El pasado se recupera en atisbos. Y trastorna el presente con su aire desconocido, a pesar de cuánto nos ha dicho la intuición que pudo ser.

abrigo

Hace unos días, la suave mujer que alberga el nombre de mi prima Adriana, trajo a la comida una carta en la que nuestro bisabuelo, el abuelo materno de nuestras madres, le pide a su futuro padre en la ley permiso para casarse con su hija.

Era el año 1881.

Dickens tenía sesenta y nueve, Manuel Payno setenta y uno, Guillermo Prieto sesenta y tres, Porfirio Díaz cincuenta, Carmen Serdán seis. Amado Nervo tenía once, Emiliano Zapata uno. Nuestra bisabuela veinte.

¿Quién no ha imaginado el siglo diecinueve? Algunos escribimos libros que ahí suceden, tantos hemos leído las novelas de aquel tiempo que a veces despertamos creyendo que allá estuvimos con los cinco sentidos y todas nuestras emociones. Sin embargo, somos este pedazo de presente y mil veces olvidamos las costumbres de los ancestros cuando vemos a nuestros hijos enamorarse, ni se diga cuando fundamos nuestros propios amores.

Que todo se ha ido haciendo distinto, y que en nuestra casa el matrimonio es una institución que aún no hemos visto desfilar con su vestido blanco, nos parece lógico, incluso indeleble. Pensamos que está en nuestra índole descreída el desapego a las ceremonias ancestrales, que jamás hemos de añorar el modo en que los amores de antes buscaban su camino.

Sin embargo, adivinar si la nostalgia ha de tomarnos algún día. Porque a veces nos reta sin más. Como ahora que la hija de mis amigos entra con naturalidad a una boda con todas las de la ley. Anillo, pedida, iglesia, regalos, donas, dote, vestido concelebrado por varias modistas y cuanto festejo deba acompañar el asunto.

Yo me fui a vivir con mi cónyuge de un día para otro y sin más participación a la pobre de mi madre, que un breve aviso tres días antes. En una semana la vi adelgazar cinco kilos, segura de que estaba haciendo un tango silencioso que yo no debería reconocer como aflicción y frente al que pasé de largo sin disculpas. Sin imaginar un minuto que de mi soberana actitud vendría una tarde la pena de haber causado pena.

Luego tuve hijos y ella los adoró sin volver a recordar cuál había sido el origen insólito de la alianza que los trajo. En medio del trajín que fue mi vida durante su infancia, cuentan que resulté una mamá en sus cabales. Aunque pareciera loca cuando les enseñé el mar o me abrigara el júbilo de convivir con el emancipado candor en que crecieron. Que la inocencia la irían perdiendo en trechos, igual que todos, que de la ingobernable libertad habrían de hacer su pan, porque nada más regio podíamos enseñarles, lo supe como sé de la luna y sus mapas. Y que en ambas habría que estar cercanos, pero impávidos, quise saber sin predecir cuánto.

Hasta ahora que van haciendo su vida me pregunto si han de echar en falta las costumbres que nuestros pies borraron de su arena, si lo que quise para ellos resultará lo mejor.
Sin duda me lo pregunté al mirar la carta. ¿Cuánto de los tiempos y los modos de sus tatarabuelos quedará en el espíritu de mis hijos? Porque hay algo en el fondo de la petición escrita por mi bisabuelo, que quizá en estos años de abismos y rupturas puede necesitarse.

Me voy a dar el lujo de transcribirla, para que conste cómo suena a un río del que ya no tenemos memoria.

Era el mundo redondo y en aquella familia parecía claro en dónde estaba el bien hacer. El país apenas había salido de una guerra y no tardaría en llegar otra, pero aquello no lastimó la devoción con que se tramaba el destino.

Imaginen un papel de impecable gris, con monograma, en el que se lee:

En Arroyo Zarco, a 24 de marzo de 1881
Querido tío Antonino:
Con pena paso a distraer su atención, para ocuparla en un punto en que me hallo vivamente interesado. Como verá Usted por la carta de papá que tengo el gusto de acompañarle, abrigo el deseo de unirme a mi apreciable prima Deifilia, bajo el lazo indisoluble del matrimonio. Algún tiempo después de haber manifestado a mi citada prima estos sentimientos, ella me contestó que podía dirigirme a sus padres, lo que verifico hoy por medio de la presente, suplicándoles a Usted y a tía Chonita que si lo tienen a bien accedan a mi pretensión, hija del inmenso amor que profeso a Deifilia, inspirado por las relevantes cualidades que la adornan. Comprendo lo delicado que es para un padre dar una resolución como ésta, en que se trata de la suerte de una hija pero, a la vez, abrigo la esperanza de que Usted y tía Chonita, convencidos de que mis deseos nacen del fondo de mi alma, consentirán en mi enlace con Deifilia augurando así nuestra felicidad.
Con gratos recuerdos para toda la familia, se despide de usted su sobrino: Diego Ramos Lanz.

Todos los apellidos de mi familia materna vivían en la sierra alta de Puebla, y habían llegado ahí, unos antes que otros, pero ninguno hacía más de un siglo. Quién sabe cuándo se habrán hecho parientes, pero esto que ahora parece raro debió ser común, porque los bisabuelos eran primos y en la carta todo hay menos la duda de un impedimento por causa de consanguinidad. Eran primos y ya. Se casaron, se quisieron, tuvieron siete hijos y les vivieron tres. La revolución pasó por encima de ellos y de su tierra, pero en su cándida reverencia a las costumbres en que crecieron no hubo merma. La vida sólo se hizo distinta en sus bisnietos y ellos ya no estuvieron para vernos.

Ahí hay una novela, como en todo, pero no es por eso que traigo a cuento la carta sino porque evoca una plegaria a la que de repente podríamos acudir.

Sé que esta alianza que ahora tienen nuestros hijos no necesitó ningún permiso, pero creo que en algún momento, mientras la hacían, le cupo el mismo viejo temblor de tantos. Trae aparejada la misma duda y las mismas certezas. Ya no es a los padres a quienes se les entrega el destino, es a sí mismos y al modo en que tejan su vida que irá debiéndose cómo han de quererse, en dónde, si han de brotarles hijos, si sus deseos han de coincidir con su rumbo.

Me detengo frente a la incertidumbre del bisabuelo pasando a distraer la atención de su tío. Qué giro extraño: “pasar a distraer”. Se oye lejano, pero sin duda todos los enlaces “pasan a distraer” a los padres. ¿Qué pensarán los papás de mi nuera con esta distracción? ¿Con qué tipo de paz han de aceptar que no llegue la carta diciendo cuánto abriga un deseo el hombre joven que va con su hija al cine y a viajar y a la luna? Sé que a mí nadie va preguntarme si mi hija puede vivir en Los Ángeles, novia de un hombre inteligente y noble que la quiere como sólo ellos saben, sin más pregón que su cercanía. Investigar qué es lo que tengan a bien los padres es un asunto que aquí se acabó hace dos generaciones. Y ya no es pionera la madre que esto acepta, ni es heroico el padre.

El lazo indisoluble del matrimonio, el inmenso amor, las relevantes cualidades, el fondo del alma, no se ponen por escrito con la solemnidad acuciosa de aquel tiempo. Al menos no en mi casa y no desde los padres de mis hijos. Pero ahí están. Y esto nos queda claro a todos.

Nosotros no alcanzamos ni a pedir permiso ni a pedir perdón. Enseñamos a los hijos a ser libres y con eso les dimos carga suficiente. Ése fue nuestro modo de augurarles tal cosa como la inexorable felicidad en que confiaron los bisabuelos. Lo demás está en sus manos. Abrigo la esperanza de que hayamos tenido razón.

Ángeles Mastretta.
Escritora. Autora de Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.