Tenía treinta y cuatro años, vivía en Estados Unidos trabajando como bracero y con frecuencia me preguntaba qué carajos me impedía convertirme en escritor sin agotar mi energía con trabajos pesados y la monotonía adictiva de la rutina diaria. Algunos años después, ya en México, entendí que para lograrlo necesitaba ordenar mi pasado lleno de vivencias y recuerdos angustiantes. Literatura es expresión, no manipulación de las emociones.
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