El 24 de noviembre de 2000 Vicente Fox tuvo una última encerrona con su jefe de asesores, Ramón Muñoz. Faltaban 18 horas para que el aún entonces presidente electo presentara en el Museo de San Carlos a los miembros de su gabinete social y económico, y no existía definición sobre el titular de la Secretaría de Desarrollo Social.
Muñoz revisaba los currículos de una decena de personajes. Se había prometido integrar un gabinete plural, así que se barajaba un espectro que iba de Santiago Levy a Julio Boltvinik, de Carlos Jarque a Enrique del Val, de Teresa García de Madero a Cecilia Soto y Patricia Olamendi. Hasta la hora de la comida no hubo acuerdo. Fox palomeó de pronto el nombre de una economista desconocida: Josefina Vázquez Mota.

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Ramón Muñoz dudó. “Nos van a destrozar”. Josefina Vázquez Mota acababa de estrenarse en la política apenas dos meses antes, como diputada por Chihuahua de la fracción panista, y su única conquista visible consistía en haber vendido 300 mil ejemplares de un libro de autoayuda: ¡Dios mío, hazme viuda por favor! Los arranques de entusiasmo de Vicente Fox eran, sin embargo, imbatibles. No hubo manera de que cambiara de opinión.

Fox y Vázquez Mota se habían visto sólo en dos ocasiones. La última, durante una comida en la que un grupo de mujeres panistas manoteó en la mesa porque el próximo titular del Ejecutivo quería ofrecer Desarrollo Social “a una mujer que no necesariamente sea del PAN”.

Las mujeres gritaban, el café se derramaba y Fox daba trazas de haber perdido el humor. Uno de los miembros del primer círculo de Vázquez Mota, Rogelio Gómez Hermosillo, ex presidente de Alianza Cívica, relata que la panista tomó la palabra y puso en calma a los comensales: “La transición nos está dando una oportunidad histórica. Si aprovechamos las ganas de participar que están reflejando estas mujeres, podremos tomar esa oportunidad con las manos y hacer los cambios que el país requiere”.

Recuerda Gómez Hermosillo:
—Fox traía siempre una grabadora en el saco. Mientras Josefina hablaba, la puso a funcionar. Josefina sabía hablar, sabía conmover. De eso había vivido muchos años, recorriendo medio mundo como conferencista de la Concanaco y la Coparmex. Fox grabó su discurso, y grabó también su nombre: Josefina Vázquez Mota.

Aquel 24 de noviembre, al volver de la Cámara al hotel en que se hospedaba, la diputada por Chihuahua recibió la llamada que le cambió la vida. Desde el otro lado de la línea, Fox le dijo: “Josefina, el Congreso acaba de perder una diputada, pero yo acabo de ganar una secretaria de Desarrollo Social”. Vázquez Mota pasó la noche con los ojos como platos.

La prensa la recibió más tarde con el titular siguiente: “Dios mío, hazme secretaria”. El entonces perredista Demetrio Sodi, declaró: “Es el más débil de los nombramientos”. El priista Carlos Rojas, ex titular de la Sedesol, dijo: “Ni la conozco”. El experto en medición de la pobreza Julio Boltvinik, que había formado parte del equipo de transición y soñado con ocupar la secretaría, lamentó: “Fox había prometido a las personas más experimentadas. No cumplió”.

Todo parecía anunciar la inminencia de un desastre. Vázquez Mota lució una rígida sonrisa durante la presentación, en la que Fox se refirió a ella como “todo un descubrimiento”. El “descubrimiento” presidencial tropezó en cascada, sin embargo, durante sus primeros encuentros con los medios. No supo explicar ante el periódico Reforma cuál iba a ser su política social, entre otras cosas porque no lo sabía. En una desastrosa entrevista de radio, solicitó “ya no hablar tanto de números, de cifras, de modelos para medir la pobreza: veamos los rostros, las miradas de los pobres”. Vázquez Mota no ofrecía un proyecto —escribió en esos días Jesús Silva-Herzog Márquez—, sino una sensibilidad.

No faltó quien fuera a rascar en las páginas de su libro, para exhibir al mundo “La filosofía de la vida de la titular de Sedesol”:

• “Lo importante no es ser bellas, sino gustarnos a nosotras mismas”.

• “Cuando tenemos visitas en casa se saca la mejor vajilla, se limpia el baño y hasta papel se coloca en el sitio exacto y frecuentemente se dispone de una comida especial; ojalá nos diésemos ese trato a nosotras mismas”.

• “Quiero ser viuda de los prejuicios que me limitan, para aprender y disfrutar de mí y también de los demás, del desamor, la indiferencia y el hastío de vivir, viuda del olvido de Dios, porque es reconfortante y prometedor saber que gracias a tu infinito amor, haga lo que haga y esté donde esté, siempre puedo volver a ti”.
—Fueron días tremendos para ella. La transición había despertado expectativas muy altas, había gran escrutinio sobre el llamado “gobierno del cambio”, y la prensa la machacaba, se le iba encima —recuerda el diputado panista Luis Enrique Mercado, a la sazón, director del periódico El Economista, en el que Vázquez Mota había colaborado como articulista durante casi 15 años.

Mercado la había invitado al diario luego de verla impartir algunas conferencias. “Era incisiva. Sabía llegar al punto. Me interesó su perfil”, dice.

Vázquez Mota escribía cada miércoles sobre asuntos económicos y sociales. “Una de sus virtudes consiste en estrechar relaciones: establecimos una amistad fortalecida con intercambios y comidas eventuales”, relata Mercado. Cuando ella llegó a Sedesol, la amistad se volvió, fundamentalmente, telefónica:

—Hablábamos con frecuencia. La oía muy estresada. No tenía un equipo propiamente dicho, porque venía de la iniciativa privada, y además encontró una secretaría de carácter electorero, que los gobiernos priistas le habían dejado patas para arriba.

No pasó mucho tiempo antes de que Vázquez Mota desatara el primer escándalo. Nombró como director de Comunicación Social a José de Jesús Castellanos, un antiguo jefe de prensa de la Canaco, que conducía el semanario Nuevo Criterio, editado por el Episcopado, en cuyas páginas se había pedido a Vicente Fox “no caer en el chantaje de los acosadores sexuales que le piden que se case otra vez”.

El linchamiento fue inmediato: sectores de la prensa advirtieron sobre “la derechización de México”. Para empeorarlo todo, al emitir el primer boletín oficial Castellanos descubrió que había que pagar a los periodistas —“apoyarlos”, le dijeron— para que la información saliera en los medios. La respuesta del funcionario provocó escozor entre algunos reporteros que cubrían la fuente: “No vamos a estar pagando para que salga todo. Si el medio considera que es algo que debe darse a conocer, lo dará a conocer”.

Josefina confesó después que aquello era como “hacer bailar a un elefante”. La secretaría, dirigida a combatir la pobreza y apuntalar las iniciativas de la sociedad civil, sacaba 50 millones de copias al año, tenía 400 líneas telefónicas prescindibles y 104 inmuebles subutilizados. Eso era lo de menos. Lo de más: el uso partidista, la cultura de la dádiva, el expediente de las discrecionalidades que había hecho de los pobres “simples subordinados sociales del PRI” (Gómez Hermosillo). En cada cajón aparecían distintos padrones de beneficiarios de los programas de apoyo. En ellos solían colarse “hasta los muertos”.

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Desde que tomó posesión del escritorio, recuerda Gómez Hermosillo, Josefina echó mano de las facetas dominantes de su personalidad. Las jornadas de trabajo comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las 12 de la noche:

—No cualquiera le aguantaba el ritmo. Llevaba las cosas hasta el límite de su resistencia física. No le podías decir que no. No dejaba que nada la desviara, que nada la distrajera, que nada se interpusiera entre ella y la meta que había fijado. Para hacer equipo, tuvo que rodearse de un grupo de adictos al trabajo.

Por el rabillo del ojo, sus colaboradores la veían comer en el escritorio: unas tiritas de pechuga de pollo, unos cuadritos de queso, unas verduras cocidas. “Había sido llenita y quiso ser delgada”, dice Luis Enrique Mercado. Emergía tensa, aprehensiva, demacrada, de sus largas inmersiones por los laberintos burocráticos de la secretaría.

En lo íntimo, por lo demás, se hallaba viviendo un pequeño drama personal. Al aceptar el cargo, había tenido que dejar a su familia —su esposo y sus tres hijas— en la ciudad de Chihuahua, en donde radicaban desde 1995. “Durante un año, sólo iba a verlos los fines de semana”, relató Vázquez Mota en una entrevista.

—En los pasillos se apostaba cuánto iba a tardar en tronar —sostiene Mercado—. La veían “verde” y sin malicia política. Su ventaja era que, precisamente a causa de esa falta de experiencia, Josefina no tenía compromisos con nadie.

De entrada, cesó a cinco directores y siete coordinadores; cambió delegados en varias entidades y comenzó a realizar visitas “sorpresa” en los estados, para vigilar la operación de los programas. “En Sedesol se han incentivado durante décadas políticas equivocadas”, declaró.

Uno de sus críticos principales, Julio Boltvinik, admitió en entrevista con el periodista Guillermo Osorno: “[Josefina] No arranca bien. Lo que sí es que a los dos o tres días de instalada en el puesto se reúne con el equipo de transición y nos escucha ampliamente. Hace preguntas inteligentes. Le hacemos una exposición. Hace preguntas sobre Progresa (uno de los principales programas de la Secretaría de Desarrollo Social). Tenía buena actitud de entender y escuchar”.

Otro de los integrantes de su círculo dorado, Miguel Székely, asesor del Banco Mundial y experto en temas de pobreza, desigualdad y exclusión, asegura que la gran virtud política de Vázquez Mota consiste en no esconder sus debilidades.

—No intenta fingir, ni ocultar sus carencias. Lo que hace es complementarlas, rodeándose de equipos sólidos. En eso radica el talento que la hecho sobrevivir en un medio brutal. Demostró muy pronto que sabía escuchar, que sabía identificar actores, que era buena para conciliar. Comprendió que le fallaba la parte técnica y, sin reparar en ideologías, buscó a quienes pudieran brindársela.

Terminó atrayendo, desde la izquierda, a dos líderes sociales que habían organizado numerosas causas de la sociedad civil: Rogelio Gómez Hermosillo y Cecilia Loría. El primero poseía una red de contactos con organizaciones ciudadanas de todo el país. La segunda, ex senadora del PRD, había militado en los principales grupos feministas, había impulsado campañas de alfabetización y estrechado relaciones con comunidades indígenas y campesinas. La incorporación de ambos fue leída como “un contrapeso a las políticas sociales que dicta la derecha”.

El equipo se completó con el fichaje del demógrafo Rodolfo Tuirán, que había dirigido el Consejo Nacional de Población, y con la llegada de uno de los mayores especialistas en América Latina en temas de desarrollo: Miguel Székely.

No era fácil abrirse paso en un gabinete integrado por personajes como Jorge G. Castañeda, Julio Frenk, Francisco Gil y Santiago Creel Miranda, entre otros. No era fácil alternar en el gabinete de un presidente que alguna vez definió a las mujeres como “lavadoras de dos patas”. No era fácil avanzar, en medio de un partido tradicionalmente misógino: el único que no ha tenido, a la fecha, una mujer gobernadora. Escribió alguna vez Vázquez Mota: “El mundo de la política sigue intocado. El universo donde se decide el plan de gobierno y se toman decisiones sigue cerrado, atrapado en su pasado, sin querer mirar a las mujeres”.

Y sin embargo, lo verdaderamente difícil era abrirse paso en un gobierno en el que las decisiones pasaban por el despacho de la primera dama.

—Hubo un tema muy duro en esos años —recuerda Luis Enrique Mercado—. Corrían rumores de que Marta Sahagún presionaba mucho a Josefina porque quería decidir ella misma el destino de los programas sociales. Recuerdo, en especial, un trascendido que hablaba de que la había citado en la cabaña presidencial de Los Pinos para insinuarle que ella daría visto el bueno a las iniciativas de Sedesol.

Con el estilo escurridizo que caracteriza sus declaraciones de prensa, la propia Vázquez Mota confirmó indirectamente esa versión: en una entrevista reciente, le dijo al periodista Ignacio Lozano que tuvo “ciertos roces” con Marta, porque ésta “traía sus propias agendas”. “Yo lo que hice fue defender la vida institucional y eso te provoca no complacer a todos”, declaró.

Se supo con el tiempo que la agenda de Sahagún no era otra que catapultarse, desde la fundación Vamos México, a la presidencia de la República.

La relación de la primera dama con la titular de Desarrollo Social alcanzó niveles glaciares cuando ésta lanzó el programa estrella del foxismo, Oportunidades, destinado a atender el desarrollo de capacidades básicas a través de la transferencia de recursos a hogares en condición de pobreza (o con dificultades para satisfacer materias de nutrición, salud y educación).
—Los hogares beneficiados fueron elegidos por criterios técnicos, y no políticos —explica Gómez Hermosillo—. La evaluación se realizaba de manera independiente, así que por vez primera en la historia del país dimos un paso adelante para evitar que la política social fuera manipulada. El objetivo era evitar los vicios que habían rodeado al programa de los priistas, Progresa.
—Por razones políticas, el PRI no había trazado nunca un mapa de la pobreza —afirma Miguel Székely—. Josefina preguntó: “¿Cuántos pobres hay por estado y municipio?”. No se lo pudimos decir. Se decidió que la herramienta “uno” era saber qué población había que atender. Se formó un comité técnico que hiciera una metodología sólida.
Sesionamos nueve meses. Descubrimos que el PRI había dejado en el país 53 millones de pobres (el gobierno de Zedillo sólo admitía 26).

El comité presentó la cifra y le hizo a la titular esta advertencia: “No sabemos si los datos son manejables políticamente. Los van a usar para atacarte”. Ella respondió: “Si ésa es la cifra, ésa es la cifra. Denla a conocer. El peor escenario era no saberla, aunque hoy el mayor riesgo sea para nosotros”.
—Ningún otro gobierno se había atrevido a hacer una cosa así —dice Rodolfo Tuirán.

Oportunidades llegó en poco tiempo a tres millones de hogares (Progresa, a sólo un millón), y obtuvo el reconocimiento del BID y del Programa Mundial de Alimentos de la ONU. Según sus creadores, se convirtió en “la franquicia más exitosa de México: un modelo mexicano que empezó a ser imitado en otros países”. La figura de la secretaria creció en los medios. Un nuevo equilibrio comenzó a sentirse en el gabinete. A pesar de la frialdad con que la trataba la primera dama, Vázquez Mota se convirtió en una figura clave en Los Pinos.

La senadora Cecilia Romero “destapó” a Josefina por primera vez en 2004, cuando las aspiraciones presidenciales de Marta Sahagún se hicieron evidentes y el panismo intentó cerrarle el paso: “Marta no es la opción. Hay panistas que ya están mencionados. Inclusive, en el sector femenino, está Josefina Vázquez Mota”. En junio de ese año, el entonces consejero estatal Juan José Rodríguez Prats volvió a mencionarla: “Yo no veo ninguna corriente que esté pensando en la señora Marta. Sería sano que Josefina se incorporara a la contienda”.

—Su despegue fue meteórico —afirma la panista sonorense María Dolores del Río, coordinadora operativa de la campaña presidencial de Vázquez Mota—. Primero pensaban que iba a fracasar, y unos años más tarde no sólo era una de las figuras mejor evaluadas del gabinete, no sólo era la única mujer sobreviviente del primer gabinete foxista: ya se le mencionaba como presidenciable, aunque, a decir verdad, no había muchas posibilidades de que eso ocurriera.

La curva de aprendizaje de la secretaria, que además de enloquecidas jornadas laborales incluía el jaloneo con gobernadores, alcaldes y caciques locales —los priistas José Murat y Ulises Ruiz llegaron a retener a uno de sus delegados para que les soltaran más recursos— terminó por causarle serios desgastes físicos. En octubre de 2002, mientras atendía la emergencia del huracán Isidore, que dejó en Yucatán 150 mil viviendas destrozadas, Vázquez Mota fue hospitalizada de emergencia. Según Miguel Székely, aquella experiencia fue la más desgarradora que había vivido hasta entonces la secretaria: muertos, heridos, niños llorando, albergues llenos de damnificados.

El periodista Germán Dehesa escribió: “Su voluntad de ser útil, de estar presente y de comprometerse con la ayuda a los damnificados, la llevaron a girar cheques tan desmedidos contra el banco de sus reservas físicas, que éste dio señales de quebranto: deshidratación, hipertensión, avisos de agotamiento”.

Vázquez Mota debía comparecer por esas fechas en la Cámara de Diputados: prácticamente al salir del hospital, se presentó en el recinto. El entonces coordinador de la bancada panista, Felipe Calderón, la recibió. Pero el aspecto de la secretaria auguraba dificultades. No lucía capaz de sostener una comparecencia de tres horas.

Cientos de diputados la vieron salir tambaleante del salón de sesiones y con el rostro descompuesto. El médico le ordenó que mantuviera el celular apagado durante 72 horas. Parecía imposible: Josefina se ha declarado adicta al uso del BlackBerry. Un periodista la definió como “un huracán de categoría cinco que con frecuencia tiende a destruirse a sí misma”. De algún modo, desde aquella tarde, la salud de Vázquez Mota se fue convirtiendo en un tema que cíclicamente sería colocado en el centro de su trayectoria política.

La coordinadora operativa de su campaña, María Dolores del Río, afirma que desde su arribo a la política Vázquez Mota decidió interponer una cortina de hierro que resguardara su vida familiar. “Si ahorita entrara mi hija, nadie sabría que es mi hija”, le dijo una vez.

Su esposo, Sergio Ocampo, ingeniero en informática egresado del IPN —y actual directivo en Maseca—, mantiene desde hace años un perfil discreto. Durante los últimos 12 se ha hecho cargo “de la escuela de las niñas y de lo que van a hacer”. El hecho de que una de las hijas de la candidata se haya negado a acompañarla en sus apariciones públicas ha desatado una andanada de rumores mezquinos: se insinuó, por ejemplo, que Vázquez Mota se avergüenza de ella. La propia Josefina ha declarado, sin embargo, que la joven desea hacer carrera por sus propios méritos, y no quiere “que la traten diferente”.

Josefina Vázquez Mota nació en 1961 en una casa de la colonia 20 de Noviembre. “No había dinero para nacer en el hospital”, le dijo a la periodista Ana Paula Ordorica. A falta de luz, el parto fue iluminado por unas velas. Su padre pudo hacerse concesionario de una o varias tiendas de pinturas Comex. Ella se recuerda subida en un bote, ayudando desde muy niña a atender el mostrador. En un video grabado en 1993, en el que Vázquez Mota dicta una conferencia, se le ve decir que procede de una familia de empresarios que ha logrado abrir una cadena de 170 tiendas en el país. La candidata no ha vuelto a hacer referencia sobre ese dato. Prefiere subrayar su paso por escuelas públicas, “como la gran mayoría de los mexicanos”, y vender un relato de superación personal.

Su historia —diría Carlos Monsiváis—, inicia clásicamente: estudia la vocacional en el Poli, conoce a Sergio Ocampo a los 15 años y se casa con él a los 23, un año después de haberse graduado como economista en la Ibero. En los años ochenta, cuando el partido hegemónico comienza a resquebrajarse, la figura de Manuel Clouthier le inspira su primera devoción democrática: “Yo salgo a las calles a seguir su liderazgo”, le cuenta Vázquez Mota a la periodista Ordorica.

Con el tiempo ocupa la Secretaría de la Mujer del CEN del PAN, conoce a “los líderes que surgen del sector empresarial o de la sociedad civil” (entre ellos, a Carlos Medina Plascencia), hace un diplomado en el ITAM, y cursa un programa de perfeccionamiento directivo en el IPADE. Reaparece como asesora de la Concanaco y la Coparmex, y recorre el país ofreciendo conferencias a grupos empresariales. Por algunas de ellas llega a cobrar seis mil dólares. Los domingos va a misa, y come con su familia.

Según María Dolores del Río, la conferencista Vázquez Mota tiene el don de comunicar ideas y transmitir emociones: mezcla el conocimiento académico con ideas de superación y libertad personal. Las mujeres se emocionan, le aplauden. Medina Plascencia, su descubridor, intenta hacerla diputada en dos ocasiones. “Las conferencias ya no alcanzan. Tienes que hacer algo más”, le dice. Ella declina el primer ofrecimiento, por consejo de su esposo. “Pero fue la última vez que le hice caso”, bromeará después.

La siguiente invitación ocurre en plena euforia foxista, bajo los aires de cambio que a la debacle del PRI recorren el país. Vázquez Mota acepta convertirse en diputada plurinominal por Chihuahua. Como vicecoordinadora de política económica de su fracción, le toca recriminar al secretario de Hacienda, José Ángel Gurría, el desastre social que el PRI le está legando al país: “Cinco millones de mexicanos subsisten con menos de dos dólares diarios, equivalentes a menos de 20 pesos, y peor aún, 15 millones de mexicanos sobreviven con menos de 10 pesos al día… La deuda más grande que hereda a los mexicanos la administración del presidente Zedillo es el bienestar para las familias que nunca llegó”.

Cinco años después, de la mano de Vázquez Mota —y según las cifras oficiales—, Oportunidades había llegado a 25 millones de personas, y cinco millones de hogares. Ella aseguraba que había abatido en 14 millones el número de pobres. Según María Dolores del Río, “era la secretaria favorita del presidente Fox”. Era mediática, fresca. Estaba lista para dar el salto.
—Como ninguna otra, Sedesol es una secretaría que permite caminar, conocer a ras de suelo el país —dice Tuirán.
Recuerda María Dolores del Río:
—En cada población del país había personas a las que los programas de Sedesol habían beneficiado. Josefina era una de las funcionarias más conocidas del gabinete.

El país venía del desafuero y marchaba al “¡Cállate, chachalaca!”. Eran días de discusiones, gritos y amistades rotas. Fox había corrido a Felipe Calderón de la Secretaría de Energía, y “cuerpeaba” a Santiago Creel para que contendiera por la candidatura. Desde abril de 2005 Vázquez Mota había hecho público su apoyo al “hijo desobediente”. Con Rodolfo Elizondo, fue la única funcionaria del foxismo que visitó a Calderón en su casa de campaña, cuando la elección interna del PAN definió su precandidatura a la presidencia de la República.

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Felipe Calderón inició la competencia en un lejano tercer lugar, y con un Andrés Manuel López Obrador que le llevaba más de 10 puntos de distancia. Al terminar el año, decidió que necesitaba otra imagen, otro discurso, otra estrategia. Invitó a Josefina a comer, y le propuso que se uniera a la campaña.

El equipo calderonista (Juan Camilo Mouriño, César Nava, Max Cortázar, Gerardo Ruiz Mateos, Ernesto Cordero, Javier Lozano) no la vio con buenos ojos. La química falló desde el principio. “La trataban de la chingada”, me dice un amigo suyo. “A diario era como vivir un año”, recordó Vázquez Mota. Desde dentro la acusaban de entorpecer la campaña, duplicar funciones y hacer que el grupo perdiera “toneladas de mística” (Cordero); desde fuera, de haberle entregado a Calderón los padrones de Sedesol, y desviar mil 800 millones para la compra de votos.

Los calderonistas terminaron excluyéndola. Uno de ellos le dijo al periodista Salvador Camarena que, cuando vino la campaña negra contra López Obrador, Josefina se veía fuera de foco: preocupada por la polarización y pensando más en el 3 de julio —la hora de construir y tender puentes—, que en la coyuntura misma.

Repudiada por el círculo, comenzó a viajar sin el candidato: le acercó sectores marginados, a los que el PAN no había tenido acceso; operó en comunidades campesinas, y se entrevistó con grupos empresariales. Recorrió el camino que había aprendido en Sedesol. Fox no le perdonó un discurso en el que dijo: “Calderón va a gobernar solo, sin parejas presidenciales”.

Cuando una votación cerradísima decretó el triunfo del PAN, Vázquez Mota —según varias filtraciones publicadas en la prensa—maniobró para irse a Gobernación. El grupo calderonista —al que según otra filtración ella bautizó como Los Pingüinos— murmuró al oído del presidente electo que, en el clima de encono que la elección había dejado, la cartera requería de un político rudo, y no de un conciliador.

Conciliar era la palabra que Calderón estaba buscando para llevarla al centro de su relación con la aliada que, en la pasada contienda, había cargado en su beneficio los dados de su inmenso poder político: la profesora Elba Esther Gordillo.
Se decidió: Vázquez Mota irá a la SEP.

Ahí la estaban esperando millón y medio de maestros, la lideresa más poderosa del país —23 años de antigüedad— y una secretaría tomada, colonizada por el sindicato magisterial (el SNTE). La esperaban, también, el yerno de la lideresa —al que Calderón había entregado la Subsecretaría de Educación Básica— y 24.6 millones de alumnos que, según el programa internacional de evaluación PISA, ocupaban el último lugar de los 30 países de la OCDE en lectura y matemáticas.

Aquí la descripción de Miguel Székely, subsecretario de Evaluación y Planeación durante la gestión de Vázquez Mota:
—La secretaría era un espacio más del sindicato. El SNTE hacía la política educativa, nombraba directores, ponía supervisores, repartía puestos y vendía plazas. Manejaba los departamentos y administraba los recursos económicos y humanos de la dependencia. Cuando localizábamos un procedimiento sin sentido, nos decían: “No se puede cambiar hasta que lo autorice el sindicato”.

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Vázquez Mota había llevado consigo, entre otros miembros de su equipo, a Rodolfo Tuirán y al propio Székely. El primer día, les dijo:
—Yo no voy a ser empleada de Elba Esther. Voy a ser la secretaria de Educación Pública.

Desde la mañana en que se reunieron con la lideresa por primera vez, supieron lo que se les venía encima. Relata Székely:
—Gordillo es poseedora de una inteligencia agudísima. Identifica rápido y trae bajo la manga diferentes estrategias. Si una no funciona, echa mano de otra. Siempre empieza por las buenas: su aproximación es amable. Luego, comienza a endurecerse.

La presencia del yerno de Elba Esther, Fernando González, en uno de los puestos estratégicos de la dependencia, restringía todo margen de maniobra. “La plaza estaba rendida de antemano”, escribe María Amparo Casar. Gordillo fingía ser la primera en admitir la necesidad de un cambio, pero luego desaceleraba. Cedía en algunas cosas, para mejorar su imagen pública, pero cuando resentía el costo entre sus bases operaba bajo el agua en sentido exactamente contrario.

Se repitió la historia: Vázquez Mota, dice Székely, “trabajaba de sol a sol, y también la luna”. Como nunca antes, su aspecto físico comenzó a lucir desmejorado. Sus hábitos laborales y sus presuntos trastornos alimenticios desataron toda clase de rumores. Algunos se escandalizaban porque, “además de todo”, la secretaria se había aficionado a la bicicleta fija. Entre que se decidía si era anoréxica o vigoréxica, “su piel morena se ha vuelto ceniza”, escribió Raymundo Riva Palacio.

El forcejo con Gordillo tomó un largo año. Vázquez Mota decidió replicar su esquema: establecer criterios técnicos, y no políticos. Impulsó un acuerdo que terminara con la venta de plazas —un negocio que, según sus propios cálculos, dejaba al sindicato entre tres mil y cuatro mil millones de pesos cada año (El Universal, 17/07/08)— y estableciera un mecanismo de selección de maestros a través de concursos públicos. Para eliminar un sistema de escalafón basado en el corporativismo clientelar, propuso que los incentivos magisteriales fueran proporcionados en función del resultado académico de los alumnos: sería necesario hacer un examen nacional a los educandos, “para tener un retrato exacto del sistema educativo”.

En julio de 2007 se filtró a la prensa que el subsecretario de Educación Básica, el yerno de Elba Esther, acababa de reprobar una materia en el doctorado que estaba cursando en la Universidad Iberoamericana. A los pocos días, en su casa de la isla Coronado, en San Diego, California, la lideresa magisterial le concedió una entrevista a Raymundo Riva Palacio. En la foto correspondiente se podía apreciar, al fondo, el paso de un velero y el azul del mar. Desde ese sitio, Gordillo externó su preocupación por la calidad educativa. Dijo que al frente de la SEP debía estar un pedagogo, “alguien que sepa”, y apuntó que Vázquez Mota “no sabe nada de educación”. Reveló también que, “cuando menos por descuido”, de la oficina de la secretaria salían informaciones tendenciosas, para golpearla.

En un intento por controlar los daños, se le pidió a Elba Esther que matizara sus opiniones y asistiera a la inauguración del ciclo escolar 2007-2008. Gordillo llegó a la escuela República de Costa Rica con una sonrisa que La Jornada calificó de “macabra”. Dirigió a Josefina un saludo frío, y dijo antes de irse: “Yo no tengo guerra con nadie”.

Pero la guerra seguía. Cuatro días más tarde, Vázquez Mota visitó el noticiario Primero Noticias y le dijo a Carlos Loret de Mola que la rectora de la política educativa era la SEP y no el sindicato. “Urge una reforma, y esa reforma debe incluir a todos los actores”.

La relación se recompuso por presión de Los Pinos. Vázquez Mota viajó a Los Ángeles para ver a la lideresa. Ésta le había reservado una suite de lujo, en la que aguardaban costosos regalos. Josefina se disculpó: “Muchas gracias. Reservé en otro hotel”.

En mayo del año siguiente se acordó, por fin, la firma de la Alianza por la Calidad Educativa. Una noche antes del acto, la secretaria recibió un nuevo obsequio de la lideresa, una bolsa cuyo precio rondaba los 40 mil pesos. También, una tarjeta en la que se le invitaba a usarla al día siguiente, como símbolo de amistad.
—Según el anecdotario —dice Luis Enrique Mercado—, los fotógrafos habían sido avisados: “Fíjense en la bolsa que va a traer Josefina”. El caso es que Josefina no la llevó.
Cuentan que se la mostró al presidente, para que éste tomara nota de la trampa, y que luego la dejó abandonada en un salón.

La Alianza fue mal recibida por el “magisterio democrático”. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) repudió los acuerdos —“cuyo único objetivo es abrir a la iniciativa privada la enseñanza para controlar la formación de millones de mexicanos como manos de obra barata”— y movilizó a 400 mil maestros de Oaxaca, Michoacán, Puebla, Tlaxcala y Guerrero. Se pretendía acabar, dijeron, con los derechos conquistados por el magisterio.

En ese clima se realizó a los maestros el primer examen nacional de conocimientos y habilidades docentes. La noticia fue que 67% de los sustentantes había reprobado. Con el argumento de que la difusión de los resultados asestaba un golpe publicitario que descalificaba a la planta de educadores del país, 23 mil maestros de Morelos suspendieron las clases. “Como en otros sindicatos, los maestros pertenecientes al SNTE teníamos el derecho de heredar nuestras plazas a uno de nuestros hijos”, argumentaron en un pliego petitorio. Las protestas se extendieron a Quintana Roo, Querétaro, Guerrero, Veracruz, Puebla, Guanajuato, Chiapas y Tlaxcala.

Mientras los docentes de Jalisco se movilizaban para pedir que se siguiera permitiendo la venta de plazas, Gordillo exigió ante la prensa que le demostraran que en el sindicato había venta de plazas.
—La relación se volvió políticamente intransitable —dice Székely.

El trato entre ambas se redujo al saludo protocolario. Se volvió imposible alcanzar acuerdos. La lideresa comenzó a saltarse a la secretaria: trataba todo con el presidente.
A Felipe Calderón le bastaba con el frente que había abierto al decretar la guerra contra el narcotráfico. No necesitaba, además, un problema con los maestros. El 2 de abril de 2009, luego de 28 meses de confrontación y desencuentros, Gordillo regresó urgentemente de San Diego. El 3 de abril se reunió con el presidente, y el 4 Josefina Vázquez Mota presentó su renuncia a la Secretaría de Educación Pública.

La decisión fue anunciada en el salón Ávila Camacho de Los Pinos. Ahí estaban Tuirán y Székely. No estaba el yerno de Elba Esther. Josefina apareció nerviosa —se lee en una de las crónicas del día— “con un temblor de manos que en varios momentos se volvió incontrolable”. El presidente tuvo que interrumpir su discurso durante varios segundos y la invitó a sentarse.

Cuando a ella le tocó el turno de hablar, se le vio asir con fuerza el atril. De acuerdo con La Jornada: “No pudo más. El temblor de su cuerpo le dificultaba pronunciar las palabras y reconoció estar muy emocionada”. Tuirán le ofreció una silla. “Ella respiró hondo varias veces y al cabo de unos minutos pudo ponerse en pie”.

“Ora por mí porque lo necesito mucho”, le había escrito en un mensaje de celular a una de sus colaboradoras, cuando iba camino a Los Pinos.

“Aquel ha sido el momento político más difícil de mi vida, pero está bien que los ciudadanos sepan que los políticos somos de carne y hueso”, dijo Josefina después.
—Las candidaturas presidenciales se construyen desde las secretarías de Estado, nunca desde el Congreso —afirma Luis Enrique Mercado.

Josefina Vázquez Mota le narró a Ignacio Lozano que, momentos antes de dar a conocer su renuncia a la SEP, el presidente se acercó a sus hijas y les dijo: “Les estoy pidiendo esto porque necesito a Josefina en el Congreso”.

Las lecturas políticas indicaban que, una vez descarrilado el proyecto en la SEP, Calderón quiso aprovechar las capacidades conciliatorias de Vázquez Mota, sus buenas relaciones con los dirigentes de otros partidos y con la mayor parte de los gobernadores, para sacar adelante las reformas que debían acompañarlo en el segundo tramo del sexenio. El estilo de Josefina contrastaba con el del presidente del PAN, César Nava, quien desataba torbellinos políticos a la menor declaración.

Josefina fue recibida en la Cámara como brazo ejecutor del presidente. Ni la misma bancada panista, conformada por 142 diputados, se hallaba del todo con ella.
Un mes después, había derrotado en una consulta abierta a Francisco Ramírez Acuña, y se convertía en la primera mujer que coordinaba diputados en la historia de ese partido.
—A los ocho días tomó a su cargo la defensa del presupuesto enviado por el presidente, y no sólo lo sacó adelante, sino que obtuvo ingresos adicionales por 300 mil millones de pesos —dice Luis Enrique Mercado.

Vázquez Mota llevaba la encomienda de impulsar las reformas política, laboral y hacendaria, que por órdenes de Enrique Peña Nieto el PRI estaba decidido a frenar. La coordinadora panista denunció que el freno obedecía a razones de orden electoral. Se enfrascó en una lucha de amarres que obtuvo pocos resultados. Al llegar 2011, según un miembro de su equipo, el PAN quiso tentarla para que peleara la gubernatura del Estado de México. Josefina, sin embargo, había hecho sus propios cálculos, y estaba decidida a desafiar el proyecto electoral del presidente.

“No participaré en el Estado de México —dijo—. En mi agenda de vida, en mi agenda política hay otros planes, y además estoy ocupada de lleno en los trabajos legislativos”.

Como se lo recordó Ernesto Cordero en la contienda interna del panismo, sus detractores se preguntaron cuáles eran aquellos trabajos legislativos. Durante los primeros 21 meses Vázquez Mota se había ausentado en 190 de 298 votaciones. No había tenido más que tres intervenciones. Sólo había presentado una iniciativa a título personal y cinco de manera colectiva. No había suscrito más que dos iniciativas, y no se había adherido más que a otras tres. Según un reporte de Animal Político, en ese lapso había recibido un sueldo de tres millones 150 mil pesos.

Josefina respondió que sus ausencias obedecían a que se encontraba “buscando consensos con sus pares, los coordinadores de otros grupos parlamentarios”. Argumentó que, además de las 108 votaciones en las que había participado, había registrado 74 asistencias por sistema y 42 por cédula, “mecanismo que permite a los diputados registrar su presencia aun sin encontrarse en el salón de plenos”.

No volvió a ocuparse del asunto. Meses más tarde, aunque era claro que Los Pinos querían otro candidato, renunció a la Cámara de Diputados para ir a buscar la candidatura a la presidencia de la República.
—Yo diría que la carrera política de Josefina ha sido fruto de la resistencia —dice su coordinadora operativa—. Siempre ha tenido todo en contra. Unas veces afuera del partido, y otras incluso dentro de éste. Desde hace 12 años su vida ha consistido en subir la cuesta.

Parecía una reedición de la campaña interna de 2006. Los funcionarios panistas arropaban a Ernesto Cordero, ex secretario de Hacienda. Los gobernadores le daban su respaldo público. El presidente conducía el descarte de los aspirantes que podían hacer sombra a su delfín: Alonso Lujambio, Javier Lozano, Heriberto Félix, Emilio González Márquez. Vázquez Mota sólo tenía el apoyo de un centenar de diputados.

“Nos fue ganando”, declaró uno de ellos. Su método: apapachar a los que gritaban, ceder al chantaje de los enojados, darle a los que protestaban más de lo que le pedían. Logró que los legisladores panistas le organizaran mítines y encuentros con la militancia. En febrero de 2012 arrasó en la elección interna del PAN con más de 50% de los sufragios.
—No era la candidata oficial —dice María Dolores del Río—. Su triunfo sólo se explica por los diputados, y porque supo echarse en la bolsa a las bases de 25 estados.

“El huracán categoría cinco que con frecuencia tiende a destruirse a sí misma” inició su campaña con estadios que se vaciaban y bajas de presión que la obligaban a sentarse a mitad de sus discursos. Fue corrida de un puesto de quesadillas, resintió el abandono del grupo calderonista, y las declaraciones cargadas de resentimiento del ex presidente Fox.
—Al final de cuentas —dice su coordinadora operativa—, remar contra la corriente, vencer sus limitaciones, es la historia de su vida. Así empezó en Sedesol, así se sumó a la campaña de 2006, y así, a la contra, tuvo que pelear cuando estuvo en la SEP.

Josefina le dijo a Denise Maerker: “¿Sabes una cosa? Yo ya gané. Soy la primera mujer panista que logra llegar hasta este punto. Ahora sólo falta que también el PAN quiera ganar”.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Entre sus libros: La perfecta espiral, Marca de sangre y El secreto de la Noche Triste.