En un ensayo sobre Vladimir Nabokov (“Divina levedad”, Times Literary Supplement, diciembre 23-30, 2011), el novelista inglés Martin Amis aventura una explicación a un “asunto crucial” nabokoviano en relación a su vida como escritor y científico. Cada vez se prueba más la aptitud de Nabokov como un gran lepidopterista (unos once meses antes del ensayo de Amis el New York Times —enero 25, 2011— encabezó así una nota: “No ficción: se reivindica la teoría de Nabokov sobre la evolución de una mariposa”). Amis menciona que el biógrafo y editor póstumo de Nabokov, el profesor Brian Boyd, es también un autor reputado de libros sobre evolución y cognición; tanto como para darnos un sentido real del peso de Nabokov como científico y para plantear, sin embargo, el asunto: ¿cómo es que un científico de primer orden como Nabokov tenía un punto ciego o una idea necia respecto a la mímesis en la naturaleza?

Aunque Nabokov, dice Amis, reconocía la belleza y la brillantez de la teoría de Darwin, “tenía un apego incurable a una versión personal de lo que ahora llamaríamos Diseño Inteligente; la base de ese apego era el asunto de la mímesis”. Amis cita un pasaje de la novela de Nabokov The Gift, en la que el personaje y narrador, el poeta Fyodor Godunov-Cherdyntsev reflexiona sobre el increíble ingenio artístico del disfraz mimético que no era explicable mediante la lucha por la existencia (la burda prisa de las fuerzas inexpertas de la evolución), que era muy refinado para el mero engaño de depredadores accidentales… y que parecía inventado por un artista burlón para los ojos inteligentes de un hombre.

El profesor Boyd asegura que “el trabajo experimental respecto a las tasas de sobrevivencia de animales camuflados… confirmó que incluso la mímesis muy elaborada podía explicarse perfectamente mediante la selección natural”, y se pregunta si Nabokov, o su fantasma, se habría rendido a estos descubrimientos. El profesor Boyd cree que no y, añade Amis, tal vez está en lo cierto. Pero después de todo Nabokov era una científico profesional; ¿cómo interpretar entonces el fondo de su intransigencia? Amis responde que por esta vez podría recurrirse a una explicación “biográfica”. Nabokov vivió en Berlín de 1923 a 1937. Fue testigo del darwinismo “social”; la ideología de la “lucha por la existencia” era lo que oía desde los altoparlantes en las azoteas. Debemos tener en mente que él vio cómo se promulgaban las Leyes de Nuremberg del Tercer Reich acompañado de su esposa Jüdin (judía) y su hijo (entonces de un año) Mischling (mestizo).

Puede ser pero también podría ser que la intransigencia de Nabokov sobre el asunto fuera, por ejemplo, mera fidelidad a su padre, el primero que le reveló a Vladimir la teoría de una naturaleza “no pragmática” en sus diseños. En el pasaje de The Gift que cita Amis, el personaje Fyodor dice que “Él (el padre del narrador)” le contaba “sobre el increíble ingenio artístico del disfraz mimético” mencionado en el ensayo; y sobre todo: “me contaba sobre estas máscaras mágicas de la mímesis, sobre la polilla inmensa que en estado de reposo asume la imagen de una serpiente que te mira”. En todo caso, la “necedad” de Nabokov al respecto será siempre, y al fin, estética, vale decir: mágica como las mismas “máscaras de la mímesis”.

Hace un par de años el Museo de Historia Natural de Nueva York montó una exposición singular: “El Conservatorio de la mariposa. Mariposas tropicales vivas en el invierno. Octubre 16, 2010-mayo 30, 2011”. Al entrar uno podía ver dos mariposas disecadas y estas palabras sobre quien las había clasificado: “Vladimir Nabokov es mejor conocido como el autor ruso de Lolita, y parecería improbable el hecho de que fuera también un serio lepidopterista; pero tanto las mariposas como la literatura fueron las pasiones de toda su vida. Poco después de su llegada a Estados Unidos en 1940, Nabokov se ofreció como trabajador voluntario en el Museo Americano de Historia Natural. Dirigió investigaciones y publicó su primer trabajo referido a las mariposas sobre la Carterocephallus canopunctatus; Nabokov fue el primero en reconocer a esta mariposa como de una especie distinta. Su estudio se basó en los especímenes de la colección del museo. En las décadas siguientes, mientras dedicaba mayor tiempo a la enseñanza de la literatura y a escribir ficción, Nabokov siempre vio el modo de combinar sus intereses. En un viaje a Colorado en 1951, trepó hasta una altura de 10 mil pies las Montañas Rocallosas y capturó a la primera hembra Lycaeides argyrognomon sublivens; también tomó notas de la vista del pueblo de Telluride, descripción que eventualmente se abrió paso a las páginas finales de Lolita”.

Una vez dentro del conservatorio de las mariposas vivas, uno podía entender “la magia de las máscaras de la mímesis”, más allá de la “selección natural”, que maravillaron a Nabokov y a su padre. Había este ejemplar, por caso:

Nabokov

Luego vi que la magia nabokoviana había ido más allá. En 1948 Nabokov publicó “Mariposas”, en The New Yorker, un texto que aumentado sería parte de Habla, memoria. Ahí Nabokov volvía sobre el asunto de la mímesis: “La ‘selección natural’ no podía explicar la coincidencia milagrosa del aspecto imitativo y la conducta imitativa, ni podía uno apelar a la teoría de ‘la lucha por la vida’ cuando un ardid para protegerse era llevado a tal punto de sutileza mimética, exuberancia y lujo que excedían por mucho al poder de asociación de un depredador. Descubrí en la naturaleza los deleites no utilitarios que yo buscaba en el arte. Ambas eran una forma de magia, ambas eran un juego de intrincados encanto y engaño”. Nabokov ejemplificaba: “Cuando una mariposa tenía que parecer una hoja, no sólo estaban los detalles de una hoja hermosamente provistos sino con marcas que mimetizaban agujeros generosamente incluidos”. Más de sesenta y tantos años después de escrito lo anterior, esta mariposa de Nabokov:

Nabokov2

se nos aparecía en el conservatorio de la exposición dedicada a él.

Luis Miguel Aguilar. Poeta y ensayista. Entre sus últimos libros: Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.