Se han necesitado bastantes días para que se nos permitiera atravesar las puertas, siempre vigiladas, de esta tremenda fortaleza en la que durante más de quinientos años residieron los zares y en donde hoy habitan los hombres de la Revolución. […]

Stefan

Posiblemente estoy ahora en el mismo sitio en que un día se detuvo Napoleón, el gran conquistador que al frente de seiscientos mil hombres, después de cruzar Alemania y Polonia, atraído por el mágico carilleo de Oriente, dejó a París y la “Comèdie Française”, atravesó la estepa y, tras cincuenta días de viaje, llegó hasta aquí, donde contempló un espectáculo inusitado: la quema de Moscú. Desde aquí, al igual que ayer, la vista continúa siendo algo realmente turbador. Un inmenso, brillante revoltijo arquitectónico, cuyo pintoresquismo todavía es acentuado por los edificios modernos: hay aquí catedrales barrocas pintadas de rojo, y a su lado oscuros rascacielos, grandes palacios junto a humildes, sucias casas de madera; iglesias medio bizantinas y medio chinas, cuyas cúpulas se levantan entre las gigantescas torres de energía eléctrica; palacios de un mal estilo renacentista guardan una extraña vecindad con sórdidas barracas. Y en medio de este caos de edificios, a derecha e izquierda, delante y detrás, muchas iglesias, una infinidad de iglesias con un mar de torres y cúpulas, cada una de las cuales luce un color propio y exhibe una forma particular, y todo ello parece ser un fabuloso mercado de estilos, una fantástica exhibición de formas y colores. No hay nada armónico en esta ciudad construida sin plan, como improvisada; pero este violento contraste es lo que precisamente la hace tan sorprendente y hermosa. Uno avanza cien pasos por una calle, y cree estar en Europa; pero apenas se ha doblado una esquina cualquiera, se tiene la sensación de vivir en Ispahan o en un bazar tártaro o mongol. Cuando se entra en una iglesia se encuentra uno trasladado a Bizancio; pero al salir de ella y tropezarse con el edificio de telégrafos, le parece a uno que acaba de dar un salto hacia Berlín. Las brillantes cúpulas doradas de las catedrales arrojan sus vivos reflejos sobre miserables y desvencijadas casuchas. Por la puerta trasera de una de estas casas, donde las gallinas corren de un lado a otro y donde todo está empapado de una tremenda peste a letrinas, se sale a una calle por la que pasan espléndidos tranvías y desde la que se ve un museo donde se guardan fabulosos tesoros artísticos. Esta ciudad, en la que no reina la más pequeña armonía, es como una sinfonía llena de disonancias, compuesta a base de una tremenda mescolanza de ritmos y tonalidades. Y uno casi no se atreve a reconocer que esta ciudad le encanta; pero la verdad es que Moscú es más que hermosa: es incomparable.

Desde hace mil años, siempre se ha llamado así [La Plaza Roja] esta plaza —corazón de Moscú—, junto a la cual corren las rojas murallas del Kremlin. A la izquierda se levantan altas fachadas de las antiguas casas de comercio, donde antaño había las grandes, riquísimas y célebres tiendas de Moscú; a la derecha hay una gran puerta arqueada, junto a la cual está la brillante, multicolor catedral de Wassil-Blascheuni, un edificio incomparable en el que confluye lo oriental y lo occidental, y que cifra formas bizantinas, italianas, rusas y budistas: es la catedral más célebre de Moscú. Y, en parte, su celebridad proviene de la leyenda según la cual Iván el Terrible hizo sacar los ojos al arquitecto que la construyó, para que éste no pudiera levantar una segunda catedral como aquélla.

Fuente: Stefan Zweig, “Viaje a Rusia 1928”, en Países y paisajes (traducción de Tristán de la Rosa), Editorial Apolo, 1952.

Delia Juárez G. Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.