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I
Vista desde el avión, Addis Abeba parece una mesa inclinada. Una verde meseta que sube y se pierde en las montañas de Entoto, cuyos picos se ven lejanos. En amárico, el principal idioma del país, Addis Abeba quiere decir “flor nueva”, flor sobre una tierra en declive que se extiende desde dos mil 300 hasta tres mil metros de altura, más arriba que Bogotá o el D.F. Son las tierras altas de África, sin mosquitos ni malaria. El sol es brillante aunque inofensivo y el viento reseca la piel. ¿A qué huele esta “flor nueva”? Temprano en la mañana, aparte del denso aroma del café, huele a viento frío de montaña y a carburante de motores no muy aceitados, a humo de hogueras y monóxido de carbono, los tubos de escape de taxis y buses que suben trabajosamente por la avenida Bole hacia la plaza Maskal, uno de los centros de la ciudad.

Rimabud

Cerca del Africa Hall, en la avenida Menelik II, la contaminación hace llorar los ojos. Ahí está la sede de la Unión Africana. Siguiendo un poco más hacia el norte ya no hay andenes, la gente camina por el borde de la calle pero los conductores son amables, “siga, siga”, le hacen con la mano a los transeúntes, cediendo el paso. El punto central de la ciudad es un lugar llamado Piazza, enorme óvalo de calles comerciales con una vieja arquitectura similar a la colonial. A pesar del mugre en las paredes y el aire empolvado aún se puede apreciar una antigua nobleza, sobre todo en los altos portales y balcones. Muy cerca de allí está el hotel Taitu, el más antiguo de Addis (de 1898), donde una habitación cuesta nueve dólares y la suite 50. Es una casa de cemento y madera bastante bonita, con escaleras en teka y un corredor ancho que recuerda a un convento. Es casi mediodía y hay gran animación. Sobre la calle hay un pequeño mercado de las pulgas que no parece improvisado. ¿Qué cosas veo? Viejas biblias amáricas ilustradas, cruces de plata ortodoxas, iconos, cuentas de ámbar, cucharas de cuerno, animales de madera, y al final, en la esquina, una farmacia. ¿Cuánto vale una caja de seis aspirinas de 500 mg.? Sólo 8.95 birr, medio dólar. Más allá hay un taller de mecánica. Del motor de un Peugeot 404 sobresalen unas piernas.

En el cielo vuelan los marabúes, enormes pajarracos que parecen vestidos de levita con un pico curvo que se hunde como escalpelo en la carroña. Su vuelo en círculos indica basurales o el costillar de algún animal muerto. También hay halcones y águilas, tal vez los verdaderos dueños de la ciudad. Observo a la gente. El etíope tiene un físico hermoso. Ojos muy negros, rasgos finos. Son delgados y altos, como los masai. Las mujeres sonríen, sus dientes esplenden. Son bellísimas. Y algo admirable: se sienten orgullosos de ser etíopes. Mabrati, un hombre de camisa blanca y corbata que deambula por la recepción del hotel, me dice: “Hay tres tipos de personas en el mundo, los faranyis, los negros y los abeshás (o abisinios)”. Por la calle los niños me gritan, “¡Faranyi, faranyi, faranyi!”, que quiere decir “extranjero blanco”, una palabra que es para mí vieja conocida. En Tailandia la pronuncian farang y en Malasia feringui. Grosso modo es una degeneración de la palabra “franco” que, desde las cruzadas del siglo XII, viaja con el Islam desde el Magreb hasta Asia y que, por extensión, se refiere a cualquier occidental blanco.

Muy orgulloso al ver mi reacción, Mabrati agrega: “África está compuesta por dos cosas: 54 países africanos y Abisinia”. ¡Abisinia! Ese mítico territorio está hoy dividido entre Etiopía y Eritrea, aunque los etíopes son el centro (ityopian es palabra griega que quiere decir “los de cara quemada”). Su historia es larga y muy diferente al resto de África. Para empezar nunca fueron realmente colonizados. Los italianos estuvieron sólo cinco años, con Mussolini, de 1936 a 1941. En el pasado remoto, la reina de Saba tuvo amores con el rey Salomón y de ahí surgió un hijo, Menelik. Es el origen de los falashas, los judíos etíopes, que dicen ser la tribu de Dan, la decimosegunda tribu de Israel perdida después de la destrucción del primer templo, en 675 a.C. El emperador Negus Hailie Selassie, que reinó de 1931 a 1974, decía ser de la estirpe de Menelik y por eso se denominó Ras Tafari, que quiere decir “Rey de reyes”, y que, unido a la música del jamaiquino Bob Marley, es el otro dios de la espiritualidad rastafari. La bandera de Etiopía tiene estampada la imagen del león de Judá sosteniendo una lanza que acaba en cruz, con un yelmo sacro. Es el cristianismo ortodoxo, que llegó a la región con los coptos de Alejandría en el siglo IV, los mismos que tallaron las extraordinarias iglesias subterráneas de Lalibela. Hoy la iglesia copta de Etiopía tiene su propio patriarca, independiente de Alejandría, Estambul y Moscú. Y hablando de Rusia, el bisabuelo materno de Pushkin fue un príncipe etíope llevado como esclavo a los territorios del zar.

—Con todo esto podemos sentirnos orgullososo, ¿no cree? —concluye Mabrati, invitándome a un café tradicional, denso, que se bebe después de una complicada ceremonia que puede tardar una hora. Calderón de la Barca, en una de sus comedias, llama a la tinta “etíope licor”.

Las calles de Addis están llenas de edificios a medio construir o en obra negra. El sistema de andamiaje es en madera y parece frágil. Da vértigo imaginar a los obreros mecidos por el viento. La mayor parte de la ciudad podría compararse a un barrio de clase media baja de ciudad latinoamericana. Comercios con la mercancía expuesta en la puerta, quioscos y casetas empolvadas. Hay nuevos centros comerciales, como el Bole Dembel Shopping Center, pero el verdadero sabor está en Merkato, el más grande mercado al aire libre de África (dicen los etíopes), dividido por zonas. El callejón de las especias, la cestería y las verduras, el de las telas y el cuero, las tallas de madera o la herrería. En la zona de anticuariato hay toneladas de cruces ortodoxas, relicarios, rosarios, el ámbar en todas sus formas (especialidad etíope) y por supuesto las espléndidas imágenes funerarias del pueblo konso, notables artesanos que representan a sus muertos en postes con penes tallados en la frente.

Hay gran cantidad de residentes extranjeros en Addis por ser sede de la Unión Africana (es la Bruselas de África). Me dicen que hay 124 embajadas acreditadas, a lo que se suma el personal de Naciones Unidas que trabaja en los diferentes proyectos. Esto es notorio en una ciudad de sólo tres millones de habitantes. Muchos diplomáticos viven en el llamado Turkish Compound, un barrio elegante cerca del aeropuerto, de palacetes y bungalows rodeados de jardines. Empleados de uniforme cortan el pasto o riegan las plantas, otros recogen del suelo las hojas secas. Hay palmeras, árboles de sombra. Al fondo pasa un río cuyas aguas, extrañamente, acumulan espuma.

Mi conductor en Addis, Tibabu, nacido en el norte y emigrado de joven a la capital, también está orgulloso de su país: “Somos diferentes a nuestros vecinos. Tenemos nuestro propio alfabeto, nuestras lenguas que nadie más entiende e incluso nuestro propio sistema horario (las 5 a.m. Greenwich son las 11 a.m. etíopes), y además nuestro propio calendario (cuatro años por detrás del gregoriano)”. El amárico es una lengua semítica, la más hablada de Etiopía al lado del oromo, el tigriña y el harari.

Tibabu tiene 42 años y es chofer de una embajada europea. Gana 150 euros mensuales y con eso mantiene a su mujer y a dos hijos. Tiene casa propia y un Volkswagen propio (un litro de gasolina vale un dólar). Se considera muy afortunado, y lo es. Me cuenta historias del periodo negro del país, lo que ellos llaman los años del Derg o del Terror Rojo. ¿Qué pasó?

—En 1974 el teniente coronel Mengistu Hailie Mariam hizo un golpe de Estado, tomó el poder y asesinó a Selassie —me cuenta Tibabu—. Fue el líder de una junta militar llamada el Derg, y luego, en 1987, instauró la República Democrática Popular de Etiopía, aliada de Moscú. Duró hasta 1991. Mengistu escapó en un avión repleto de oro, bolsas de dólares y joyas. Hoy vive en Zimbabwe, su amigo Robert Mugabe lo protege. Está acusado de genocidio y ya fue condenado a muerte. No puede volver a Etiopía.

Me cuenta esto yendo hacia el Memorial del Terror Rojo, un pequeño museo al lado de la plaza Maskal que conmemora la gran represión de Mengistu a partir de 1974. ¡Más de dos millones de muertos! A la entrada hay una escultura, tres mujeres sostenidas de las manos mirando al cielo. En el pedestal dice: “Nunca jamás otra vez”. Adentro hay fotos de estudiantes masacrados, listas infinitas de nombres, muñecos en extrañas posiciones que ilustran las técnicas de tortura. Una de las salas está repleta de calaveras y huesos extraídos de fosas comunes. Tomo nota del nombre de dos jóvenes, Walelegne Mebratu y Marta Mebratu. Hermanos estudiantes, brutalmente torturados y asesinados. Pienso en la triste historia de África. En esto, por desgracia, Etiopía sí es como los demás.

Pero Addis es sólo una escala, pues mi verdadero destino es Harar, la ciudad en la que el poeta Arthur Rimbaud vivió sus últimos 10 años, así que compro un billete en la compañía Salam Bus y me preparo para un larguísimo viaje. La vieja línea de tren francesa que comunica a Addis con Dire Dawa y el mar Rojo, en las costas de Yibuti, está cortada. No hay elección. Podría ir en un destartalado avión de Ethiopian Airlines pero quiero ver el país, sus montañas y ríos. Quiero ver sus aldeas y caseríos.
¡Al fin rumbo a Harar!

II
Aún está oscuro cuando llego a un costado de la plaza Maskal para tomar el bus. De ahí salen transportes hacia todo el país y lo que veo es una especie de enorme parking, vacío a esa hora. Hace frío. Una mujer arrastra un carrito con varios termos. Tomo un café y espero. Al fin aparece el bus, un vehículo moderno, color verde limón, y un grupo silencioso de viajeros, ateridos de frío, comienza a abordar. 265 birr (15 dólares) por diez horas y media de trayecto. Poco a poco el amanecer va surgiendo detrás de los techos de los suburbios de Addis, hasta que, delante nuestro, aparece la carretera, apenas dos carriles pero amplios, con un asfalto que parece renovado hace poco. Luego me dirán que fueron los chinos quienes la arreglaron, pues tienen grandes inversiones en Etiopía (petróleo y gas). Harar está al este, cerca de la frontera con Somalia. Salimos por el lado occidental de la meseta inclinada.

La vegetación sigue siendo verde, aunque de arbustos secos y espinosos. La tierra es negra, como arcilla volcánica. Todo está muy seco a pesar de la altura. “Es por el viento”, me dice uno de mis vecinos. De pronto surgen extraños montículos, cerros que parecen gigantes caparazones de tortuga caídos sobre la planicie. El bus se detiene cada tanto y pita para dispersar rebaños de cabras. A la orilla de la carretera aparecen burros con cargas de madera atadas en el lomo, niños descalzos arreando vacas con sonajeros de madera y algunos camellos. Se ven caceríos de chozas circulares con techo de paja. Sube la temperatura. Cerca de los animales siempre hay niños, y las jovencitas llevan alzados a sus hermanos menores. Un poco más adelante, cerca del mediodía, veo a un niño sentado al lado de un charco marrón. Dios santo, ¡bebe agua! Al fondo, entre las dunas y las zarzas espinosas, una mujer camina muy erguida llevando en la cabeza una enorme tetera. Parece un cuadro de Dalí.

Rimbaud2

A medida que la carretera baja aparecen sembrados y la tierra se hace más fértil, es la tierra roja de África (dicen que tiene ese color por la sangre de los esclavos). Veo sembrados de maíz, huertos, vástagos de plátano. Mejoran las condiciones de los campesinos. En los poblados se ven chozas cuadradas con techos de zinc, mezcladas con las circulares de paja. Los muros son de tierra apisonada y madera. La vida está en la carretera. Los niños se acercan al bus pidiendo empaques vacíos, botellas plásticas. Son recicladores. Alguno fija el vehículo con mirada profunda. Tal vez sueñe con irse, algún día, en uno de esos buses. Las mujeres venden atados de fruta. Mandarinas y plátanos.
Dentro del bus, un televisor transmite una película de Jean Claude Van Damme a todo volumen. La gente es solidaria. Alguien detrás de mí abre un paquete de papas fritas y le ofrece a sus vecinos. Otro reparte las mandarinas que acaba de comprar. Poco después el bus se detiene en un poblado, es la hora del almuerzo. Nos sentamos en una especie de cantina y saco una bolsa con sándwiches de queso. Pido una cerveza. Mi vecino de puesto ordena inyera con salsa picante de pollo. Tenemos media hora. Se llama Neibiy y va a Harar a visitar a su familia. Es ingeniero, trabaja en la capital. Le pregunto si hay mucho trabajo en obras públicas y responde que sí, “en Addis hay un verdadero boom de la construcción”. El inyera es el elemento tradicional de la comida etíope, una especie de tela o capa de pan gris, de una contextura que recuerda la esponja o la goma, sobre la que se sirven salsas llamadas wot, lentejas y verduras. A primera vista no es muy atractivo, pues parece un trapo de cocina, verde y rugoso. Está hecho con cereales fermentados, sobre todo el teff. La comida consiste en cortar trozos de inyera con la mano y hacer bocados con las salsas.

Luego tomamos café, que Neibiy no me deja pagar.

Se reanuda la marcha. La carretera rueda por una empinada cornisa. Son las tierras altas. Al lado izquierdo del bus se ven infinitas planicies, un horizonte que podría estar a centenares de kilómetros. Es una vista majestuosa, constelada de halcones y marabúes. Cada tanto veo unos árboles que parecen aves con los brazos plegados, parecidos al ashok de la India, ¿qué es? “Se llama Ziqba”, dice mi vecino Neibiy, “y ese de allá es el Wanza, de hojas más claras”. Muy pronto el bus llega a un enorme cruce de carreteras lleno de gente, casas a medio construir y un estrepitoso mercado. Es Dira Dawa, donde está el aeropuerto. “De aquí a Harar son sólo 50 minutos”, me dicen, y de nuevo el bus sube a la montaña.

III
¿Hace cuánto sueño con llegar a Harar? Me hago la pregunta en la terraza del Ras Hotel —16 dólares por noche incluido el desayuno— mientras me repongo del largo viaje en bus, bebiendo una cerveza Harar Beer, a menos de 500 metros de la muralla, cerca del mercado en donde mujeres con trajes de colores venden atados de cebolla polvorienta, verduras mustias, pimientos ordenados sobre trapos, en el suelo, en plena calle.

Arthur Rimbaud cruzó esa muralla hace 130 años, pero los muros y las piedras acumuladas a los lados parecen ser los mismos. Salvo algunos edificios que están fuera del Jegol o muro, la mayoría de un dudoso gusto, esto debe haber cambiado poco. “Y con la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las ciudades espléndidas”, escribió Rimbaud al final de sus Delirios II, un texto repleto de profecías sobre su propia vida.

Al llegar, esa misma tarde, pasé debajo del arco occidental, el de Asmaddin Beri, repitiendo en mi mente estos mismos versos. En ese tramo las murallas tienen hermosos almínares de influencia árabe, pero en su mayoría el muro es de tierra y piedra seca. La puerta es una torreta de ladrillo con un arco ojival, decorado con breve caligrafía islámica y dos líneas de azulejos amarillos. En torno está uno de los múltiples mercados, un mercado pobre en el que la gente ofrece su producto sobre trapos o esterillas, y los mejores dispuestos sobre cestas. Todo se ve bastante empolvado. Hay mendigos y leprosos. “¡Faranyi, faranyi!”, me gritan los niños, también alguna mujer de aspecto enloquecido.

El Jegol, la ciudad amurallada —20 mil habitantes hoy— tiene cinco entradas antiguas y una nueva que permite el paso de vehículos, la Harar Gate, hacia la calle Andegna Menguet, principal arteria que va a la plaza central. Esta calle está flanqueada por casas de dos pisos y almacenes en todas las puertas. Vendedores de telas, joyerías, sobre todo en oro y plata; confecciones y regalos, tiendas de abastos. Carnicerías en las que despiezan camellos y cabras, colgando en la puerta los pedazos (para refocile de las moscas). Todo es comercio local. No hay negocios de souvenirs o esas cosas, lo que me confirma que es un lugar apenas tocado por el turismo. En el suelo están los mascadores de qat, la hoja verde de propiedades anfetamínicas naturales, una de las riquezas de la región. En todas las esquinas hay mujeres en cuclillas vendiendo manojos de hojas verdes a un dólar y medio. Las colinas circundantes están sembradas de arbustos de qat, pues el de Harar es el mejor del país y se exporta a Yemen, Omán y Emiratos Árabes. Todos los días salen avionetas repletas de hoja, pues las propiedades pierden potencia con rapidez. Los antiguos egipcios la consideraban sagrada y la OMS la clasificó como droga en 1980, pero su consumo es legal. Veo a hombres esqueléticos, con ramas deshojadas en torno, durmiendo en los polvorientos andenes. Tichaka, un joven estudiante harari, me dice: “El qat te hace sentir el rey del mundo, y además reemplaza la comida”. Los que no duermen miran al cielo y beben agua. Tienen los ojos rojos, fijos en algún punto alto; no se sabe si interrogan el porvenir o simplemente miran el foco del poste, repleto de insectos.

El interior de Harar, más allá de las pocas calles grandes, es una sucesión de callejuelas estrechas bordeadas por casas de un piso, construidas en tierra y piedra, con muros pintados en estuco de colores, verde y azul, generalmente blanco. Por momentos uno podría pensar que está en un pueblo del Mediterráneo sur, en Tánger o incluso en Santorini. La región es de mayoría islámica y por eso hay 82 mezquitas, muchas de ellas en madera. Los dos grandes padres de la ciudad son autoridades religiosas: el Sheik Abadir, venido de Arabia en el siglo X, y el Emir Nur, en el siglo XVI, quien erigió el muro de protección de la ciudad.

El caso humano de Rimbaud es un misterio que prefigura a escritores como Salinger o Thomas Pynchon: los que no quieren ser vistos ni reconocidos por nadie, los que anhelan desaparecer sin dejar huella. Después de transformar la literatura de Occidente con lo que escribió hasta los 21 años, este joven francés, ardoroso viajero, abandonó Europa, dio vueltas por Medio Oriente y el Mediterráneo, viajó por países árabes, se instaló en Adén y al final eligió Harar para vivir. ¿Qué vio acá?, ¿qué lo hizo quedarse 10 años, hasta que una enfermedad en una rodilla lo obligó a regresar a Francia para morir?

Vio mujeres de etnia oromo o harari, musulmanas la mayoría —aunque hay también ortodoxas— cubiertas con largas faldas de algodón estampado, velos de colores y rasgos muy bellos. Vio a jovencitos —¿a cuántos amó?— filiformes, los abeshás (abisinios), tan delgados como esculturas de Giacometti, deambulando en la oscuridad con sus gorros de hilo, mirándolo con curiosidad y, sin duda, llamándolo faranyi. Tichaka me dice: “Rimbaud se quedó entre nosotros porque encontró una vida ruda y salvaje”. Él pronuncia Rambo y sólo conoce El barco ebrio, poema que está impreso en un pendón, en el centro cultural que lleva su nombre: una casa en madera de tres pisos que perteneció a un comerciante indio y fue restaurada. Es un “centro cultural” muy modesto. Su biblioteca es pobre, lo mismo que la sala de retratos. Viejas fotos en blanco y negro, muchas hechas por el propio Rimbaud, colgadas del techo. Algunos pendones con poemas en francés e inglés. Poco más.

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Antes de venir a Harar, en 1880, Rimbaud vivía y trabajaba en una casa comercial en el puerto de Aden, hoy sur de Yemen, pero un buen día fue reconocido por un periodista francés que, por casualidad, llegó en un barco. Puedo imaginar que poco después, el tiempo de arreglar asuntos prácticos, Rimbaud huyó. Por las rutas comerciales debía haber escuchado hablar de Harar, y es también posible que durante su estadía en Londres —entre 1872 y 1874, junto al poeta Verlaine— haya leído al viajero Richard Burton, quien había publicado su informe sobre la región en donde hablaba de Harar como de un lugar prohibido para los europeos, “un montón de piedras sobre una colina”. Para Rimbaud era un lugar seguro, la certificación de que había un lugar en el mundo donde no podría ser descubierto, y para allá se fue, en 1880, y nadie más supo de él. Cuando Paul Verlaine publicó en 1886 las Iluminaciones, escribió en el prólogo: “Se ha dicho varias veces que (Rimbaud) ha muerto. De ello no sabemos detalle, pero si fuera cierto nos apenaría mucho”.

No hacen falta más pruebas para comprobar que en Harar logró desaparecer, y eso que en las cartas a su hermana se quejaba con frecuencia: “Sin familia, sin actividad intelectual, perdido entre negros que intentan explotarme e impedir que tenga éxito en mis negocios, obligado a hablar su galimatías, a comer su asquerosa comida y a sufrir miles de fastidios provocados por su inactividad, traición y estupidez”. La sinceridad de esto es improbable, pues Rimbaud pudo siempre volver a Francia. Tal vez lo decía a su hermana para ocultar que era feliz viviendo lejos de ellos.

Rimbaud hablaba amárico y árabe y tuvo amigos entre la población local, vivió incluso con una mujer por algo más de un año, y viajó, encontró en este lugar empolvado y rocoso el envoltorio perfecto para su alma agitada. Tal vez buscaba en la distancia y en la soledad un quimérico encuentro con su padre, siempre lejos de él en su infancia, siempre allá en los desiertos, en guarniciones lejanas. Simplemente Rimbaud optó por irse. Como dice el escritor Paul Theroux, “Arthur Rimbaud es el patrón de todos nosotros, los viajeros que nos hemos repetido su pregunta incontestable, pronunciada por él por primera vez en Harar: ¿Qué estoy haciendo aquí?”.

Afuera de mi hotel, en la noche, se oyen los aullidos de las hienas y los ladridos de los perros. Harar está lleno de hienas y es uno de sus atractivos. Una extraña locura invade esta ciudad en las noches. Las hienas salvajes se acercan a los muros y un hombre las alimenta (“el hijo de Yusuf”, me dice Tichaka), les da huesos y restos de carne que recoge durante el día en las carnicerías. Se habla del mito del hombre hiena, que viene a asolar la ciudad. Darles comida, en la noche, es un modo de evitar que ataquen a los campesinos. Ese escabroso concierto nocturno de perros y hienas parece susurrar un verso de Rimbaud: “Toda mi cólera permanece intacta. Os haré pagar esto”.

La casa original de Rimbaud, dice Tichaka, fue derruida, pero la joven directora de la biblioteca pública, Marta, me asegura que hoy es un modesto hotel llamado Wesen Seged, en la plaza Feres Megala. Me acompaña al lugar, que está a dos pasos, y lo veo. Una casa de dos pisos, con dos ventanas azules arriba. “¡Ahí, ahí!”, me señala. En el primer piso hay un bar bastante oscuro. Los bebedores diurnos me miran al entrar, algo alterados. Lo que sus ojos enrojecidos registran debe cruzar una densa capa de cerveza tibia antes de llegar al cerebro. Voy hasta la parte de atrás. Una escalera en madera podrida conduce a las habitaciones del segundo piso. Huele a orines. Ahí, junto a esa escalera destartalada, pienso en el deseo de Rimbaud de alejarse de Europa, de yacer para siempre en un lugar sucio y desarraigado donde lo único memorable es la sonrisa de la gente. Las personas hacen que los lugares más sucios y lejanos parezcan bellos, por eso hay una gran belleza en la fealdad de estas pobres ciudades.

Ciudades polvorientas, oscuras en la noche, llenas de seres enloquecidos que mascan qat y beben agua, de pordioseros malolientes, ancianas desdentadas y locas, de leprosos. Así debieron ser las ciudades del Medioevo. Harar, en el fondo, es un modo de retornar al pasado, a algo esencial que no se modifica con el tiempo. Un lugar con el que Rimbaud ya soñaba desde joven y que había descrito años antes, con estas palabras: “Me gustaba el desierto, las tierras calcinadas, los mostradores marchitos, las bebidas tibias. Me arrastraba por las callejuelas malolientes, con los ojos cerrados, y me ofrecía al sol, al dios del fuego”.

La víspera antes de partir, escuchando los aullidos de las hienas en la terraza del Ras Hotel, repaso la correspondencia ligada a Rimbaud y encuentro una carta de 1887 escrita por un vicecónsul francés en Aden en la que pide informacion sobre un compatriota llamado Raimbeaux, o algo así, que le fue entregado por la policía. El sujeto no tiene documentos y su aspecto es sucio y desgarbado, de caminar vacilante. Siento envidia de esa descripción, que espero algún día merecer. Luego me voy a beber unos tragos con Tichaka al Bar Nacional, un local antiguo, oscuro y vacío. Es la despedida. Al acostumbrar la vista descubro al fondo a un humilde duo musical: una cantante y un organista. Pedimos cervezas. Cuando acaba de cantar, la mujer, vestida con traje de gala, hace una venia a la sala. Pienso que es la venia más triste pero también la más bella que he visto en mi vida.

Al día siguiente regreso a Addis.

Santiago Gamboa
. Escritor. Su más reciente libro es Necrópolis.