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Hace más de tres lustros y guiado por la más inocente curiosidad literaria, me di a la empresa de compilar una antología de nuevas voces mexicanas, que entonces parecían encontrar cabida en la redonda década de los nacidos entre 1960 y 1970. Quise hacer algo original y, luego de leer y seleccionar a los narradores que más me entusiasmaban —que en un inicio eran muchos, casi todos incluidos en la Dispersión multitudinaria reunida por Leonardo Da Jandra y Roberto Max y publicada en 1997 por Joaquín Mortiz—, invitarlos a escribir un cuento que ocurriera en una ciudad ajena a ellos y en la que, preferiblemente, nunca antes hubieran estado.

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Llegó la hora en la que me encontré con 21 textos en mi haber, algunos de ellos magníficos y todos en mayor o menor medida legibles. La muestra respondía con creces a las preguntas que me hice al esbozar el proyecto, cuyo título de trabajo no era otro sino “Ciudades ajenas”: ¿Qué escriben los autores de la generación a la que pertenezco y qué puedo aprender de ellos? Sin embargo, un tropiezo existencial me hizo dejar el proyecto a un lado y me desentendí de las muchas hojas impresas.

Para mi sorpresa, el proyecto se transformó en sólido rumor y, hacia el otoño de 1998, Aurelio Major, editor y leyenda que regresaba al terruño invitado por Tusquets para transformar la filial mexicana del sello barcelonino, me invitó a comer. Sin más preámbulos, me dijo que quería publicar “Ciudades ajenas”, pero que teníamos que depurar el manuscrito (y, esto me lo dijo más adelante, cambiarle el título).

No sin una nutrida discusión con mi nuevo editor y alguna que otra pelea con las voces convocadas y luego no requeridas al festín, logré reducir la lista a 13 escritores. El libro estuvo listo a finales de 1998 y, bajo el título de Una ciudad mejor que ésta, se lanzó en enero de 1999, año en el que el Crack hizo boom y la literatura mexicana, tanto comercial como experimental (para no decir pura y dura), comenzó a cruzar nuevamente el Atlántico llamada por las sirenas peninsulares.

A una década de la aparición del que fuera mi primer libro, aunque no mi primera obra, y perdida la inocencia originaria, la cosquilla de la curiosidad volvió a tocar a mi puerta, otra vez revestida de pregunta: ¿Qué y cómo escriben los autores nacidos, por decir algo, a partir de 1975? Decidí, entonces, armar otra antología, pero bajo una consigna distinta: en esta ocasión presentaría más voces y el ánimo sería si no desbordado, sí más inclusivo. Al final el número elegido fue 21 (aunque bien pudo haber sido 33, porque material había: en un impulso tuve la idea de hacer una antología en tres volúmenes, con tres prólogos de críticos y lectores distintos, más una introducción mía) y acabó en 22.

En esta ocasión, sin embargo, el rumor se desvaneció en el aire y, pese a que lo hice circular, ninguna editorial llamó —ni ha llamado— a mi puerta para disputarse el volumen. No deja de ser curioso que, durante el tiempo en el que leí y convoqué autores, la versión en español de la revista Granta —famosa por haber reunido, allá por los ochenta, al espectacular Dream Team de narradores británicos: Amis, Barnes, Ishiguro, McEwan, Rushdie, por mencionar a los cinco más evidentes—, cuyo portavoz y editor no es otro sino Aurelio Major, anunció que publicaría una edición dedicada a los mejores narradores hispanoamericanos jóvenes (es decir: menores de 35 años).

La polémica de Granta en español fue fugaz pero intensa, sobre todo en nuestro caso: en su lista de 22 narradores nada más se contó con un mexicano: Antonio Ortuño, habitante de su natal Guadalajara. Lejos de lo ocurrido en 1999, en 2011 las editoriales españolas no se desvivieron por repatriar mexicanos: por un lado, los sellos independientes parecían haber cubierto su exigua cuota y no tomarían sino riesgos mínimos; por el otro, los monstruos transnacionales no vieron nada lo suficientemente comercial como para contratarlo. Todo, pues, siguió igual. Y pasó la turbulencia.

Ahora bien, además de lo que escribe Ortuño, que es muy bueno, hay más voces que conforman un conjunto —generacional, si se quiere verlo así— que nos habla de una sanidad literaria, aunque se guste de decir lo contrario. De entre las 22 que yo elegí para la antología que no fue, hay una docena que bien podrían servir de muestrario, y aquí las presento no a manera de mapa, sino de pequeño cosmos, agrupadas cada una en su correspondiente planeta narrativo.

Riesgo y resistencia: Literatura en estado puro
Luego de más de 10 años invertidos en su escritura, por fin verá la luz Las moradas (Periférica, Cáceres, 2012), primer libro de Nicolás Cabral (Córdoba, Argentina, 1975). El libro, que conocí casi desde su concepción y en las múltiples variaciones de su work-in-progress, no puede ser sino un portento. Fruto de una lectura crítica y de una idea tanto literaria como política del mundo, lo realizado por Cabral es un reto a cualquier convención o práctica narrativa actual. A través de nueve relatos y una nouvelle que bien pudo haberse publicado aparte —es el punto más alto del libro—, nuestro autor explora la noción de espacio y su vínculo con el lenguaje como acción, aunque en realidad y en el fondo lo que uno lee es la transformación del lenguaje en un espacio en sí mismo. El resultado es una obra que sacará de balance a cualquier lector habituado a la comodidad de la palabra digerida y protegida por la habitual paja: alérgico al desperdicio y al vacío de ideas, Cabral nos ofrece una serie de eventos literarios tanto éticos como políticos, sin dejar de lado lo histórico materialista.

En las antípodas del mismo planeta y orbitando el mismo sol se encuentra la Siembra de nubes (Praxis, México, 2011) de Oswaldo Zavala (Ciudad Juárez, 1975). Obra que ensaya un diálogo y una crítica de nuestra literatura contemporánea fundacional (Borges, el Boom, Bolaño, con escala obligada en Rulfo), lo conseguido por Zavala es un desplante tanto de lucidez como de inteligencia y afecto, elementos mediados por un humor epifánico y que buena falta le hacía a nuestras letras. Presentada como un embarazo —nueve apartados-meses ligados por una serie de intervenciones seriales a manera de trama— y narrada por un padre que le habla a su hijo nonato, Siembra de nubes es una novela de academia que se escapa de la academia —pensemos en un Ricardo Piglia sin ataduras, accesible para los lectores no del todo avezados—, un acto de alquimia o de magia perfecto que deconstruye, a la vez que reconstruye (o huiquifica), una historia literaria conocida o intuida por todos, así como la visión y la vivencia personal de dicha literatura, con epicentro en Ciudad Juárez.

Un trío más de voces que encuentran cabida en este conjunto son la del aún inédito Óscar Benassini (ciudad de México, 1981), cuyo relato “Padres fundadores” da noticia de un proyecto de altos vuelos creativos (se le puede leer en la edición número 77 de la revista de artes La Tempestad), así como las de Agustín Goenaga (ciudad de México, 1984) y Gabriel Wolfson (Puebla, 1976), respectivos autores de las novelas La frase negra (Era, México, 2007) y Los restos del banquete (Libros Magenta, México, 2009).

La brevedad domeñada
Escritor prolífico y Miura por naturaleza, el ya mencionado Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) es un novelista aguerrido que ha encontrado su descanso, así como uno de sus mejores momentos, en el ejercicio del cuento. Ahí donde sus tres novelas han migrado inquietamente de sello editorial y se han superado una a la otra (nadie escribe como Ortuño ni tiene una fiel legión de lectores como él), sus colecciones de cuentos se han mantenido fieles a la misma casa; la segunda de ellas, La Señora Rojo (Páginas de espuma, Madrid, 2010) es, a mi gusto y no de manera superlativa sino precisa, una obra maestra temprana y un clásico a destiempo que cobrará peso en su andanza hacia el futuro que en sus páginas intuye y relata.

Otro habitante del mismo astro es Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977), autor de un libro desmarcado y único y del que ya hablé previamente en una edición anterior de nexos: Cosmo-nauta (Tierra Adentro, México, 2011), una de las mejores colecciones de cuentos aparecida en México en la última docena de años. Este año verá la luz su primera novela, que es en realidad una nouvelle de fina hechura y que transcurre en los linderos del saturado terreno de la evidente violencia nacional: El invierno nos mantuvo calientes bajo la nieve (Mondadori, México, 2012).

Descubro una promesa alcanzada en Elizabeth Flores (ciudad de México, 1980) y su Punto de fuga (Ficticia, México, 2011), conjunto de narraciones las más de las veces brevísimas y que no son sino variaciones sobre un mismo tema: la muerte y todas sus máscaras, desde la amenaza de su guadaña hasta la contemplación de su ejercicio. Si alguien ha sabido narrar un cementerio —una serie de cementerios, en realidad—, esa es Flores, si bien su libro no es una lápida sino la puerta abierta a una voz literaria conseguida.

Aquí hay que mencionar al aún inédito César Albarrán (ciudad de México, 1978), escritor paciente que ha sabido postergar la publicación de una obra temprana, concentrado en la depuración a cuentagotas de una voz y un estilo notables, presentes en cuentos como “Pitbull”. Hay escrituras que son descubrimientos —sobre todo para su propio creador—, y es esto lo que ocurre con aquella pergeñada por Albarrán: estamos ante una prosa orgánica, viva, que funciona como una sutil enredadera que va ocupando, detalle con detalle, la integridad de un sólido muro, su respaldo literario.

Otros cuentistas que hay que nombrar son: Úrsula Fuentesberain (Celaya, 1982); Mariño González (Guadalajara, 1977), autor de Vietnam (Arlequín, Guadalajara, 2005, 2010); Gabriela Jáuregui (ciudad de México, 1979), autora del poemario Controlled Decay (Akashic Books/Black Goat Press, Nueva York, 2008); René López Villamar (ciudad de México, 1979); Guillermo Núñez Jáuregui (ciudad de México, 1982) y Mauricio Salvador (ciudad de México, 1979), autor del libro digital El hombre elástico y otros cuentos (Rango Finito, London, Ontario, 2011).

El ensayo ficticio o la ficción ensayada
Pese a la evidente voluntad ensayística de su primer libro, Valeria Luiselli (ciudad de México, 1983) es una narradora de carácter híbrido o centáurico: en Papeles falsos (Sexto Piso, México-Madrid, 2010) hay una novela ulterior o subrepticia, hilada por una serie de paseos argumentales y crónicas semántico-librescas, vencidas siempre por la propia experiencia de su autora y sus ficciones vivenciales. Más allá del pandémico ensayo de ocurrencias o nimiedades, lo escrito por Luiselli es el registro de su iniciación, entendimiento y conquista última de la escritura, una especie de génesis literario en el que se exploran los recovecos (o relingos, como mejor nos diría ella) de una existencia que no se entiende sin la palabra a la vez leída y escrita.

Algo similar ocurre con Brenda Lozano (ciudad de México, 1981) y Todo nada (Tusquets, México, 2009), primera novela que esconde en el corazón de su semilla un ensayo crónico siempre latente y que florece en la prosa de una ficción, por así decirlo, autorreferencial (o, mejor aún, una suerte de autoficción).

El príncipe de los puercos

Autor que ha hecho de la provocación un arte —no sólo a través de su escritura sino como figura metaliteraria—, Carlos Velázquez (Coahuila, 1978) ha escrito un libro que se sostiene por sí solo en sus cuatro magníficas pezuñas: La marrana negra de la literatura rosa (Sexto Piso, México-Madrid, 2010). Los relatos de Velázquez trastocan el burdo devenir cotidiano y hacen de lo popular —y de todo aquello que las más de las veces nos provoca repeluz— una experiencia estética.

Del otro lado del cerco encontramos a un provocador silencioso y discreto —vgr. un lobo disfrazado de Borrego—, alérgico al mundanal ruido y decididamente fugado de nuestra estridente pero reducida republica de letras: Luis Panini (Monterrey, 1978), autor de una especie de caja de Pandora narrativa única en su género: Mala fe sensacional (Tierra Adentro, México, 2010), libro que revisa la cuentística más clásica y la mezcla con el amarillismo de ocasión, para conseguir una serie de finas y sangrientas estampas que no son más de la misma violencia, sino literatura en sí.

Difíciles de encontrar cabida en algún apartado por la potente originalidad de sus obras, encontramos a un par de voces procedentes de Puebla y antiguos alumnos del recién fallecido Daniel Sada, el dadivoso tallerista de esta generación: Jaime Mesa (Puebla, 1977) y Eduardo Montagner (Chipilo, 1975), autores de las novelas Rabia (Alfaguara, México, 2008) y Toda esa gran verdad (Alfaguara, México, 2006), respectivamente.

Las metamorfosis
Lectora consumada de Clarice Lispector y Jesús Gardea —sus objetos de reseña y estudio—, Daniela Tarazona (ciudad de México, 1975) consiguió sacudirse las influencias y destilar la voz propia en El animal sobre la piedra (Almadía, Oaxaca, 2008; Entropía, Buenos Aires, 2011), lograda novela que no encuentra más parangón que sus propias páginas. La novela de Tarazona es un retrato a la vez alegórico y kafkiano de la metamorfosis de una vida en obra, de una existencia en objeto, además de un espeluznante y acertado retrato de la maternidad y su conflicto.

En un renglón aparte, aunque en la misma órbita, aparece Moho (Tierra Adentro, México, 2011), primera novela de Paulette Jonguitud Acosta (ciudad de México, 1978), obra que acaso parece retomar la estela dejada por Amparo Dávila (Pinos, 1928) y prolongada por Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964). En su revisión del pasado reciente y lejano, la protagonista creada por Jonguitud sufre una transformación que la convierte en el cáncer de su propia historia, una historia familiar malograda y perversa que raya en el horror o la fobia a “lo cotidiano”, si bien nuestro devenir cotidiano termina por ser el victimario que, al final del día, nos acosa y vence.

Finalmente, descubro en La última partida (Tusquets, México, 2008) una narración que, más allá de su temática y sus recursos de corte fantástico —y cuando digo lo anterior pienso más en Henry James, Edgar Allan Poe y sus epígonos hispanoamericanos—, responde al derrotero de la mejor literatura anglosajona decimonónica, trasladada al presente de nuestra lengua: es Gerardo Piña (ciudad de México, 1975) un escritor difícil de encasillar, lector portentoso y crítico de valía que ha sabido no enclaustrarse en la academia ni lanzarse de bruces al escenario editorial espectacular. Si algo termina de quedarnos claro al leer a Piña, es que tanto la ciencia ficción como la fantasía no son géneros menores, sino excusas editoriales para crear subsellos y colecciones engañosas. Al final del día, hay o no hay literatura, géneros o clasificaciones aparte; y eso es todo. La obra de nuestro narrador, así como la de los 21 que lo preceden en este comentario que aquí concluye, es prueba fehaciente de lo primero.

Un breve colofón: Al cierre de esta edición, debo anotar mi descubrimiento de una nueva voz, la número 23, y que corresponde a Édgar Omar Avilés (Morelia, 1980), autor de Cabalgata en duermevela (Tierra Adentro, México, 2011), libro de cuentos más literarios que fantásticos o de horror —el subgénero en el que no me atrevería a insertarlos—, en los que descubro a un notable prosista, uno más que nutre este amplio y aún abierto mapa narrativo.

David Miklos. Escritor. Su más reciente libro es La vida triestina.