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Las peleas de gallos son un juego muy antiguo, pues se celebraban en tiempos remotos en la India, Persia y China. Llevadas a Inglaterra en 1681, fueron diversión de reyes y pronto se popularizaron. Cromwell las prohibió. Se introdujeron en México antes que en Europa, quizás procedentes de las Filipinas y aquí alcanzaron un auge que no tuvieron en ningún otro país, debido al temperamento mexicano y al vicio por el juego. No se concebía fiesta religiosa, profana o ferias, sin peleas de gallos. En la mayor parte de las ciudades y pueblos había palenques. Fue diversión socorrida por los poderosos y por la plebe. En la ciudad de México había peleas de gallos diariamente, tan concurridas que fomentaban la holgazanería y fueron prohibidas en varias ocasiones; pero sin resultado. En 1686, a instancias del arzobispo, el virrey las prohibió y “ofreció indemnizar al asentista —empresario— de las ganancias que le rindieran”. (Al gobierno le producía sólo mil 720 pesos anuales.) Y en vez de acabar con las peleas de gallos, se hizo de ellas una industria, criándose gallos exclusivos para pelea; tuvieron sus reglamentos especiales. Con Santa Anna, vicioso del juego de gallos, las peleas alcanzaron gran importancia durante sus dictaduras. El guerrillero Pancho Villa también fue muy adicto a ellas. Dice Rubén M. Campos —Folklore literario de México—: “Don Alfonso Flores tenía un gallo-gallina llamado ‘Centella’, que ganó en tres ferias seguidas en Aguascalientes; llevaba el gallo dos arracaditas de oro en las orejas. La última vez que peleó le rayaron la caña, lo que originó que se chorreara y quedara inútil para la pelea, por lo cual se le dedicó a la cría. Siendo gobernador de San Luis don Alfonso Flores se lo llevó Tomás Urbina, segundo de Francisco Villa, al Ébano y ahí lo mató… El general Rincón Gallardo tenía tal pasión por los gallos que entraba a jugar a las diez de la mañana, duraba todo el día y toda la noche y se retiraba al amanecer a descansar, para volver por la tarde, durante las fiestas de San Marcos, infatigable a pesar de sus sesenta años”.

Fuente:
Leopoldo Zamora Plowes, Quince Uñas y Casanova Aventureros (prólogo de Josefina Zoraida Vázquez), Editorial Patria, México, 1984.