A Mauricio Magdaleno,
en obediencia a quien fue sustentada,
muy cariñosamente. Y a Jorge Ferretis,
Juan Rulfo y Lupe Dueñas, cuentistas
mexicanos en que creo.

A mayor inteligencia corresponde
más asombro, no menos misterio.
Cerrazón sobre Nicomaco

Hay cosas que no debían ni intentarse. De ellas, cuáles porque son dañosas, cuáles porque son imposibles.

Dedicarse a decir qué cosa sea un cuento, y cuáles los efectos que produzca en el alma de los niños, es cosa de estas últimas; esto es, de las que digo que no debían intentarse porque son imposibles.

Efectivamente, no queda a nuestro alcance tanta altura. Jamás habrá quien pueda, con substancia, decir:

primero: qué cosa sea un cuento,
segundo: qué cosa sea un efecto, ni
tercero: qué cosa sea un niño.

Hablando rigurosa, rigurosa, lo que se dice rigurosamente, “nadie sabe nada de nada”.* Ni siquiera qué cosa sea cosa, cosa alguna, inclusive esta cosa de espanto que es el estar ahora aquí nosotros presentes ante todo esto, y observándolo… Observándonos los unos a los otros, y pretendiendo, todavía a más de esto, llegar a averiguar qué cosa sea eso otro, tan semejante en todo a todo esto, a que llamamos cuentos, y en lo cual también se halla, y también en quién sabe qué forma y de qué modo, algo como todo esto, algo tanto así de tan extraño, tan curioso y tan incomprensible como todo esto. Pues es un hecho cierto que ahí están. Todos lo hemos visto; de ahí surgen también rostros, y paredes, y lámparas, y mesas, y ademanes, y rumores, y ventanas, y noches, y chubascos.

dos

Y si algo como esto es lo que está también siempre en los cuentos, y si quitándolo de ellos también se esfumarían los cuentos, resulta harto evidente que, para poder llegar a averiguar qué sean cuentos, lo que primero habrá que hacer será saber qué cosa sea al menos algo de esto. Por ejemplo: qué cosa sea ser muro, qué cosa sea ser mesa, qué cosa sea ser hombre, qué cosa sea ser mujer, qué cosa sea nacer, qué cosa sea morir, qué cosa sean esas dos cosas que son esos dos niños perdidos en el bosque, y el que en medio de las gigantes sombras de la noche vean brillar allá a lo lejos una lucecita.

Pues de esto, de nada menos que de todo esto, es de lo que se trata.

…Sino que hay personas de buena voluntad, espíritus confiados y optimistas, que a pesar de los ojos de su cara, de los viejos volúmenes, de los desaparecimientos de los días, y de los cementerios, aún creen que hay hombres sabios, doctores por encima de la farsa, maestros de veras, sujetos que sí saben.

Podría ser que todo esto les suceda a causa de no haberse visto nunca puestos en la ocasión de tener que echarle, mano a mano, como dicen, una buena mirada al precipicio; o de que la exacerbada vida actual los ha cogido y ahora ahí los lleva aceleradamente entre sus ruedas, en forma que hoy no aciertan ya a abarcar el cúmulo de apremios de sus horas; pues de otro modo jamás podría explicarse, cómo es que cuando uno menos piensa, ya lo han mandado —pobre de uno— a que venga hasta acá a poner en claro, tales tan místicas, tan feéricas y portentosas cosas. No hay duda que no les ha sobrado espacio para distinguir que una cosa es que uno sea su bien dispuesto amigo, que uno les simpatice, y otra, atrozmente distinta, que uno sea en realidad un querubín, la pura cabezuela y las alitas, la inteligencia limpia y sin finales, abierta en libre vuelo, sin cual ninguna mácula, ni mezcla, ni aparejos que le estorben.

Ustedes pueden verlo. Mis manos y mis pies, aquí los tienen. Mi espalda, mi cabeza, cuanto es mío, todo es fácil medirlo, no llega ni a las vigas, difícilmente durará aún otros diez años.

Pero tampoco es llano —gentil de margaritas— esto de estar ya acá, de haber venido a salta y salta en un viejo camión de ruedas cuadradas, hasta acá a aclarar qué cosa sea cuento, para ahora ir saliendo con: Señores, la verdad… Perdón; perooo… no lo sé.

Y lo más triste de todo esto está en que, por mal de mis pecados, tal vez, no soy cosa tan grande como para atreverme a confesar, in catedra, que en puridad no soy más cosa que un ser breve, espacial y temporal, sujeto a las enfermedades y a la muerte, hecho por cuenta, con peso y con medida y rodeado de fin por todos lados, y en el cual, por supuesto, no se encuentra en absoluto nada que pudiera asemejarse a la intuición angélica.

De modo es que, en fin, señores, ahí a ver cómo le hacemos. Pecho al agua, y vamos a intentar sacar en limpio qué cosas sean esas tan sin puntas y rodeadas de embrujos y misterio, a que llamamos cuentos.

¡Y a empezar! Al fin y al cabo, ahora que me fijo, las sillas de esta sala están vacías casi por unanimidad. Y aunque concretamente yo no osaría decir si cuantos no aparecen sea a causa de haberse ido escabullendo en la medida en que han podido ir dándose cuenta de la clase de música que toca este acordeón, o si, porque con más profundo y radical acierto, se hayan determinado a no dejarse ver desde un principio, yo no me siento herido; antes, acá en mi fuero íntimo, más bien encuentro alivio, ya que gracias, precisamente a eso, los más o menos graves daños que de mi ineptitud se sigan, serán siempre más leves en proporción directa al grado en que me acerque a hallarme hablando a solas. Amén de que tenido en cuenta mi larga ya experiencia a tal respecto, bien puedo asegurar que estoy mucho más hecho para el sino de hablar en soledad, que para el mundo.

Y aun suponiendo que, inclusive en medio de estas tan propicias condiciones de quietud y casi intactas calidades de ausencia que me envuelven, mi numen se negara a prosperar y se me hiciera, cual suele, todo bolas, en forma que después de extenuarme en la porfía, llegáramos a nada; quedaríamos, es obvio, por muy mal que nos fuera, como estábamos antes; esto es, no sabiendo qué sea, en fin de cuentas, cuento.

Lo cual, después de todo, no es desdoro tan sin par como a primera vista podría creerse; pues ya muy bien sabemos cómo aquel tan grande y sabio rey nombrado Salomón, también vivió ignorándolo, y cómo el propio no igualado Aristóteles, acerca de la misma cuestión, no consiguió gran éxito; ni menos Napoleón con todo y aquel garbo que ni quién le discuta, y la manita aquella constantemente expuesta encima en lo más combo y más visible del cándido chaleco; y cómo, ya por carta de más, ya por de menos, así es como ha venido aconteciéndonos, en trance semejante, a todos los menguados humanos por parejo.

Ahora bien, y ¡ah caso más extraño!, de pronto me resulta que en rigor todo es cuento.

Que todo lo que sucede, es cuento. Que todo cuanto ha sucedido, es cuento. Que todo lo que ha de suceder, es cuento. Y que, para acabar, hasta lo que no sucede. Que hasta lo que se inventa.

“Había una vez un rey…”

“Un día, en algún sitio, una cucarachita se encontró, yo no sé bien si un cinco entero, o sólo tres centavos…”

“Cierta ocasión en que un tal don Perico Yomero y de los Palotes se encontrara en una milpa más alta que más de cuatro, dando una conferencia, casi solito él, y sobre lo que ni en sueños soñara que sabía…”

Puro cuento, señores. Y cuento, cuento y cuento.

Desde aquel punto y hora en que nacemos, desde ahí empieza el cuento.

Mientras vivimos, dura el cuento.

Y lo que no ha nacido ni nacerá jamás, también es un extraño, inaccesible, maravilloso cuento.

Así es que todo es cuento. Que es más lo que hay de cuento que lo que hay de todo. Que cuento es todo lo que hay mientras vivimos. Que el mundo de los cuentos es, acaso, mayor que cuanto abarca en el espacio y el tiempo el universo.

Que el cuento está en todo lugar, y que no está en ninguno.

Que el cuento que está escrito con una tinta nueva en negro intenso, no se daña ni muere aunque la tinta efímera se empañe o palidezca.

Que el cuento puede estar en la voz, en el silencio, en las tinieblas, en la mente, en el libro, en el olvido y en las posibilidades.

Que el cuento no es mortal. Que este cuento, o aquél, que cualquier cuento puede tener mil años, dos, diez mil.

Que este cuento puede estar, a un tiempo en cien mil mentes, y volver a encenderse en otras tantas, y sin fin por los siglos de los siglos.

Que en el principio era el Verbo.

Que en el principio era el Logos.

Que, dicho en una lengua menos remota, en el primer principio era la fábula.

Acaso ni los ángeles conozcan qué cosa puedan ser estas esencias, abstractos precipicios en que lo inmenso cabe y deja sitio a la inabarcable eternidad, y a la vida y la muerte, y a lo que es y a lo que no es.

Y contar cuentos no es más que hacerlos ver; vivir; hacer que se presente con vida ante testigo, lo que es y lo que no es, lo que se ve o se oye, sueña o inventa que sucede.

Y esto es lo que es un cuento concreto para el mundo. Lo que contamos o escribimos. Desde que lo contamos o escribimos, se hace cuento en el mundo.

Porque aunque lo que no contamos ni escribimos, también es en sí cuento, no lo es para el mundo. Es decir, solamente lo es para un mundo anterior y más originario, que el que es mundo sensible.

Y ahora bien, ¿y qué, qué es esto de contar? ¿Por qué se cuenta? ¿Para qué se cuenta?

Puesto sí que sí que por lo menos es igual que lo otro de difícil de explicar.

Cuento es lo que se cuenta, y lo que no se cuenta; pero, contar, ¿qué es?

(Dejemos por ahora, aun de preguntarnos, lo que podría ser, el no contar.)

Parece tan sencillo, tan sencillo; pero es tan tremendo, tan tremendo…

“Fíjate, tía: el menso de ahí enfrente dice que…”

“No le hagas caso a ese. Ese no es más que un menso”.

“Sí; pero dice que…”

Y es muy cierto. Tiene razón el niño. Inmensamente más que la tía. También los mensos cuentan.

Los mensos, y los ciegos, y los sordos y mudos.

Y aun hay niños, y hasta hombres tales y como esos niños, que oyen hablar al aire, a las paredes, al árbol y a los campos.

UUUUUD… UUUUUD… Paso y vuelo, dijo el viento…

Oh, es espantoso, espantoso, y verdaderamente espantoso. Ver, ir con la tía, contar…

Oír, volverse hacia los labios de la abuela, hacia el murmullo del río o el aire, hacia el silencio. ¡Y escuchar!
Decir:

Yo vi a un niño, como a un botón de flor, nacer…

Yo vi a un señor morir…

¿Habrá quien sepa decirnos lo que es esto?

Y luego, el escucharlo.

Y que lo no presente, haga acto de presencia.

Y que lo desaparecido vuelva a aparecer.

Hace más de dos, de tres mil años que Helena está en su tumba.

Ya ahí no queda ni el polvo de sus huesos.

Ya ahí no quedan ni humos del mármol de su tumba.

dos2

Nunca existió tal tumba. Tal tumba y ella no llegaron nunca a tanto como un fino cabello.

Nunca fue todo eso más que un impalpable sueño.

Pero se abre el libro. Y Helena, no otro alguno, no Eisenhower, no mi abuela o la tuya, no Hamlet, no Picasso, vuelve a alzarse.

¿Qué diera Miss Holanda, qué, un rolsroice, una palmera, por tener ese porte, ese avanzar?

Verdaderamente volamos. Nuestro núcleo es de alas. Nuestro operar se iguala al de los sueños.

La vida es una fábula, un cambiante fructificar sueños.

Nunca sabremos nada.

Sólo, sí, que asistimos en forma inaprehensible al escenario mágico de un manantial de cuentos.

Y que en el avivarse de este pasmoso juego de escenas con sustancia de luces y de sombras, sólo en eso consiste nuestra herencia.

Y que, por el contrario, en que se nos apague, sólo en eso consiste nuestra muerte.

Porque la vida es sueño, y vida y sueño no pueden ser dos cosas.

Con los sueños, y por virtud de ellos la vida se pone ante sí misma. Por eso es que en los sueños se complace. Pues que por medio de ellos entra en posesión de sí misma. Y la vida, yo me temo, debe estar enamorada, con un amor sin fondo, de sí misma.

Y con los cuentos, que en lo esencial son sueños, y vasija en que están las cosas vivas, el vivir acrecienta en nosotros su grandeza, su dolor y alegría, la infinita gloria y gracia de su luz y de su libertad.

Como mi cuerpo, que como es agua, necesita del agua. Y siente una delicia, una frescura, cuando besa las fuentes, o bebe de rodillas, con las manos, las ondas de los ríos.
Como la tierra, que por probarse en sus innúmeros sabores, no desdeñó atarearse por milenios, hasta lograr mirarse edificada, por un lado, en paladar, y por otro, en vino, en pan, en fruto, en miel, con sólo el noble objeto de llegar a entender a qué es a lo que sabe.

Como cuando nuestros ojos, que como en el fondo son rosas de luz, se embelesan mirando una estrellita.

Como cuando nuestra mano, que como en el fondo es amistad, se estrecha en otra mano en la que también encuentra espíritu de amor.

Porque oír contar un cuento, o leerlo, es transmutarse en cuento, que es soñar, que es desatarse del mundo de las sujeciones, y asimilarse a la sustancia de la inteligencia, que es la de la libertad, la de lo dócil, la muy blanda, la que no opone ninguna resistencia, la que puede tomar todas las formas.

Contar, leer, oír, soñar, eso es vivir, ser dueño de sí mismo, poseer el mundo.

Otra cosa, cualquiera otra cosa que salga de estas cosas, es enfriarse, irse acabando, moverse hacia la muerte.

Efectivamente, hay cosas despiertas y dormidas, vivas e inanimadas.

Lo no animado no ve, no oye, no sueña, se haya ausente, no tiene qué contar, no alienta.

Aunque también es cierto que existen seres vivos que no sueñan ni cuentan.

Sólo, sí, algunos hombres, muy pocos, y los niños.

Sin embargo, con sólo la labor de éstos ha sido suficiente para que la humanidad haya podido llegar a estar por sobre todo, a dominarlo.

Porque además de oír, ver y soñar, va en seguida y lo cuenta, y así dobla el vivirlo, alimenta la vida, la engrandece.

Como, con un espejo, una luz se duplica.

Y como de espejo a espejo, cuando los planos límpidos se enfrentan justamente, una luz interpuesta se refleja sin fin. (Pero con magia ingénita de arte no aprehensible que conserva sin daño la unidad.)

Debo puntualizar: En el primer principio era la fábula, la madre no agostable, la inexhaustible fuente de los cuentos. Y era fertilidad generosísima, sin fin, sino que a solas.

Y sus cambiantes ondas, no repetidas nunca, emanaban sin ciencia, sin testigo.

Una madre sin hijo, como noche sin alba que se alce, la invada y la despierte.

Pero he aquí que en el fondo de su seno, el hijo centellante, no entendiendo que pueda ser nublado, se incorpora.

¿Y qué es lo que ha sido de la noche?

El hijo no lo sabe. Y la madre en el hijo, y el hijo en la madre, incorporados con broche de unidad en un abrazo tan íntimo y cerrado que anula el tú y el yo, ni tan sólo recuerdan qué cosa sean nublado o soledad, velo o desierto.

Oh fabulosa Fábula, oh Vida. Oh Poesía. En el primer principio era un tesoro que no se poseía.

Bien lo hemos visto todos. Hace unos pocos años, ¿qué cosa tenía yo? ¿Y, ustedes, que tenían?

Ni ojos ni manos. Y no hay otra verdad. Y, de repente, el ojo, la vida, el resplandor. No sólo el ojo, ni el resplandor tan sólo. En una sola hora, la visión y el vidente.

Así en el día primero, y antes del primer día, fue el desgarrón del velo, la posesión, la luz. El mundo y sus substancias de sueño en pleno vuelo. El sueño del cual salen todos cuantos son cuentos, y el cuento del que salen todos cuantos son sueños, de gente en gente, por cuenta inacabable.

Se dice, causa y efecto. Y efecto como causa, y nuevo efecto… Y así, sin acabar.

Más lo mismo valdría: Fábula y niño. Y niño como fábula, y nuevo niño. Y así sin acabar.

Y entiendo aquí por niño, todo el que no se sale (o mientras no se sale) de ser sueño.

Porque eso es todo lo que somos y tenemos. Y todo el que se aparta de esta patria, en esa misma proporción está marchito.

Y el que no sea como un niño no entrará. Y el que no entra es a modo de esos frutos que se hielan, de infecundo y no nacido. Y el que se va apartando, como un envejecido que ya desde en vida de su cuerpo tiene parte del alma adentro de la tumba.

Y es que la vida es sueño, letra a letra, no por simple metáfora.

Meted en la más opaca y astrosa de las briznas, un andrajo de ensueño, y vivirá. Quitad, en cambio, al hombre, el libre juego del soñar de la mente, y será como estatua sin vida, aunque respire.

Y lo triste es que hay hombres que no sueñan. Seres sin fuente viva, que no emanan; o encerrados, que no gustan de versos ni de cuentos.

Y es que ellos están ya un poco muertos, ardidos, fatigados.

Bien porque ellos mismos, a cuenta de placeres excedidos, codicias, vanidades y otros extravíos, han derramado el aceite de su lámpara, o porque son las víctimas de lo que en, malhaya sea, el pretérito, han obrado sus padres, y los han dejado herederos de muy menguada herencia.

También se da el caso de gentes que en medio de esta hoguera de sueños que es la vida, en lugar de volver su corazón hacia la llama, se vuelven hacia abajo, en donde yacen el polvo sin color y la ceniza.

Acaso, por azar, entre lo opaco, aún den de vez en cuando con alguna chispa en agonía.

Mientras que arriba, en vuelo hacia lo alto se eleva sin medida la claridad viviente.

A éstos los llamamos materiales, avaros, egoístas, seres prácticos.

Todos ellos están un poco muertos. Viven su media vida, por gracia de las chispas que caen con las cenizas.

Y de la misma manera que el que está vivo, es adicto y suma fecundidades a lo vivo, éstos padecen simpatía hacia lo muerto, en tanto que las realizaciones de la vida los lastiman, les son materia extraña.

Vivir es poseer. Sin duda alguna esto es lo que es vivir: poseer el mundo y disfrutarlo.

Pero poseer y disfrutar no son dos cosas diferentes. Disfrutar la vida; éste es el básico, el insustituible, simplísimo secreto.

Otra cosa es guardar; herir la libertad del hombre o de las cosas con cerrojo, con muro o con cadenas.

En aquel que tiene hambre y toma el fruto, la vida se complace.

No así en aquel que coge el fruto por gula o por codicia.

Algo hay que se postra y nubla en cada hartazgo.

El almacén es hurto que lastima a aquel que deja hambriento.

Y las cadenas matan innumerables alas.

Y ni el hartazgo, ni el hurto, ni las servidumbres aprovechan, en realidad, a nadie.

Nadie se bebe el mar ni hay quien consuma cuanto ofrece la tierra.

Hagamos cuentas:

La Vida se sustenta de todas las criaturas de la tierra, por turnos, y en reciprocidad.

Todo el que ahora come, luego es vianda. Sin excepción de hecho, ni posible.

Aquel manzano hinca ahora sus raíces en el polvo en que ha parado un príncipe.

La gota que reanima la vida de una espiga, fácilmente puede ser parte de los jugos que suelta bajo tierra un cardenal.

Y la lombriz, camino ya a trocarse en muslo, o en pechuga de pavo, pudo tener por cuna los labios colorados de alguna india bonita, o bien de un pececillo, un asfódelo o un león.

¿A qué, entonces, tantísimos estudios de finanzas, de cerrajería, de contabilidad, de economía?

Por un lado, no hay el contador que pueda contar las hojas, tan siquiera, de una mínima lechuga. Y, por otro, la cuenta verdadera, la grande, la absoluta, es bien sencilla.

No hay más que un comensal; la Vida. Y él propio es su sustento. Todos somos el sustento de todos.

Nada se crea, ni nada se destruye. La cuenta es bien sencilla: A es igual a A. Y he aquí el exactísimo balance. No hay sustento de sobra mas tampoco ha de faltar el sustento.
Sin embargo, atesorándolo, hurtándolo, sustrayéndolo, en fin, administrándolo; así sí. Ni qué hablar. De esta manera sí se ha hecho el milagro.

Y la razón es clara. A es igual a A; pero A no puede ser igual a A menos lo que se ha vuelto ojo de hormiga entre una y otra de las quinientas mil operaciones de cuento o de recuento requeridas por la administración.

Y lo menos probable es que con ello se haya conseguido corroborar, ni en su fecundidad ni en su alegría, las manifestaciones de la vida en general, ni las pequeñas existencias momentáneas de los que han puesto su fe en tales ruindades. En cambio, sí, sin duda alguna, mucho es lo que se ha perdido en cada hartazgo, a la edificación de cada muro, y con la utilización de cada uno de los contraconducentes cerrojos y cadenas.

Yo he tenido ocasión de mirar en sus noches y sus días a más de un potentado, sobre cuyas espaldas recae el débito de muchas aflicciones. No han ganado gran cosa, ni pequeña. Son seres como todos. Acaso nada más un poco medrosos todavía, más insatisfechos, más aislados y acedos, y ausentes de la dicha que sus víctimas.

Vivir es poseer. Poseer el mundo y disfrutarlo. El mundo es un fantástico gran cuento de bulto, olor, color y sabor. ¡Ya olvidaba la Música! Decidme: ¿No es perfecto? ¿Pensáis que algo le falta? Pues él es nuestra herencia. Nuestra herencia sin mancha está en saber oírlo. En saber convertirnos, admirándolo, en amaneceres, en pinares, en pájaros, en nubes, en niños que perdidos en la noche ven brillar a lo lejos una lucecita, en Aladinos que con sólo rozar el canto de la lámpara señorean los servicios de aquel genio, todopoderoso de la inteligencia, que es una sustancia tan pura, tan dócil, tan maravillosa, que es capaz de tomar todas las formas.

Mas el que no sea como un niño, no entrará. Y quien no entre, será como esos frutos que se hielan, de infecundo y no nato.

Y no querrá saber nada de luces ni de lámparas; de músicas, de olores, de versos, ni de cuentos.

Y en vez de cuentos, querrá contar sólo centavos, cerrar muchos cerrojos, murallas y cadenas, y hacer, en fin, cuanto en su mano esté, por romper las vidrieras de la ventana aquella que es para los niños como una lucecita en medio de la noche, por apagar la lámpara maravillosa que es la inteligencia.

Aquí termino. Sólo he de insistir en un concepto:

El mundo es un fantástico gran cuento incomparablemente encantado y encantador.

Igualito a nosotros.
(No se tome a lisonja.)
Cada quien es un mundo.
Cada quien es su mundo.
Cada quien es su cuento.
Y el que no quiera oírlo será un cuento rete malo.
Será un cuento sin nada.
Será un mundo vacío.
Será un cuento sin cuento.

Efrén Hernández (1904-1958). Narrador y poeta. Entre sus libros: El señor de palo, Entre apagados muros y Hora de horas.

* “Tachas”.