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Cuando estaba en la escuela primaria, Yuriko se dijo: “Siento tanta pena por Umeko, que tiene que usar un lápiz más pequeño que su pulgar y que carga el viejo portafolios de su hermano mayor”.

Yuriko

Así, para igualarse a su más amada amiga, cortó su lápiz en muchos pedacitos con la pequeña sierra que venía con su cortaplumas. Y como no tenía un hermano mayor, llorando les pidió a sus padres que le compraran un portafolios de varón.

Cuando estaba en la escuela secundaria, Yuriko se dijo: “Matsuko es tan bella. Sus lóbulos y sus dedos se ponen rojos y se cuartean con la helada. Es adorable”.
Así que, para ser como su más querida amiga, se enjabonó las manos durante largo rato en una palangana con agua fría, y luego se humedeció las orejas, y partió hacia la escuela con el frío viento matinal.

Se graduó y se casó, y no es necesario aclarar que Yuriko amaba a su marido con locura. Así que, imitando a la persona que más amaba en la vida, se cortó el pelo, usó gruesos anteojos, se dejó crecer la pelusa sobre el labio superior con la esperanza de que pareciera un bigote, fumó pipa, saludaba a su marido campechanamente, caminaba con paso elástico de hombre, e intentó alistarse en el ejército. Lo increíble era que su marido le prohibía cada una de estas cosas. Hasta se quejaba de que vistiera ropa interior bajo la suya. Hacía feas muecas cuando ella, para imitarlo, no usaba lápiz labial ni polvo. Y al verse así estorbada, su amor por él, como una planta a la que le hubieran tijereteado los brotes, lentamente se fue marchitando.

Pensó “qué desagradable es, ¿por qué no me permite hacer lo mismo que él? Es tan triste no ser igual a la persona amada”.

Y así Yuriko se enamoró de Dios. Le rogó: “Dios, por favor muéstrate. De alguna manera, muéstrate. Quiero tomar Tu apariencia y obrar como Tú”.

La voz de Dios, fresca y clara, llegó como un eco desde el cielo. “Serás un lirio, como el ‘yuri’ de tu nombre. Como el lirio, no amarás nada. Como el lirio, amarás todo”.
“Sí”, respondió dócilmente Yuriko y se convirtió en lirio.

Fuente:
Yasunari Kawabata, Historias en la palma de la mano (trad. Amalia Sato), Emecé, Buenos Aires, 2005.