Como cada año, en 2011 aparecieron libros, infinidad de ellos, que no leí y no me gustaron, pero hubo otros, unos pocos, que sí leí y sí me gustaron o al menos me parecieron destacables por alguna razón. Algunos títulos no sólo consiguieron mantener mi confianza en la salud de la literatura mexicana, sino también reavivar, en casos específicos, mi capacidad de asombro. El que sigue es un esbozo del mapa de mis preferencias literarias afincado en la producción de algunos jóvenes escritores con una trayectoria desde ya sólida y estimulante.

Primero las damas, diría Carreño

Aún recuerdo un par de falsas polémicas que se llevaron mucha tinta en su momento, surgidas por ahí de la década de los ochenta del siglo pasado, cuya preocupación consistía en determinar, por un lado, qué obras no eran literatura dura —como dura puede ser la ciencia— sino ligera —light era el adjetivo— y, por otro, si era pertinente o se trataba de un desplante machista calificar a las obras escritas por mujeres —que entonces comenzaron a cobrar un auge sin precedentes— como literatura femenina, es decir, literatura con apellido. La perversión consistía en vincular lo light con lo femenino, como si las mujeres no pudieran escribir más que desde sus hormonas unas obras sin vigor ni talento genuinos. No hace falta decir que muy pronto el alboroto cesó por sí mismo y hoy más o menos convenimos en que la literatura light es, entre otras fórmulas comercialmente eficaces, la autoayuda disfrazada de narrativa sin que importe el género de quien la pergeña.

Montessori

En contraste, podría decir que hoy me parece que lo femenino, en materia literaria, es un triunfo sobre el machismo y, aún más, sobre el feminismo de todos los colores que antes daba prestigio con aroma “de avanzada” y hoy más bien da hueva. Con “femenina” me refiero a una asunción y a una conquista: las escritoras nacidas a partir de la década de los setenta del siglo pasado han conseguido desprenderse de las boinas con estrellita y de la virulencia sin brasier que las hacía alzar la voz ante el machismo imperante convirtiéndose, muchas veces —para decirlo al estilo Monsi—, en más machistas que el Papa. Lo que han conseguido virtuosamente escritoras como Valeria Luiselli y Guadalupe Nettel es sepultar a punta de creatividad y talento y hondura psicológica aquellas iras más ideológicas que literarias y el lastre de afincar sus temas en una suerte de versión femenina del conde de Montecristo que solía hallarse en generaciones precedentes, tal y como nacieron —nacimiento siempre, aclaro, como escritoras o escritores— autores varones de la misma generación que aquéllas, como Antonio Ortuño, Carlos Velázquez y Bernardo Fernández BEF: liberados de cualquier lastre ideológico —y, acusadamente estos últimos, encarrilados en el prestigio de lo pop como cultura a la altura del arte—. (“El disco es cultura”, rezaba una leyenda en la contraportada de los LP de la década en la que esta generación llegó al mundo.)

La literatura de Guadalupe Nettel y Valeria Luiselli es femenina porque a estas escritoras les importa más erigir una educación sentimental que de cualquier otra índole, y lo hacen desde el cuerpo de mujer y desde la sensibilidad de mujer con una naturalidad memorable y compartible como si fueran las primeras mujeres llegadas al mundo. Lo que se desprende de la lectura de las novelas Los ingrávidos (Sexto Piso) de Luiselli, y El cuerpo en que nací (Anagrama) de Nettel, es que venturosamente no somos iguales, los hombres y las mujeres.

Quiero imaginar que Valeria y Guadalupe serían las mejores lectoras del libro El género vernáculo de Iván Illich —de quien en 2012 se cumple su décimo aniversario luctuoso—, ese hermoso ensayo aparecido en la década de los ochenta que le valió al ex sacerdote vienés —que fecundó su visón del mundo en Cuernavaca— el escupitajo fácil de las féminas abrasivas: Illich plantea que hay manos de hombre y manos de mujer, y que cada par sabe y debe hacer lo suyo propio —poética, telúrica, ancestralmente— como hombre o como mujer, en una danza de los géneros al son de algo que hoy llamaríamos sustentabilidad —hija de la convivencialidad illicheana.

Entre dos planos temporales, con sus respectivos espacios —Nueva York y la ciudad de México—, la acción de Los ingrávidos transcurre con eficacia y tino juguetona y ambiguamente: mezcla de narración, documento, bitácora y autocrítica literaria “en tiempo real”, la propia narración no se decide entre ser una novela porosa o compacta, horizontal o vertical, y en este dudar brotan las anécdotas, los fantasmas y la literatura pura: inaprehensible historia anclada en el Subway neoyorkino sobre Gilberto Owen o Ezra Pound o Zukofsky, compuesta de iteraciones lúdicas e inquietantes —con la luz siempre futura de los epigramas— como las cucarachas de Madagascar criadas por un vecino. En el fondo: ojalá que me lea mi marido, alguien que conjure, o comparta, mis fantasmas, apela esta historia. En consonancia con su libro anterior (el ensayo Papeles falsos), Valeria Luiselli consigue encarnar la cifra del anhelante “alguien me deletrea” del poema de Octavio Paz en la recuperación oportunísima de un Gilberto Owen ahora reloaded en esta novela.

Niña “Montessori” como muchos nacidos en la década de los setenta, la infancia de Guadalupe Nettel es el limo que nutre la figuración memoriosa de El cuerpo en que nací. La de esta autora es ya una voz que ha alcanzado una tesitura idónea. La narración discurre temperadamente como un tejido ancestral que hubiera comenzado una abuela sabia en la noche de los tiempos y que la voz que teje esta novela continúa, pero renovando el tejido: hay nudos imperceptibles para el ojo común que la voz de esta narración aprovecha sin desatarlos creando tenues ondas en torno a ellos como las de una piedra arrojada al pozo. Por ejemplo, el despertar sexual de la niña rememorada por Nettel constituye un pasaje excepcional que fácilmente se integra a las imágenes íntimas de cada cual al plantear asombrosa, sorpresiva y poderosamente en clave novelesca la cuestión ¿cuándo tuviste tu primer orgasmo?

El tino de la educación sentimental planteada por Guadalupe Nettel en El cuerpo en que nací es mantener la inquietud y el asombro en cada paso y revés que va viviendo la protagonista. No hay explicaciones ni justificaciones, hay hipótesis y conjeturas, posibilidades. Quiere la novela que la voz de la protagonista encuentre su modalidad orgánica durante sesiones de psicoanálisis. El recurso no es nuevo, pero Nettel, en su calidad de artista, lo aprovecha para pintar un revelador y memorable mural que resulta a un tiempo íntimo y generacional.

Ellos las prefieren gordas

Bernardo Fernández BEF es un autor multitask. Lo mismo escribe narrativa que hace cómics. En 2011 BEF publicó dos obras: La calavera de cristal (Sexto Piso), cómic basado en un guión originalmente para cine de Juan Villoro y Nicolás Echevarría; y el thriller Hielo negro (Grijalbo). En estas páginas me referí a este libro como “una novela de látex”, es decir, hecha de un material muy eficaz —como los condones, como el manejo brillante de los recursos propios del género por parte del autor— pero destinada a desecharse con el ánimo de volver a repetir la experiencia. En este sentido, BEF muestra que su registro narrativo está bien nutrido y tiene mucho que ofrecer. Sabemos que la gente frecuenta lo que ya conoce y goza cuando halla la sutil variación. Ésa es la fórmula probada de lo popular y de lo pop, y en literatura subgéneros como el thriller, si son logrados, se antojan adictivos y uno quisiera leer el siguiente de inmediato. En lo personal, no estaría muy seguro de que BEF prohijara otro thriller como Hielo negro. Estoy seguro, en cambio, de que el autor utilizó ese formato porque resultaba idóneo para la figuración futurista del fenómeno del narcotráfico en México que plantea su novela. Entretenimiento garantizado con una andadura narrativa rauda reporta la lectura de Hielo negro sobre todo para los amantes del género.

La protagonista de Hielo negro es una mujer policía oriunda del norte, de complexión grande y robusta. Solitaria, en alguna parte de la narración ella misma reflexiona que a los hombres les gustan las gordas sólo para cogérselas, pero no para quedarse con ellas. A modo de eco coincidente, en uno de los relatos que conforman La Biblia Vaquera (Sexto Piso) de Carlos Velázquez, la voz narradora pone en tela de juicio y en tono paródico la creencia cantinera de que cogerse a una gorda —entre más carne, más pecado— resolvería los entuertos maritales al retornar el varón al tálamo lleno de vigor.

Montessori2

Si a BEF le es dado amalgamar diversos géneros pop en su arte con una naturalidad semejante a la de los djs que crean sonoridades a partir del pastiche y el collage —en él la influencia de la “estética” Nortec se antoja a flor de piel—, en la narrativa de Carlos Velázquez este streaming adquiere nacionalidad norteña o, para ser más preciso, “postnorteña”. Velázquez amalgama en su narrativa intertextualidad, géneros musicales (estribillos, loops —rolas de diversos géneros populares resuenan como soundtrack a lo largo de los relatos—, gestas de corrido —el subtítulo del libro reza: “Un triunfo del corrido sobre la lógica”), juegos de palabras, plástica, autocrítica literaria y musical entre otros backgrounds muy pujantes de principios del siglo XXI, para poner en práctica un manifiesto literario-filosófico que parodia La condición postmoderna de Lyotard: Carlos Velázquez ensaya, y lo declara explícitamente, la condición postnorteña.

Descrita así, la narrativa de Velázquez parecería una mezcolanza sin ton ni son, como el ruido de fondo de una cantina, pero si hay un escritor de su generación que está consciente de los riesgos que conlleva su experimentación lingüística y sabe sortearlos con una maestría inusual es él. Su apuesta es joyceana y su cromática y envolvente capacidad verbal así lo muestra, del mismo modo como lo hace su concepción del espacio donde se desarrollan sus historias, estrechamente vinculadas entre sí: el libro abre con un mapa de un lugar llamado PopSTock!, una suerte de Dublín situado en el norte de México donde tiene lugar el resurgimiento de un ciclo mitológico que se empareja con la mitología contemporánea y que tornaría el Olimpo en un Olimpop.

El hilo conductor de este libro es la Biblia Vaquera, un objeto proteico que puede ser un personaje masculino, otras veces femenino —en el relato “Ellos las prefieren gordas” la personaje se llama The Western Bible, y más tarde aparece otra bajo el nombre The Cowgirl Bible—, pero también unas botas y hasta una entelequia. La pieza maestra de este libro —y uno de los relatos más conseguidos que he leído en años— es precisamente “La condición postnorteña”, en el que la idiosincrasia, la visión del mundo y la épica del corrido verdaderamente triunfan sobre la lógica. No creo cometer desatino alguno si digo que Carlos Velázquez, también autor de La marrana negra de la literatura rosa (Sexto Piso), es uno de los escritores mexicanos más promisorios que mantienen saludable a la literatura en lengua hispana.

Termino este mapa de preferencias literarias mencionando al autor cuya propuesta me parece la más consolidada y más estimulante. Antonio Ortuño publicó en 2011 la novela Ánima (Mondadori) y republicó El cazador de cabezas (Ediciones B). Ánima aborda el mundillo del cine desde la perspectiva de un grupo de aprendices que son explotados en un pequeño despacho de dos cineastas que trabajan por encargo. Parecería que Ortuño decidió dedicarse a observar y generar sus fabulaciones en el lado B de la realidad: aquel que, inseparable de los que prosperan y figuran como los seres alfa de la sociedad, se sancochan en su propia amargura, odio y envidia hasta que su envilecida alma se convierte en el generador del arte narrativo de Ortuño y de su muy original modo de abordar el mediopelaje y el pobrediablismo en el que se afinca su visión del mundo. Así lo confirman El cazador de cabezas, Recursos humanos (Anagrama) y ahora Ánima, cuyos personajes insanos y desopilantes se antojan parientes de los de Alessandro Baricco en City.

Que los libros recomendados aquí hallen a su mejor lector.

Noé Cárdenas. Escritor, editor y crítico literario. Dirigió el suplemento Sábado de unomásuno.