Hoy amanecí montado en Dios.
Dios es un caballo de edad indefinida,
de colores cambiantes:
al llover se despinta y en época de secas
asume lo polvoriento de interminables
caminos vecinales, para más tarde mostrar, en el verano,
la voluntad de las selvas lluviosas
y lo asfixiante de los cielos rasos.
Al ubicarlo, nuestros ojos se tornan
sus esclavos y niegan haberlo contemplado
con sus crines al aire,
al margen de otro aire creado por él,
con proverbios y ensalmos donde nada escapa
a la robustez de las civilizaciones
que lo adoran.
Dios no hace milagros
porque su continua invisibilidad
es un milagro en sí,
además del miedo capital que podamos
tenerle si con nosotros
no resulta piadoso.
Las riendas de la fe nos tranquilizan
dentro de sus valores.
Las espuelas de la templanza
nos permiten enloquecer por encima
de sacrilegios, y nuestro espíritu,
ya sin los temores del infierno,
se llena de alabanzas y de gozo.
Francisco Hernández. Poeta. Entre sus libros: Diario sin fechas de Charles B. Waite, Mar de fondo y Habla Scardanelli.
Este poema forma parte del libro Ráfagas de realidad (caballos), de próxima aparición.