En México vive una crisis profunda, no por el acceso a su materia prima, las películas (ésa era una queja que las nuevas tecnologías han aliviado en gran medida), sino por su improductividad. La cinefilia como militancia social es un archipiélago de soledades que, en la segunda mitad del siglo pasado, produjo cineclubes, revistas, libros y hasta espacios académicos; la mera producción editorial ha sido un índice de la salud de la cinefilia, y mientras los españoles, con su congénita ausencia de complejos, escriben, opinan y publican hasta del cine mundial que el franquismo les vetó, en México hay una anemia paradójica, porque da la impresión de que se produce poco para que el resultado sea espectacular.

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En manos de las instituciones la noble pasión por el cine se pervierte como moneda de cambio político, prenda de prestigio, ya sea en la explosión de festivales para salas solitarias pero informes de actividades rellenos, o la transformación de útiles catálogos y filmografías en libros de lujo que escapan a su público natural: 500 pesos por el enésimo libro sobre el cartel cinematográfico mexicano, o por un útil pero inaccesible índice de fotógrafos del cine nacional es inventar coffee table books para adorno de oficinas donde originalmente pudo haber una honesta voluntad de investigación, un profundo placer por rescatar nombres y oficios; todo queda en presupuestos inflados para mayor gloria de la editorial que hizo el contrato con la entidad cultural.

Por eso es un crimen del amor. Por ejemplo, que la UNAM disfrace de libro de lujo lo que con sentido del humor se puede entender como una puntada de fans, ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores, que requirió los empeños de tres investigadores, Rafael Aviña, José Xavier Navar y Raúl Criollo. Desde hace unos 15 años la combinación del rescate del cine popular que, en su momento, pasó inadvertido o fue vituperado por los defensores del prestigio (por representarnos en los festivales internacionales, por expresar los problemas nacionales que la censura permitía), y una nostalgia de lo no vivido de las nuevas generaciones de espectadores, que no dejan de asombrarse ante la ingenuidad con que un cine en franca crisis de calidad asaltó territorios hostiles como el infantil (Pulgarcito, Santaclos, Caperucita Roja, Cri Cri, el grillito cantor), la ciencia ficción (Titanes planetarios, El planeta de las mujeres invasoras) y la comedia picaresca (Mauricio Garcés), ganándose entonces un respeto muy relativo en una clase media que se desvanecía como público del cine local.
                                                
Debajo estaba el cine de luchadores, al que el paso del tiempo no le ha agregado un solo elemento de notoriedad o, quizá, ha faltado agudeza a los estudiosos. ¡Quiero ver sangre! es, en ese sentido, un trabajo de amor perdido, una oportunidad que se dejó ir. De sus 317 páginas, en papel couché de 135 g. e ilustraciones a cuatro tintas en cada una, 231 son una filmografía dividida en una comentada y otra no. Habrá que quitar 12 páginas de presentación y quedan 72 repartidas entre los autores (y un prólogo bien documentado y previsiblemente elogioso de Juan Villoro) en textos minúsculos; el más extenso, de Navar, debe dar 12 cuartillas donde el cine de luchadores va siempre en mayúsculas y con exégesis del tipo: “En 1977 el Cine de Luchadores por poco y recibe el tiro de gracia cuando al director Gilberto Martínez Solares se le ocurre desaparecer nada menos que al Santo, Blue Demon y Mil Máscaras en Misterio en las Bermudas y, de hecho, ¡los desaparece! y, como para que no haya la menor duda de la suerte de estos tres héroes, nos muestra una explosión nuclear que parece responsable de que se los haya cargado —metafóricamente— el payaso (y no precisamente Coco Rojo, que entonces ni existía)”. Entretenidos en detectar lo obvio, el humor involuntario que infestaba a las películas, diluyen los temas pertinentes, como las dobles versiones (con desnudos para exportación, púdicas para el público local), tema del documental Perdida (2009, Viviana García Besné) que sí figura en el libro y, en consecuencia, no logran identificar que Santo contra los jinetes del terror también fue Los leprosos del sexo, o una reflexión sobre los talentos insólitos (el músico Raúl Lavista, Fernando Wagner, los guiones de Carlos Enrique Taboada) o las mujeres que podían ser monstruos o luchadoras.

El mayor aporte del libro es la filmografía, que agrega dos películas previas (Padre de más de cuatro y No me defiendas compadre ) a La bestia magnífica, que inaugura en firme la corriente, y también documenta la última década y precisa así la lista ya aparecida en los números de la revista Somos dedicados a los luchadores, uno, y a El Santo, otro. Tres autores para un tema que ya había sido documentado, filmografías incluidas, suena desmesurado, pero en el fondo, ese efecto lo da la megalomanía institucional. Pretender hacer lujosa una inmersión en el entrañable cine de arrabal sólo conduce a otra forma del kitsch, además de la del tema mismo; un libro de lujo sobre el cine de luchadores es un despropósito en sí, que no valora al asunto. Los autores lo tomaron tan en broma que no hay un pie de foto que no suponga un chiste, y hasta en las fichas aparecen puntadas como “muertos varios”; ellos mismos se encargaron de regresar el tema a su nivel real, mientras la UNAM se inventaba un aporte monumental al conocimiento cinematográfico, o algo así. Un boleto en la Arena México anda por los 380 pesos. Más barato que la oferta universitaria.

Nota: En el número anterior de nexos un grave cálculo de información me hizo atribuir a Jean Meyer la “asesoría histórica” de la película La cristiada, toda vez que los productores y el actor Andy García lo mencionaron así en varias entrevistas en radio y televisión. De hecho, la película no presenta ningún crédito al respecto, lo que resulta, cuando menos, preocupante, dado el tema que aborda.

Gustavo García. Investigador y crítico de cine. Es académico de la UAM-Xochimilco y autor de Al son de la marimba. Chiapas en el cine.