de mí al jardín, siempre insistiendo en los males de ese novio a quien ni siquiera conocía.

Mi madre también era psicoanalista, pero eso se le olvidaba a Javier, o lo ponía a un lado. Y Luis, su novio, había sido su maestro en el Instituto Psicoanalítico; mi madre lo admiraba y sentía hacia él una deuda de agradecimiento; eso se lo repetí a Javier algunas veces pero nunca se integró a sus cálculos sobre la situación.

—Siempre viendo el simbolismo sexual en todo —llegó a decir; yo podaba un arbusto—, igual que los niños de doce años. Ven un plátano, un sacacorchos, un puro, una papaya cortada a la mitad y los remiten a los genitales. Te digo que hay que parar esa boda.

—Tampoco él te estima —dije por fin. Corté con la tijera una flor marchita, amarillenta, de la magnolia.

—No me digas —dijo Javier de súbito grave.

—Vio tu película.

Una película de Javier, su tercera película, se exhibía en la ciudad, con poca fortuna.

Javier guardó las manos en las bolsas del pantalón y se fue chiflando de regreso a la casa. Yo corté otra flor, ésta ni seca ni dañada, perfectamente blanca: vi mi mano con la tijera realizar el corte como si la viera en el cine, totalmente ajena a mí.

—Creo que no debíamos juntarlos —le dije a mi madre por teléfono.

—El domingo pasado Luis me llevó a conocer su casa de campo —dijo ella—. No sabes qué casa, qué sobriedad, qué buen gusto. Quiero decir, cada cual pone algo de su parte en un matrimonio. Si las cosas están desequilibradas, el matrimonio nunca funciona.

—¿De qué me estás hablando?

—Digo que lo mejor que tengo eres tú —hizo una pausa y agregó—, y Javier. Son mi dote. Lo que aporto en el matrimonio con Luis.

—Y él aporta dos casas, la de la ciudad y la del campo, pero no a sus hijas.

—Así es —la voz de mi madre terminó en un suspiro doloroso.

Las hijas de Luis vivían con la madre y desaprobaban el nuevo enlace del padre.

A las siete de la noche Javier estaba desnudo y sentado en flor de loto sobre la cama, meditando. Dejé a su lado unos vaqueros, una camiseta, su chamarra, un par de tenis y el frasco de píldoras para su enfermedad. Se vistió hasta las ocho y media, hora de la cita, pero cambió los tenis por unas botas de militar.

2. —Nadie es capaz de hacer una fortuna sin ser un hijo de puta —Javier dixit, mientras nuestro VW subía por la avenida flanqueada por cipreses y mansiones—. Y lo curioso es que el tipo se dice psicoanalista, médico de almas.

Resoplé. De verdad no quería discutir.

—Cenamos y adiós —sentenció Javier.

Viramos a la izquierda y dos cuadras adelante dimos con el número 85 de la calle. Nos bajamos del VW frente a una casa de fachada angosta, encerrada entre dos propiedades bastante más amplias. Debía ser de las casas más modestas de la colonia Virreyes. Pulsé el timbre y volví a notar la extrañeza de mi mano: como si no fuera mía.

Abrió la reja de acero plateado un hombre alto, vestido en un traje de seda azul celeste, con una corbatita de moño roja. Me extendió con presteza la mano. Le di la mía (de nuevo ajena). La retuvo un momento. Le tendió la mano a Javier, que la tomó. El hombre sonrió ampliamente y Javier sonrió ampliamente. Luis, el novio de mi madre, tenía solamente cabello en las sienes, cabello naranja cenizo y rizado, y tenía la nariz grande y enrojecida.

Se apartó para dejarnos pasar a un patio de piedra gris.

Se adelantó a abrirnos la puerta de la casa. Entró primero él y luego nosotros. Y ahí volvió a repetirse la escena de los saludos de mano. Me extendió entusiastamente la mano. Se la extendió a Javier. Sonreía en un estado de felicidad.

—Siéntense, pónganse cómodos —dijo—. Voy por tu mamá —me guiñó un ojo.

Era una estancia llena de muebles, objetos sobre los muebles, cuadros en las paredes, tapetes coloridos sobre la alfombra roja. Difícilmente podría colocarse más mobiliario ahí. En un rincón estaba un órgano y en su tapa una cabeza de cobre de Freud. No un busto; aquella cabezota, dos veces más grande que las cabezas reales, se apoyaba en el cuello. Sentada en un sofá estaba viéndola, cuando Javier, a mi lado, dijo:

—Luis parece un payaso. El pelo rojo, la narizota, la corbatita de moño.

—…

—Bueno, tiene su encanto. Es decir: parecer un payaso tiene su encanto.

—…

—Lo ponemos nervioso, ¿te diste cuenta? Sabe que vamos a darle nuestra opinión a tu madre. Por eso nos dio dos veces la mano. Se muere de miedo.

—…

—Vivir en una colonia de ricos sin serlo: típico de un psicoanalista.

—Javier: estoy harta de tu mala vibra.

Javier pasó su brazo sobre mis hombros y sonrió satisfecho.

Mi madre entró a la estancia seguida por Luis. Es rubia, de ojos verdes, bajita de estatura. Venía en un vestido rojo, con aretes grandes dorados, y yo la adiviné exultante. Javier saltó del sofá para abrazarla y besarla en una mejilla y otra.

—Doctora, es usted una belleza —lo oí decir como si en secreto, pero suficientemente alto para que todos lo escucháramos.

3. Bebimos un aperitivo en la estancia y charlamos de banalidades: el gobierno del país, las próximas elecciones presidenciales, el destino de la patria. No que fueran asuntos sin importancia, pero nuestras opiniones eran banales en el sentido de que ninguna consecuencia podían tener.

Pasamos al breve comedor, iluminado por seis velas colocadas en un candelabro de plata. Reconocí el candelabro: fue de mi abuela y de la madre de mi abuela. Nos sentamos a la mesa circular. Y mi madre se levantó para ir a la cocina.

—Así que mi suegra preparó la cena —dijo Javier con malicia.

Luis:

—Es la señora de esta casa.

Javier:

—¿Las escrituras están ya a su nombre?

Luis parpadeó y descorchó el vino tinto.

Hablamos de más banalidades: la guerra en Bosnia, el hambre en Somalia, los salarios infames de los campesinos mexicanos, etcétera, mientras comíamos el mousse de salmón, el roast-beef con zanahorias dulces, la manzana asada.

Estábamos en la manzana y el café cuando Luis habló de su nuevo campo de investigación. Diagnósticos inmediatos. Cómo llegar al diagnóstico de una persona en menos de un minuto. Un desafío intelectual y también un asunto muy necesario en nuestra época. Existen diez millones de habitantes en el planeta por cada psicoanalista. De ahí que el psicoanalista deba operar rápidamente para diagnosticar. Busqué la mirada de mi madre, pero ella miraba a Luis hablar. Masticaba su manzana y lo miraba con ojos grandes, admirados.

—Por eso me he centrado en los saludos de mano —dijo Luis. Se pasó la servilleta por los labios y la colocó al lado de su platito con los restos de manzana—. Freud decía que en cada gesto está la personalidad entera.

Psicopatología de la vida cotidiana —apuntó mi madre.

Ergo —dijo Luis—, en un apretón de manos está toda la psicología de una persona.

Javier achicó los ojos.

—Por ejemplo usted —le dijo Luis—. Saluda con firmeza. Con seguridad establece el primer contacto.

Esperamos que dijera más. No lo hizo. Hincó su cucharita en la carne de la manzana.

—Eso es todo lo que vio en mi saludo —afirmó Javier.

—No —dijo Luis—. Cómo cree. Pero diagnosticar fuera del consultorio es poco ético.

Ahora sí mi madre y yo encontramos las miradas. Mi madre la desvió a la azucarera, que se puso a observar como si fuera lo único dulce en esa mesa.

—¿Qué vio en mi saludo, doctor? —insistió Javier—. Digo: no voy a morirme si me lo dice.

—Espero que no —dijo Luis. Se explayó—. Da con firmeza la mano, pero nunca la afloja. La mantiene rígida. Dominante. Es decir que usted se entrega fácilmente a la relación con otra persona, pero insiste en ser la parte dominante —el doctor me miró a mí—. ¿Le suena conocido, Laura?

—¿Qué más? —pidió rápido Javier. Y yo quedé sin responder.

—En el fondo usted es un desconfiado —siguió el doctor—. Yo no sé su historia personal, pero debe tener sus motivos. Técnicamente —empezó a decir, se tocó la pajarita roja— …usted es un paranoide.

Javier se repasó la punta de la nariz con el índice. Siempre hacía eso cuando preparaba una contraofensiva.

—En cambio Laura —dijo Luis mirándome—, entrega la mano con distracción. Una mano notablemente cálida. Y la abandona en la mano del otro. Percibe al otro, pero renuncia a influirlo.

El doctor bebió de su café. Para entonces Javier miraba hacia la ventana, a la noche negra de afuera.

El doctor no iba a parar ahí. Dijo:

—Usted, Laura, es una esquizoide, aunque afortunadamente brillante, y está ligeramente deprimida. Yo no sé cuál sea su vida personal, pero algo está cargando; por lo demás, qué mujer no está cargando algo, o a alguien, o a varios. Ahora bien, al fondo usted guarda una confianza básica inquebrantable, como quien ha tenido una infancia segura, una madre presente y buena.

Mi madre acercó hacia sí la azucarera.

—Es un seductor —murmuró.

Y luego, alzando el rostro:

—Javier es un artista. Es una persona compleja, Luis.

Luis le arrebató la palabra:

—Ah no, por supuesto. Por supuesto. Es un magnífico director. Todo lo que dije le permite ser un magnífico director. Hace tres días fuimos a ver su película, Javier. Excelente, excelente. Pasamos la cena hablando de su talento. Su formidable talento.

Javier se sonrojó. Es uno de sus encantos: se sonroja como un muchachito cuando alguien esquiva sus suspicacias y le toca el corazón.

4. —Pero algo de artista tengo también yo —anunció Luis.

Y yo extrañé a mi padre, que era hosco y duro, y de ninguna manera tenía la desenvoltura de la nueva pareja de mi madre. Pensé que iría a visitarlo el próximo domingo y lo encontraría en la sala vacía de la casa, sentado en uno de los dos únicos sofás que mi madre no se llevó hace diez años, leyendo el periódico en camiseta; tomaríamos una manzanilla en silencio, o casi: tal vez intercambiaríamos cinco frases; luego iríamos al dormitorio a ver la televisión sentados en la cama king size. Luego nos despediríamos sin haber tocado ningún tema emotivo (especialmente no el de mi madre) pero queriéndonos desde un lugar áspero y fuerte.

—Es más, quién quita y también tenga una pizca de talento —arriesgó Luis.

Estábamos en la estancia otra vez, y mi madre tomó mi mano en la suya y me dijo al oído:

—Relájate. Todos son como niños.

Luis fue a sentarse al órgano y nos preparamos para escuchar el desvarío de un doctor que los domingos se sueña artista.

Prendió el instrumento. Se pasó ambas manos por los trozos de cabello de las sienes. Las dejó caer en el teclado.

Fue una sorpresa. No sólo era un ejecutante magnífico, su música era bella y en un estilo contemporáneo, mezcla de Vangelis y Kitaro. Mientras la música iba colmando el aire, Javier dejó de enviarme miradas de complicidad y terminó cerrando los párpados. Temí que fuera a dormirse nada más por insultar a Luis. En la cena había perdido el poder sobre la situación y un director de cine tolera mal algo así.

Pero diez minutos después, la música cesó, y Javier abrió despacio los ojos.

—Ah —exclamó—. Hermoso. Hermoso.

Se acercó a mi madre y le puso un beso en la mejilla. Luego se acercó a Luis y acodó un brazo sobre la tapa del órgano.

—Doctor, lo único que puedo opinar… ¿Me permite opinar?

—Por favor —dijo Luis—. Usted es el esteta.

—Se lo agradezco. Lo único que puedo opinar es que su música mejoraría si… es decir… mejoraría sin duda si quita de su órgano la cabeza de Freud. Déjeme hacerlo.

Berman

Alzó con ambas manos la cabeza y caminando con cierto trabajo (la cabeza debía pesar veinte kilos) fue a llevarla a una mesa esquinada.

—Espéreme —reaccionó Luis angustiado—. Espere, esa mesa no la soporta. Espere.

Javier cambió de dirección.

—No la mueva mucho. Puede quebrarse. Es de bronce, y sin embargo puede… Espere, Javier. Bien, ahí está bien.

Javier la había colocado en el piso y Luis respiró aliviado.

—Voy a darle un masaje —dijo Javier— y a continuación nos toca otra vez el órgano, ya sin cabeza de Freud.

—Un masaje —repitió Luis, como si no reconociera la palabra.

—Tiéndase en la alfombra.

Luis se tocó la corbatita de moño.

—Tiéndase, doctor. No sea desconfiado.

Luis miró a mi madre, a la ventana, a Freud, de nuevo a Javier, desorientado. Luego se tendió en la alfombra. Javier se descalzó las botas militares. En calcetines empezó a tantearle la espalda con los pies.

—Tenso. Muy tenso. No hable. Relájese.

Siguió tocándolo con el pie izquierdo. Apoyando cada vez más. Empezó a propinarle pequeñas patadas en las nalgas.

—Ajá. Aquí está toda su tensión, doctor. Todos sus miedos homosexuales.

Las nalgas del doctor (aun con la tela del pantalón encima el movimiento de nalgas se notó) se apretaron.

—No, no, al contrario, más flojo. Deje que lo penetre el masaje.

Empezó a pisarlas con el pie izquierdo.

—No se asuste. Peso muy poco. Soy un niño desnutrido —lo dijo y se subió sobre el doctor, pisándolo ya de plano, haciéndolo gemir.

Mi madre me invitó a la cocina, a tomar un café.

Hablamos de cosas importantes. El embarazo de mi hermana, que estaba esperando su hijo lejos de la familia, en Nueva York; el trabajo de mi madre con las mujeres golpeadas en la clínica para la violencia familiar; la osteoporosis de Javier y de los medicamentos que le creaban náuseas y mareos, etcétera. Cosas de poca consecuencia para el universo, pero donde podíamos influir de alguna manera.

Le conté de mi mano.

—¿Te duele?

—Nada. Sólo es que no la siento.

La apretó en la suya repetidas veces.

—Sé que detestas las explicaciones complicadas —dijo—. Pero puede ser que lo de tu mano es una identificación con Javier. Te enfermas para estar más cerca de él, para compartir su malestar.

Puso mi mano en su pecho.

—¿Mejor? —preguntó.

Asentí.

Salimos al patio de piedra gris con nuestros tarros de café. Entre las hojas negras de un árbol brillaba una estrella diminuta.

5. —Al final de la velada Luis le regaló a Javier su reloj. Javier se lo había piropeado en la cena y Luis había explicado que era un reloj indestructible. Un tráiler podía pasarle encima sin dañarlo, soportaba una presión de mil 500 metros bajo la superficie marina, tenía un aro para ubicar la hora en cualquier meridiano del planeta, tenía incluidos cronómetro y despertador, era fosforescente en la oscuridad y su pila se recargaba con el movimiento, de manera que si se usaba cotidianamente en la muñeca, prácticamente su funcionamiento era eterno.

Javier lo aceptó sonrojado y con ojos brillantes. Con un aire paternal Luis se lo aseguró él mismo en la muñeca. Luego nos fuimos.

Como cada noche antes de dormir, Javier se tendió de espaldas en la cama, sin pantalones, para que le aplicara la inyección. Lo inyecté y luego me tendí a su lado a esperar con él el efecto de la náusea, la cabeza reclinada en su hombro. La inyección tenía ese efecto secundario inevitable: la náusea.

Javier alargó el otro brazo para apagar la lámpara.

Nos quedamos así tendidos en lo oscuro, aguardando la náusea, oyendo el tic tac del reloj eterno. n

(Núm. 199, julio de 1994)