Nacido en Nairobi, Kenia, en 1977, Terrazas publicó su primer libro en 1997 y se convirtió en una suerte de leyenda literaria temprana, si bien ahora que El lenguaje de los machetes (2011) se estrena dentro del circuito comercial queda claro que su derrotero era otro: el que aquí nos ocupa.

machetes

Ubicado en una ciudad de México cuyas locaciones distan de ser evidentes y nos hablan de cierta invisibilidad de clase, el primer film de Terrazas deja claro, desde su inicio, que cualquier dejo de glamour o de superficie no encontrará cabida en su historia. Sus personajes, Ray y Ramona, forman una pareja inscrita en la marginalia de la urbe, la rebaba que sólo —siempre— es masa cuando sale a la calle y se integra a la multitud.

Hablemos, pues, de los protagonistas de El lenguaje de los machetes.

No es fácil decir a lo que se dedica Ray. Sabemos, sí, que escribe y que registra la realidad —una manifestación en Atenco, para más señas— con su cámara de video. Hasta que le parten la crisma y, luego de un trance abúlico, renuncia a su trabajo y comienza a urdir un plan, para decir lo menos, explosivo. Sin embargo, la naturaleza de Ray es estática y parece inmerso en un círculo vicioso que es más bien una espiral que encuentra su cabo inicial en el seno de su familia clasemediera y semipudiente. Un día dice que quiere tener un hijo con Ramona; al otro, no. Etcétera.

Ramona, por su parte, es una mujer de acción. Compositora, guitarrista y cantante de un grupo de rock infraurbano —para no decir pospunk o hardcore—, nuestra protagonista es fiel a sus convicciones, incluso cuando, después de un concierto, se desvive en una larga fiesta de excesos: las drogas que consume no la destruyen, tan sólo forman parte de su devenir cotidiano y son, acaso, un breve escape de su entrega en el escenario. Fiel a su familia y a su origen, Ramona es también activista: la veremos marchar un 2 de octubre en Tlatelolco, marcha a la que Ray, por supuesto, no llegará.

Más allá de su cautiverio urbano y de la repetición existencial a la que están sometidos Ray y Ramona, se encuentra la playa, el mar como ilusión de ruptura con la sólida cadena que nos ata al DF. Y allí viaja nuestra pareja a rozar el México profundo y experimentar un primer desencuentro con ellos mismos, semilla que florecerá a su regreso a la ciudad y que culminará con la acción de Ramona y la esterilidad o impotencia última de Ray. Y es aquí donde se hace patente que lo que estamos viendo es todo menos una variación de Y tu mamá también (todo se resuelve en la playa) y que la obra de Terrazas no es otra exploración charolastra más.

No es menester del reseñista revelar los vericuetos y la desembocadura de una trama, pero El lenguaje de los machetes anuncia su resolución desde el primer momento, cuando vemos a Ray y Ramona prepararse para algo que no puede ser otra cosa que un atentado. La pregunta a resolver a lo largo de la película pareciera ser, qué van a volar en pedazos nuestros protagonistas, y nuestro director comienza a soltarnos pistas hasta detenerse de manera sospechosa en la Basílica de Guadalupe, lugar que Ray visita sin mayor objetivo que echarle un ojo. Pero todo lo anterior es una inteligente trampa narrativa, una especie de trompe l’oeil fílmico que Terrazas monta ante nosotros no para distraernos sino para hacernos entrar en razón o en conciencia de lo que en verdad se encuentra urdiendo o, mejor aún, desanudando.

Llegamos, entonces, a lo inevitable: los parangones. Pero más que decir a qué se parece El lenguaje de los machetes e intentar un ejercicio de procedencia, diremos qué no es la ópera prima de nuestro director. Lejos de ser una película de causa y efecto e historias cruzadas, con el DF como escenario de lo Mexican chic-curious, hoy convertido en hipster, El lenguaje de los machetes no es, para nuestra fortuna, la hoy caduca Amores perros. La fórmula explotada ad nauseam por la otrora dupla González Iñárritu-Arriaga, un ejercicio de neorrealismo fallido, es justamente a lo que Terrazas le da no sólo la espalda sino la vuelta y el revés, más cercano a su (casi) congénere Matías Meyer en su ánimo de búsqueda y encuentro existencial-estético.

Si a algo nos remite El lenguaje de los machetes es al cinéma vérité, aunque en una versión actualizada, como si se desnudara de recursos a John Cassavetes y se lo trasladara al DF y a nuestra época (y no a Tijuana como ocurre con Miss Bala de Gerardo Naranjo, que es otro ejemplo de lo que no es el film que aquí nos ocupa). Hay una realidad, sí, pero es más íntima que social. Y por ello es más efectiva, más un reflejo de lo que en realidad ocurre en México, si bien es claro que la idea es otra: contarnos la desintegración de una pareja.

Aquí el hallazgo son los actores y la manera en la que Terrazas los echa al ruedo: tanto Andrés Almeida como la magnífica Jessy Bulbo —botargas humanas que en la pantalla se llaman Ray y Ramona— parecen actuar más a partir del instinto primigenio que gracias al designio de su demiurgo actoral. Sus parlamentos, llanos y a ratos masticados, ininteligibles, resultan en un dechado de entrañable complicidad. Y he ahí el portento de nuestro director, una de esas raras aves que saben hacer más con menos.

David Miklos. Escritor. Su novela más reciente es Brama.