Podríamos decir…
Podríamos decir que Hong Kong es una de las ciudades de Oriente ubicadas en el futuro, si es que el futuro es ese lugar donde todo es más rápido, cómodo y, sobre todo, muy alto (vivir en torres de 60 pisos, como en Blade Runner); o incluso, aunque por otros motivos, podríamos decir que Hong Kong es el hogar del capitalismo salvaje y depredador, donde chocan y se abrazan Oriente y Occidente, donde se vende el metro cuadrado más caro del planeta y todos, al menos en apariencia, son ricos, pues los Ferrari Testa Rossa, los Maserati y los Porsche deambulan con elegancia, y sólo palidecen ante los Rolls Royce, que también son muchos. La primera vez que vine, hace 11 años, Hong Kong ostentaba un curioso título: tenía el mayor porcentaje per capita de Rolls Royce del mundo. Ni los gurús indios en sus comunidades de Norteamérica los superaban. Hoy este porcentaje es aún mayor porque la economía de la isla ha crecido. ¿Y la crisis?

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—Je, je, la crisis… —se ríe George Ling, asesor de compañías francesas en Hong Kong, quien viajó a mi lado desde París en la larga noche de este vuelo nocturno.
—La crisis es algo que existe allá lejos, en el mundo occidental, y que a nosotros nos hace trabajar aún más. Gracias a la crisis, más compañías invierten en Hong Kong, donde sólo se paga un 10% de impuestos sobre las utilidades.
—¿Cómo puede ser esto?
—¡Es que acá ser rico es mucho más barato! —concluye Ling.

En Hong Kong es difícil conseguir un alquiler que baje de los cinco mil dólares mensuales (para una familia clásica de cuatro miembros), pero en los edificios de moda el arriendo puede llegar a 40 o 50 mil. ¿Quién puede pagar esto? Los representantes de compañías internacionales viven en estos apacibles lugares, que más que residencias son clubes u hoteles de lujo. Pagar un sueldo y una casa a ese representante, por ese precio, se justifica por la cantidad de dinero que ahorran en impuestos. Un millón de dólares anuales para ganar 20, 50 o 100, ¿no es un buen negocio? Sí, lo es.

Son las extrañas leyes económicas de esta isla que en una época fue llamada simplemente “roca”, y que en realidad es el centro de un pequeño archipiélago en las aguas de la bahía de Cantón, frente al continente más grande y poblado del planeta. El nombre de Hong Kong (“Puerto fragante”) se da de modo genérico a la suma de la península de Kowloon, los llamados New Territories (la frontera con China) y la isla de Hong Kong, más una docena de islotes pequeños diseminados alrededor.

También podríamos decir que Hong Kong es la ciudad de la niebla. Es lo que veo al subir al tren que me lleva del aeropuerto a la ciudad: niebla, niebla. Como si el mundo estuviera recién creado y todas las cosas, las montañas y el mar, estuvieran aún frescas, salidas de moldes humeantes. Son los primeros días de noviembre y la temperatura es agradable, 24 grados. El tren está perfectamente aireado, con pantallas de plasma que muestran imágenes de la ciudad y señalan el punto exacto del recorrido.
Llego de nuevo, pues, al gran puerto de Asia, la ex ciudad británica de China, el rico e industrioso protectorado que lideró el cambio económico de toda la región en los años ochenta, cuando se hablaba de los “dragones asiáticos”. La historia de esta ciudad, que hoy tiene un estatuto especial al interior de China, es de sobra conocida. Se le concedió en alquiler a la Corona Británica por 98 años tras un periodo que se inició en las Guerras del Opio, como parte de la capitulación del Imperio chino, de modo que Londres debió devolverla a Pekín en 1997. Hoy tiene ocho millones de habitantes repartidos en un área global de 1,078 km2, de los cuales un millón y medio en los 78 km2 de la isla. Es poco, es mucho.

Hong Kong Central y Wanchai

Bienvenidos a una ciudad de dos pisos, de tres o más alturas. La ciudad del vértigo y el vacío. La isla de Hong Kong es como la isla de Manhattan. Me paseo por ella con Pedro Ugarte, chileno, director regional de la oficina de fotografía de la agencia France Presse para todo Asia y el sudeste, con sede en Hong Kong, nada menos que en el piso 62 del Central Plaza, uno de los rascacielos más famosos de la ciudad, con una vista de la isla y del perfil de Kowloon que da vértigo. Desde esa altura se ven los helipuertos, las torres erguidas como lápices, y más abajo el brazo de mar cruzado por lanchas y juncos de bambú (sin duda turísticos, reconstruidos), barcos de pequeño calado y ferry-boats verde y blanco que llevan a Kowloon. ¡Qué panorama! La imagen del esfuerzo humano, de su industria y empeño.

Paseamos por los andenes elevados, una de las curiosidades de la ciudad. Se pueden recorrer cuadras y cuadras sin bajar a la calle.

—Hay dos ciudades, una encima de otra —me dice Pedro—, depende de por dónde quieras caminar. La calle es más popular, hay mercados, tiendas, comederos. La de arriba es de centros comerciales elegantes, oficinas, incluso hoteles.

Tanto arriba como abajo el comercio es omnipresente. Si uno busca comprar algo, Hong Kong es un gigantesco mercado en el mes de descuentos. Si quiere productos de salud o belleza, Hong Kong es una gigantesca farmacia; si lo que busca es electrodomésticos, Hi Fi o computadores, Hong Kong es un gigantesco Shopping Mall en donde se encuentra desde lo normal, una computadora, hasta las cosas más estrambóticas o kitsch diseñadas por el ingenio humano (un ventilador en cuyas aspas, al girar, se pueden programar frases, por ejemplo Feliz navidad o Te amo). Hacia arriba los enormes edificios: el del banco HSBC, estilo high tech, o el del Bank of China, de Pei, el arquitecto que construyó la pirámide del Louvre, 315 metros de vidrio apuntando hacia arriba, como un enorme cuchillo de hielo.
—El más alto de Hong Kong es el International Commerce Center, y está en Kowloon —me dice Pedro—, tiene 484 metros de altura y 118 pisos. Ahí está el Hotel Ritz, del piso 102 al 118.

No hay duda: Hong Kong es la Manhattan de Asia: rica, elegante y alta, y al mismo tiempo llena de pequeños callejones en donde se percibe el pasado: mercados, sastrerías, viejas pensiones, restaurantes y cafés.

La Queen’s Road, una de las avenidas principales de la zona central, fue la primera calle construida por los ingleses, en 1841. Cerca de ahí, en un tridente formado por Padder Road, Des Voeux y Chatter Road, aparece el despliegue de la riqueza: la sigla LV (las carteras Louis Vuitton) recubre toda la esquina y varios pisos hacia arriba. Más adelante hay un muro dorado con la mágica palabra Armani (con un estilo entre Miami y egipcio), y varios metros después, otro muro con estrellas y un cielo en llamas anunciando Bvlgari, Ferragamo y Gucci.

La riqueza, la opulencia.

En esta zona vale la pena conocer un baño público. Son aseados, tienen papel y jabón, el aire caliente para secarse funciona. Son gratuitos. Un muy discreto empleado se encarga de mantenerlos limpios. Luego, tomando un café, veo a un joven abrir su billetera para sacar algo. Por un segundo brillan al menos cuatro tarjetas platino. No es un ejecutivo, es sólo un joven que, en otro contexto, parecería un estudiante.

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Cerca de ahí, en la zona Causeway Bay, hay un mercado de calle. Qué alegría ver algo barato y normal en medio de tanto lujo. Es la otra cara de Hong Kong, claro. De nuevo el ingenio humano es llevado al límite, la ropa excéntrica, los juguetes, incluso la ropa interior osada. Todo es posible por uno, dos, cinco dólares. El mercado se extiende, salta de calle en calle. Uno entra y sale atraído por millares de objetos banales, cosas pequeñas, y vuelve a salir continuamente a Hennessy Road, la arteria repleta de buses de dos pisos sofocada por el tráfico, por decenas de miles de personas que caminan afanadas, tecleando obsesivamente sus “teléfonos inteligentes”, bajo esos rascacielos de vidrio que le hacen creer a uno que el cielo está más lejos que en otras ciudades, y es en ese reverberar del cemento y las luces y los tranvías, y en las humaredas de los puestos de sopa china con fideos, y en el sonido opaco de las multitudes, que me parece reconocer el alma de este lugar, su espíritu aún difuso y en formación, pues ninguna ciudad, en el fondo, está acabada, todas son obras en proceso, novelas inconclusas.
—¿Una cervecita en Wanchai? —propone Pedro.

Como todo puerto que se respete, Hong Kong tiene su barrio de prostitución, donde experimentadas mujeres esperan a los marineros. La lentitud de los barcos, en el fondo, parece diseñada para exacerbar la libido. Tan diferente a los aviones. De las aeronaves el pasajero baja ansioso por estirarse, descansar horizontalmente o caminar, reactivando la circulación. Quien baja de un barco, en cambio, tiene la circulación tan activa que ya no puede más. Su anhelante fuerza busca una horizontalidad cálida, alegre, y es ahí donde el barrio de luces rojas entra en acción. El de Hong Kong se llama Wanchai.

—Es famoso en Estados Unidos por El mundo de Suzie Wong, la novela de Richard Mason —me dice Pedro—, vamos a ver el hotel.

El hotel de la novela (y su versión cinematográfica de 1960, con William Holden) se llama Nam Kok y está basado en el Luk Kwok Hotel, sobre Gloucester Road, en el que Mason pasó unos años, a fines de los cincuenta, cuando era un alojamiento barato para prostitutas. La novela narra la amistad entre un joven artista y una prostituta china, dos vecinos de hotel, una especie de Desayuno en Tiffany’s, pero en Hong Kong. Hoy, tras una remodelación hecha en los ochenta, es un hotel moderno, algo ennegrecido por el humo de los buses pero muy alto y de vidrio, cuyos cuartos cuestan 250 euros la noche.

Pero es en Lockhart Street donde está el corazón (o uno de ellos) del distrito de luces rojas. A diferencia del Wanchai de los años sesenta que uno encuentra en las páginas de un visitante ilustre, el escritor francés Joseph Kessel, hoy las mujeres chinas son las grandes ausentes de estos lugares. La industria del sexo como prestación de servicios, como actividad para la que no se requieren diplomas y en la que los años de experiencia menguan el valor, reproduce el esquema geoeconómico de la modernidad: prestadores de servicios y materias primas provenientes del sur versus tecnología y capital depositado en el norte.

Es exactamente lo que se ve en Wanchai: filipinas, tailandesas, asiáticas del tercer mundo en general, atendiendo a occidentales y chinos ricos. Me dicen que hay incluso un bar de colombianas, lo que no me extraña en absoluto, pero al cabo de un rato y muchas preguntas nadie puede indicar cuál es.

—La casa lo invita a una cerveza —me dice una joven filipina—, venga, venga, entre, sin ningún compromiso.

¿Sin ningún compromiso? Conozco bien estos lugares. En menos de tres segundos una mujer se sentará a mi lado y pedirá una cerveza o una copa de champagne cuyo precio será 10 veces superior al normal, y luego vendrá otra, y en pocos minutos habrá una abultada cuenta y un mesero iraní o africano de muy malas pulgas y tríceps de gimnasio que querrá que pague en efectivo y sin factura.

Sobre Lockhart Road brillan las luces rojas y anuncios de neón, un cuadro permanente de la ciudad. Frente a los bares (cuyas puertas tienen gruesas cortinas para disimular el interior), jovencitas en minifalda y botas hasta la rodilla se acercan, sonríen, agarran del brazo e invitan a entrar. Nos apostamos en una cervecería al lado del Waikiki, donde un grupo de filipinas con vestidos naranja sale a rezar en círculo (y a calentarse las manos, pues refresca) en torno a una hoguera hecha dentro de un cubo de latón. Cada vez que alguna abre la puerta se escucha la música. Imagino una barra y un grupo de marineros gringos borrachos, en torno a la pista, intentando tocar a la bailarina, poniendo billetes en los elásticos de su tanga.

Kowloon

Del otro lado del brazo de mar, a partir de la colina de Mongkok, las cosas son algo diferentes. En Kowloon y los New Territories la ciudad es distinta: tras la opulencia del islote de Hong Kong acá los edificios están desconchados, agrietados por la humedad, con la pintura soplada. Las torres erguidas hacia el cielo parecen chimeneas industriales.
¿Cuántas personas vivirán hacinadas detrás de esas ventanas? Se ven, allá arriba, colgandejos de ropa secándose al sol y radiadores de aire acondicionado. Esas cajas metálicas, en el fondo, son el paisaje de esta zona. En medio de las torres aparecen sórdidos callejones. Cuando el escritor alemán Ernst Jünger pasó por acá, en 1965, ya el paisaje era el mismo: “Es cosa que causa asombro […] el hecho de que en esta ciudad estén surgiendo del suelo, como setas, grandes bloques de rascacielos. También resulta increíble la celeridad con que se deterioran esos bloques. Los edificios que encabezan una hilera de ellos ya están llenos de grietas mientras aún se hallan en construcción los que ocuparán su final”.

El comercio sigue siendo lo más importante. No hay una puerta, un centímetro de calle que no sirva para ofrecer mercancías a los transeúntes. Cachivaches, juguetes, tiendas de informática, televisores, radios, relojerías, picanterías y tiendas de comida, ventas de cigarrillos y periódicos. En Waterloo Road hay un mercado que huele a vísceras de pez. La zona de Mongkok, sobre la Nathan Road, la arteria central y comercial más importante de Kowloon, parece un mercado popular de América Latina. Pero hay más: si uno busca joyas, esto es una gigantesca joyería. Si busca perfumes, los tienen todos y muy baratos, probablemente falsos. Los comercios, en su lucha por llamar la atención, despliegan avisos con largos brazos de hierro hasta el centro de la calle. Son paneles de todos los tamaños y colores, alineados uno detrás del otro, con vistosos caracteres chinos. Los brazos que los sostienen dejan ver cables oxidados, cubiertos de caca de paloma. Son cientos y cientos. El resultado es una clamorosa claustrofobia. Un túnel de avisos que recubre la avenida, como una selva.

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Un tridente de calles, la Fu Yuen, la Tung Choi y la Sai Yeung, forman un abigarrado mercado de peces, mariscos, grano, legumbres y fruta fresca. Los olores a especias se mezclan con el aroma de vegetales descompuestos, apilados en los bordes de las calles. Peces de todos los tamaños son lavados con chorros de manguera entre los gritos de los vendedores, que anuncian su mercancía gesticulando. Hay también fritanguerías de saté, los pinchos al estilo indonesio; salchichas en aceite, platos calientes; los noodles, esas pastas delgadas hechas en caldos de carne, emergen de humeantes ollas y son servidos en cajas plásticas para ser deglutidas de pie y con palillos. Huele a picante, a cebolla. Por el medio de la calle pasa un bus. Su exhosto deja una estela de humo negro que cubre por un segundo el aroma del mercado. La mezcla de humedad, esmog y los fuertísimos olores del pescado provocan arcadas. Luego aparecen, una tras otra, las célebres farmacias chinas, sus escaparates llenos de rarezas: tripa seca, estómago de pez deshidratado, aleta de tiburón, raíces. El estómago de pez se hierve en agua y se toma para la gastritis; los pescados secos se ofrecen en atados y hay de todos los colores y tamaños, según la dolencia. Y al lado, el dios supremo de la medicina natural asiática: ¡Su majestad el Gingseng! Lo venden de muchas formas: desde la raíz natural, que es la más cara (una sola pieza puede llegar a dos mil dólares), hasta su tratamiento en tabletas, pastillas de vitamina, tés e infusiones. Hay también raíces y hierbas para la “aromaterapia”. La mayoría de los chinos, sobre todo aquí en Hong Kong, han llegado a una salomónica división de saberes: su medicina para prevenir y mantenerse fuertes; la occidental para curaciones urgentes.

Y el masaje de pies, una de las grandes artes asiáticas. En Mongkok subo por una escalera bastante escalofriante (si estuviera en América Latina sería un burdel) y entro a un consultorio en el que me reciben varias señoritas en delantal. Un viejo chino duerme en una poltrona. Me sientan al frente y preparan el masaje: primero un lavado con hierbas aromáticas, luego la sensibilización. Al terminar me siento rejuvenecido y animoso. Tanto que olvido una olla eléctrica para hacer arroz recién comprada en el mercado.

Deambulo por Nathan Road hacia la zona de Tsim Sha Tsui, que es la punta de la península de Kowloon, el lugar desde donde salen los ferrys a Hong Kong. Del alféizar de una diminuta ventana cuelgan los brazos de un niño. Su pequeña cabeza mira hacia abajo. Se ve que está empinado, pues tiene la barbilla recostada en el borde. Observa la
calle. Imagino espacios incómodos, estrechos. Imagino cómo será la vida de ese niño, rodeado de cemento y avenidas.

A medida que avanzo el paisaje va cambiando. Los edificios ya no tienen la pintura soplada. Comienzan a surgir torres de vidrio. Los almacenes ostentan vitrinas elegantes. El barroco asiático queda atrás y aparecen de nuevo las grandes firmas de Occidente. Un suntuoso edificio exhibe su nombre en letras grandes: Park Lane Shooper’s Boulevard. La zona está llena de centros comerciales, cada uno más lujoso que el anterior, o kitsch: palmeras de plástico con luz interna, escaleras eléctricas de diferentes velocidades. Los malls se van sucediendo. El pequeño comerciante queda relegado a las calles laterales hasta que llego al Chungking Express, un enorme edificio que alberga el más grande mercado popular indio. La India y sus inmigrantes también están presentes en Hong Kong, con su artesanía y sus productos a un dólar. Por cierto: quien quiera hacerse una idea de este mercado debe sólo ver el filme Chungking Express del hongkonita Wong Kar Wai.

Delante de un parque aparece una horrible construcción. ¿Qué puede ser? Me acerco. Es la mezquita de Hong Kong. Sus colores, blanco y rojo, azul turquesa y verde, rechinan en la soleada tarde. Los alminares rematan en linternas doradas. La China comunista sojuzgó la fe y las religiones, pero aquí en Hong Kong hubo libertad para desarrollar los diferentes cultos. Hay iglesias católicas, sinagogas, templos budistas y taoístas. Es una sociedad multiconfesional.

Al fondo de Nathan Road está el Hotel Península. Fue construido por los ingleses a principios de siglo y es el equivalente del Oriental de Bangkok o del Raffles de Singapur. Es decir, el lugar obligado para tomar un coctel. No tiene una historia tan literaria como la del Raffles, con las habitaciones de Joseph Conrad y Somerset Maugham, pero sí comparte el lujo colonial, los altísimos techos, la sobriedad majestuosa con que los arquitectos recordaban la grandeza de la metrópoli. Al fondo del Península y del Hotel Sheraton, al final de la avenida, se alza una misteriosa construcción de ladrillo oscuro que tiene todos los requisitos de exageración, desenfreno y arrogancia que suelen caracterizar los edificios públicos. Y éste, en efecto, lo es. Se trata de un gran centro social que incluye museo, teatro y salón de actividades culturales. Detrás hay un parque, y, desde ahí, como en un espectacular plano cinematográfico, ya en la noche, aparece el imponente perfil de Hong Kong, una ciudad que, a esa distancia y con sus luces navideñas, parece irreal.


Soho

Igual que hace 11 años, coincido con mi amiga Li Chow, vicepresidente y representante de Sony Pictures y Columbia Tristar Films en China, así que la espero en el lobby del Mandarín Oriental rememorando nuestro encuentro anterior, que fue en el bar del Hotel Península. En esa ocasión, después de un coctel, Li Chow me invitó al estreno de una película local que resultó ser nada menos que In the mood for love, de Wong Kar Wai, el primer éxito internacional de este genio del cine contemporáneo, a quien conocí junto a los actores de la película.

Luego vamos a Hollywood Road, en la zona Soho, en cuyas callejuelas y bares está la “movida” hongkonesa. ¿Se bebe mucho acá?
—Míralo tú mismo —me dice Li, señalando a un grupo.

El Titanic está abierto a la calle. Frente a él se agolpa un ruidoso grupo de lo que en todo Asia se llama “expats” (expatriados). Dios santo, ¡están disfrazados! Parece una juerga promocional del bar y me acerco. Un Luis XVI me grita al oído, ¡únete a nosotros!, blandiendo una copa de algo que espero sea un martini, mientras que una versión sueca y muy ebria de María Antonieta, con una ginebra en la mano, intenta sentarse en un taburete y en el intento regala al respetable una imagen de piernas y contramuslos desnudos. Más allá, un Santa Claus indostánico y obeso hace equilibrio con un whisky en la frente bailando el Waka, waka.

—Ya ves, la zona de parranda de Hong Kong —me dice Li—, y fíjate, los europeos y los gringos con los chinos, trabajan juntos en las mismas compañías. Todos son ricos.
Durante la cena, Li Chow dice que el desarrollo económico de China, tan impresionante en la última década, ha hecho que el mundo olvide algo esencial: que sigue siendo un país comunista.
—En China, por ejemplo, hay un cupo de 20 películas extranjeras por año
—me dice—, ni una más, ¿te imaginas? 20 cupos para toda la industria extranjera en un país que crece a ritmo de tres mil salas de cine al mes. Es muy difícil. Además, cada película, antes de ser exhibida, debe pasar el examen de la censura, que por lo general se fija en asuntos políticos y sexuales.

Hong Kong tiene 57 salas y ninguna restricción. Para el año que entra su empresa piensa ganar una parte grande del mercado chino con El hombre araña 4, mientras que la competidora Fox sale estos días con la segunda parte de Sherlock Holmes. Por haber tan poco espacio, lo que llega a las salas es sobre todo cine de acción, que por lo general es políticamente correcto y no tiene escenas de sexo. El cine independiente europeo y estadunidense es una verdadera rareza y quienes ganan con esto son los vendedores de copias piratas.

Le pregunto si la fuerza de Shangai está llevando a Hong Kong al declive y me dice que no.
—Shangai es muy rico, pero el sistema económico comunista tiene muchos impuestos. Hong Kong tiene las tasas más bajas de toda la región y eso hará que sobreviva, al menos hasta el 2046.

Le menciono el filme 2046, de Wong Kar Wai, mi idea de que en esa fecha, cuando Hong Kong se incorpore plenamente a China, las libertades económicas y la riqueza serán tan altas que nadie notará la diferencia.
—Es posible —dice Li Chow—, es una visión optimista, ojalá sea así.

Definitivamente no se puede comprender Hong Kong sin el cine de Wong Kar Wai.

Final…

Es difícil atrapar una ciudad en pocas líneas, pero la conclusión es que Hong Kong, atravesado por el viento fuerte (Tai Fun, en mandarín) del capitalismo, es el destino ideal para los ricos y para hacer riqueza, y por eso mismo un lugar bastante inalcanzable para quien no esté en la esfera de las finanzas o represente a alguna empresa internacional. ¿A tal punto? Digo esto, lo escribo y de inmediato pienso en las galerías de arte, en las tiendas de diseño y, sobre todo, en Lorence Johnston y su apacible librería Lok Man Rare Books, en la zona alta de Soho, un espacio rodeado de plantas, anaqueles de madera y libros antiguos, primeras ediciones o volúmenes firmados. Ediciones de Hemingway, Graham Greene o Malcolm Lowry. Lorence vive en Hong Kong hace 13 años y su negocio es próspero. ¿Quiénes son sus clientes?
—Tanto chinos como extranjeros —dice—, mitad y mitad. Acá la gente tiene dinero y en muchos casos una gran cultura. Una primera edición es un placer, no una inversión. Y muchos están dispuestos a darse ese placer.

Hong Kong también es esto: el lugar que le permite a alguien como Johnston realizar el sueño de cierto tipo de lector, amante de los libros, que es vivir de ellos sin tener necesidad de escribirlos.

Santiago Gamboa. Escritor. Su más reciente libro
es Necrópolis.