Por obra y gracia de la pequeña ventana horizontal que da hacia el sur, en mi estudio, un atardecer, en enero de 2006, vi salir dos lunas. De repente surgió entre las hojas del árbol, la primera: una sonrisa irónica y dichosa. Caminé hasta ella y desapareció. Estaba del otro lado, asomándose enfrente, burlándose de mi confusión. Resulta que la raya de luz reflejada en el árbol, cortándolo durante el día con una franja blanca, en la noche se vuelve un espejo. Y allá es que vi otra luna. “Así es la arquitectura, dual, como la vida misma”, escribí entonces en un tono que ahora me parece pretencioso, para un cuaderno de notas, pero como si algo anticipara que ese año sería arduo y ambivalente. Un tiempo con dos lunas en lugares opuestos.

lunas

No me gustan los años de elecciones. Aún no aprendo a lidiarlos. Por eso hasta hace poco veía venir éste con una mezcla de curiosidad y espanto. No creo en las profecías que predicen calamidades, pero no me queda más remedio que aceptar la posibilidad de que existan cuando las tengo casi enfrente. Ni voy a enumerarlas, porque entre los lectores de nexos no hay quien las ignore. Para mí, aparte de los tantos que son de todos, el daño más certero es la discordia.

Crecí en un mundo que se negó a creer en la ignominia, empeñado en enseñarles a los hijos la esperanza como una virtud teologal, la inocencia como un don. En medio de semejante ahínco, la política era un asunto que sucedía en otra parte, a la que solamente entraban los ladrones, los abusivos, los arbitrarios, los temibles esperpentos de los que era mejor ni hablar. Sólo recuerdo una discusión política: tenía yo doce años cuando mi papá puso en duda las bienaventuradas cualidades de Franco. Nos fuimos de la fiesta. Mi papá regresó de la guerra en Europa con tal desaliento que el primer asustado con sus palabras había sido él. Entre todas las virtudes de su esposa estaba la de tener un familia que negaba el espanto, gracias a eso él había podido unirse a ella sin contarlo. Nada más quería por sobre todo. Así que cuando mi mamá se levantó de la mesa con la suavidad de una reina enigmática, quedó claro para todos que nada era más digno de nosotros que olvidar el litigio. Porque sólo pesadumbre podía salir de ahí.

No sé cuánta razón habría en esos silencios, pero sé que nos cuidaron del rencor y que, de repente, al evocarlos, parecen un tesoro. Sé también que por eso detesto pelear. Porque lo que se marca en la infancia vuelve, de repente, como una luna apareciendo tras la verdadera ventana. Sin quitarle valor a la luz del espejo con la que hicimos otra parte de la vida, pero dándole sentido a su contrario.

Lo que desde los años setenta, hasta hace muy poco, me resultó un deber irrevocable y una obligación feliz: emitir opiniones, censurar, librar batallas ideológicas, estar en desacuerdo con todo el cuerpo, y ni se diga el alma, ahora ha vuelto a costarme muchísimo trabajo. Ya creo, sobre todo bien, en el de los afectos. Por eso veo venir este año con temor. Porque no quiero pleitos. Y parece que habrá algunos aún si nos atenemos a la sabiduría del silencio. Porque habrá quien oiga lo que no decimos. Está nuestro mundo público tan lleno de opiniones y tan escaso de ideas, que cuando las encuentro y me parecen lúcidas, me hago de ellas y las guardo sin más. Pero no quiero dar la vida, ni la salud, ni el ánimo, ni los cariños, a cambio de eso.

Desde 1994, pensando incluso en el 2006, no temía yo la discordia como ahora la temo. No porque fuera menor, sino porque me sentía con más fuerzas para el litigio. Entonces fue imposible levantarse de la mesa y salir de la fiesta cuando se puso impertinente. Tampoco ahora me iré, pero me he propuesto negarme a los disgustos y siento en el ánimo de otros un deseo parecido. Hay quienes creen que si esta actitud crece habrá de crecer el voto nulo. O la abstención. Adivinar. Yo me he vuelto una pregunta ambulante.

Sé que nuestro país ha sufrido muchas veces las diferencias y que el pleito ha llegado hasta la guerra, no he de ser desmemoriada ni de olvidar una historia que aprendí tarde, sé que no estamos en ese precipicio, pero que el horror haya sido aún más grande, no nos quita de padecer las divergencias que amenazan con lastimar este año. Y como será cosa de meditar las elecciones, habrá que disponerse a disentir sin pleitos y a elegir sin beaterías.

Temo que otra vez vuelva el litigo, recuerdo con aprensión los días en que era difícil no encontrar en casi cada día mil diferencias. Entiendo ahora por qué tantos de nosotros crecimos en sociedades que imaginábamos acalladas por el miedo y que tal vez sólo habían aprendido a ser prudentes tras una guerra civil, tan célebre, celebrada y atroz como la Revolución mexicana.

Todos los días un montón de noticias contrarias nos tocan los oídos y nos llenan de dudas. Y a cada rato descubrimos a alguien que ha convertido nuestra duda en la certeza de algo espantoso. ¿Y cómo librarse del pleito? “El presidente es un asesino”, dice alguien. ¿Cómo callarse el “no es cierto”? “López Obrador odia al país”. ¿Cómo callarse el “no es cierto”? “Todos los priistas son autores de cuanto mal le sucede a la patria”. ¿Por qué ahorrarse el trabajo del “no creo”? ¿Cómo construir los matices? Hasta hace poco me parecía imposible.

Durante el horrendo 1994 intenté educarme en la sabiduría de callar cuando la política, ese remolino de discordias, irrumpía en la conversación. En aquel tiempo, como en éste, todo los días. Con tal intento no quería decir que el destino del país fuera a tenerme sin cuidado, ni que me hubiera hecho al ánimo de quedarme sin opiniones y certidumbres en torno a lo que sucedía. Lo que quiero decir es que me prepuse defender mis convicciones sin dejar en ellas el hígado, ya no digamos las amistades o los cariños entrañables. Fue así como antes de salir a un encuentro, me hacía una serie de recomendaciones mediante las cuales debía entregarme sin más a la prudencia de no dar batallas inútiles en torno a todos los asuntos cruciales que no lo fueran. Me propuse no hablar sobre lo que no sabía, no hablar sobre lo que creía saber, no hablar sobre lo que imaginaba, no afirmar lo que otros me dijeron que imaginaban o creían, no preguntar cuánto ganaba en el gobierno la voz más radical de la reunión, no contradecir a quien esgrimía a gritos una contundencia descabellada, no contrariar a quien preguntaba desafiante tras dos argumentos imposibles: ¿Verdad?

Dirán ustedes que tales actos de paciencia colindaban con la estupidez. Digo yo, porque lo aprendí, que no servían de mucho. Pleitos hubo. Todavía más que en 2006. Una vez me entretuve imaginando desnudos a los alegadores, entonces perdieron tal contundencia sus contundencias que da risa evocarlas. Es de a poco, de muy poco a poco que cambian los países y las costumbres. Muchas veces, dan vueltas hacia atrás. Y mientras, se discute. Por eso, otro modo de evitar la molestia era imaginar a los amigos discutiendo dos siglos antes. O cinco. Así habrán sido los alegatos y de algo habrán servido, pero no esa misma noche, por más drásticos que fueran. A uno a veces se le encima el siglo VIII con el XII. ¿Así ha de sucederles en el futuro a quienes nos sigan? Se encimarán los griegos con los venecianos y los venecianos con los neoyorquinos. ¿Estarán todos en el mismo costal de lo prescindible? ¿Alguien se acordará de nuestro pleito?

Como no tengo remedio, se me había ocurrido proponerles la teoría del silencio, como método para quedar a buen recaudo, a quienes ambicionen encontrar cierta paz de ánimo en mitad de la tormenta. Me parecía original, pero en los últimos días me he ido encontrando con que todo mundo está escarmentado y nadie quiere pleito. Mejor así. Porque ya no hay disciplina, ni fervor, ni maña que pueda salvarnos de hablar. De modo que el esfuerzo de este año tendrá que estar en los matices. Dos lunas. Hasta la más incierta, tiene revés. Está tras la ventana o en el espejo. Y alumbra el mismo mundo. Este mundo espantoso con sus miles de muertos y sus tan pocos nombres. Este mundo despierto, este afán. Nada mejor para entenderlo como algo ambivalente, que el breviario que hizo Denise Maerker para recuperar un poco de los seis años que han cruzado por su programa Punto de Partida. El paso voraz y drástico de los años, apurándonos a encontrar la concordia. Porque no podemos seguir viviendo en pleito.

Mejor pactar conversación y avenencia. ¿Qué nos une por sobre todo?, me pregunté mientras asistía a uno de los encuentros más cuerdos y dichosos de nuestros días. El humor y la memoria, pensé. Como a todo el que se quiere. Nadie llevaba candidato a esa reunión. Y a ninguno encontramos. Será cosa de ir hurgando en el año. A ver qué pasa, digamos, a ver qué nos propone la audaz arquitectura de las lunas.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida.