Está presente en un denso archipiélago de organizaciones sociales, sindicales y ecologistas, agrarias y estudiantiles, en defensa de los derechos humanos, feministas, gays, y demás. Tiene y mantiene influencia en las publicaciones más variadas y en un buen número de centros de educación superior. En el mundo de la cultura, e incluso en el del espectáculo, se reproducen sus valores, causas, intereses y proyectos. Es una fuerza —quizá sería más exacto decir: una constelación de fuerzas— que ningún mago será capaz de suprimir. Y en buena hora que así sea.

corresponsable

Pero su presencia en las instituciones del Estado no es menos sobresaliente. En las últimas elecciones se convirtió en la segunda fuerza en la Cámara de Diputados, es la tercera en la de Senadores, su candidato a la presidencia obtuvo el 31% de los votos, la izquierda ganó dos gubernaturas (Morelos y Tabasco) y la capital del país. Está presente en prácticamente todos los Congresos locales y en algunos de ellos es mayoría. Gobierna centenas de municipios.

Lejos estamos de aquellos años en que su presencia en los órganos del Estado era más bien testimonial, marginal. Hasta las elecciones de 1985 el conjunto de sus partidos (hasta cinco) alcanzaban alrededor del 10% de la votación nacional, y en 1982, su candidato más relevante a la presidencia de la República, Arnoldo Martínez Verdugo, obtuvo el 3.48% de los votos. Mucha agua ha corrido bajo los puentes en 30 años. Y la izquierda —o las izquierdas— (creo) están obligadas a ajustar sus diagnósticos y lenguajes en torno a lo que son y en dónde están paradas.

Detentan un enorme poder. No son más un referente accesorio, secundario. Por el contrario, se encuentran ubicadas en el “cuarto de máquinas” del Estado mexicano: sus alcaldes, diputados locales, gobernadores, legisladores federales, tienen legítimamente poder y lo ejercen todos los días. Claro, si se asume que el “poder” es una relación social y que no es sinónimo de presidencia de la República, menos cuando lo que ha sucedido en los últimos años en México es precisamente una distribución más equitativa de ese tesoro que todas las fuerzas políticas desean y persiguen: el poder político.

No son más observadores críticos de lo que sucede en el país o solamente eso. Son corresponsables del estado que guarda la nación. ¿Quién podría afirmar que la izquierda no es responsable —en algún grado— del estado actual de la capital del país cuando la ha gobernado por 15 años consecutivos y cuando termine el periodo del doctor Mancera habrán sido 21? ¿Quién puede asegurar que no tiene responsabilidad en el trazo de los presupuestos federales cuando la inmensa mayoría de ellos, en los últimos años, han contado con su anuencia en la Cámara de Diputados? Y usted lector, siga haciendo más preguntas.

Gracias a la izquierda —y por supuesto a la derecha también— México forjó una incipiente democracia. La izquierda fue motor fundamental de los cambios. Sus denuncias, movilizaciones, propuestas ayudaron a remodelar la vida política. Y por supuesto y con razón, fue beneficiaria de esas transformaciones. Por ello está presente en prácticamente todo el entramado estatal. Pero al parecer no logra vivir con naturalidad esa nueva situación porque la aspiración legítima de ocupar la presidencia de la República le nubla la vista. Y la irritación o el desencanto que eso le causa activan las peores pulsiones autoritarias que en todas las corrientes están presentes. Los resortes que niegan los avances y a las instituciones que regulan el mundo electoral, las libertades conseguidas y ejercidas, la coexistencia de la diversidad política en los órganos del Estado. Arremete contra lo que es un patrimonio de todos y destruye —en algún grado— la confianza arduamente construida, entre otros, por cientos, miles, de sus militantes.
“Nunca pierdo, y cuando pierdo intento arrebatar” podría ser el lema que cobijara esas reacciones. Lo más triste es que con ello no gana la izquierda, aunque sí logra que todos pierdan, por supuesto, en diferente medida. La izquierda está obligada entonces a fortalecer el patrimonio democrático común y no debe atentar contra él.

Esa debería ser una de las líneas maestras de su comportamiento: aquilatar que México tiene gobiernos de minoría que no pueden hacer su voluntad sin tomar en cuenta a otras fuerzas políticas. Y en esa “coyuntura”, que ya dura 15 años y que va para 21, buscar conformar coaliciones que hagan avanzar las propuestas que dice aquilatar. De no ser así, su profecía será cumplida: el PRI y el PAN llegarán a acuerdos sin el concurso de la izquierda.

La otra línea maestra tiene que ver con la enorme desigualdad que cruza al país y que modela su rostro contrahecho. No hay tema más acuciante y estratégico, si es que deseamos construir una sociedad medianamente cohesionada. Y esa dimensión que teóricamente encarna sobre todo la izquierda es la que puede y debe modelar su perfil y sus propuestas. Dado el pluralismo equilibrado que habita en el Estado se trataría de construir, eventualmente, un bloque capaz de hacerlas realidad. Y para ello resulta imprescindible reconocer la legitimidad de “los otros” y de sus bases sociales, de sus diagnósticos y sus iniciativas, de su presencia legítima en las instituciones del Estado. El rasgo más sobresaliente de la política hoy en nuestro país es precisamente el de la cohabitación de diversas fuerzas. Y no debe ser la izquierda la que aparente ser el exorcista que nos volverá a una indeseable hegemonía monopartidista.

De tal forma que el fortalecimiento de nuestra incipiente democracia y el auténtico combate a la desigualdad social pueden convertirse en las piezas maestras de una izquierda con vocación hegemónica y que le ayude al país a salir de su marasmo político y social.

José Woldenberg. Ensayista y escritor. Su más reciente libro es Nobleza obliga.