A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

¿Qué es la historia

E.H. Carr,
¿Qué es la Historia?,
Ariel,
España, 2010, 224 pp.

A principios de 1961, Edward Hallet Carr, un especialista en historia soviética que estudió letras clásicas en Cambridge, pronunció un ciclo de seis conferencias en esa universidad. Su título era simple y profundo al mismo tiempo: What is History? Carr no podía sospechar que esa media docena de pláticas, publicadas por primera vez como libro ese mismo año, se convertirían en el texto historiográfico más influyente del siglo XX. Un texto que, además, fue el punto de partida de una tradición anglosajona de ensayos historiográficos de “alta divulgación” que perdura hasta nuestros días. Cincuenta años después de haber sido concebido ¿Qué es la Historia? sigue siendo un libro editado, leído y discutido; en una palabra, es un “clásico” de la historiografía occidental.1

Cuando Carr pronunció las seis conferencias referidas era conocido sobre todo por un libro sobre las relaciones internacionales del periodo de entreguerras (La crisis de los veinte años, 1919-1939) y por los tres volúmenes de La revolución bolchevique 1917-1923, aparecidos respectivamente en 1950, 1952 y 1953. Mientras escribía ¿Qué es la Historia?, Carr estaba inmerso en otra magna obra sobre la revolución rusa: Socialismo en un solo país, cuyos cinco volúmenes aparecieron entre 1958 y 1964.2 Su admiración por Marx y sus opiniones favorables al régimen soviético (particularmente a Stalin durante la posguerra temprana) le granjearon a Carr una reputación polémica, por decir lo menos, sobre todo en la medida en que la Guerra Fría se recrudeció. Su libro sobre las relaciones internacionales europeas de entreguerras, que sigue siendo lectura obligatoria entre los internacionalistas interesados en el periodo, y su monumental historia sobre la revolución rusa bastarían para que Carr ocupara un lugar privilegiado en el panorama de las ciencias sociales del siglo XX. Sin embargo, la obra por la que Carr es más conocido es el “librito” (150 páginas en una edición de bolsillo) que aquí conmemoramos.

Cabe señalar que Carr no fue un historiador profesional en ningún sentido de la palabra: no estudió historia ni fue profesor de historia; además, nunca se doctoró (ni en historia ni en ninguna otra disciplina). Las conferencias que integran ¿Qué es la Historia? fueron concebidas por él como una polémica con las principales tendencias historiográficas de la academia británica de su tiempo. No sólo sobre la práctica de la historia, sino sobre sus presupuestos ideológicos y sobre sus consecuencias políticas. Estamos, pues, frente a un texto que podríamos considerar “de batalla”; un texto cuyo éxito se debe no solamente a muchas de las ideas que plantea, sino también a la fluidez de su prosa y al tono combativo que acabo de referir y que proporciona al texto una dinámica muy peculiar.

En un pasaje de ¿Qué es la Historia?, Carr afirma que si alguien revisara los escritos publicados por él entre los años previos a la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra, fácilmente encontraría contradicciones e inconsistencias. No obstante, añade enseguida: “No estoy seguro que debiera envidiar a un historiador que puede preciarse de haber vivido los trepidantes hechos de los últimos cincuenta años sin haber sufrido cambios radicales en su perspectiva”.3 Estamos a cincuenta años de ¿Qué es la Historia? y si bien no hemos vivido dos guerras mundiales como las que padeció Carr o una revolución con las repercusiones mundiales que tuvo lo acontecido en Rusia a partir de 1917, es claro que algunas de las transformaciones sufridas por la humanidad desde 1961 lo habrían llevado a escribir un libro con no pocos de esos “cambios radicales”.

Los seis capítulos de ¿Qué es la Historia?, equivalentes a las seis conferencias mencionadas al inicio de estas líneas, son los siguientes: “El historiador y los hechos”, “La sociedad y el individuo”, “Historia, ciencia y moralidad”, “La causalidad en la historia”, “La historia como progreso” y “Un horizonte que se abre”. Los títulos, por sí solos, dan una idea de la magnitud del desafío intelectual que Carr se planteó con estas conferencias, pronunciadas entre enero y marzo de 1961, pero que empezó a preparar desde el último cuarto de 1959, cuando fue invitado a impartir las prestigiadas “Trevelyan Lectures”.

Una de las críticas más devastadoras que hace Carr a lo largo de ¿Qué es la Historia? es a la noción de “hecho” histórico. Para Carr, cualquiera que sucumba a la “herejía” (el término es suyo) de pensar que la historia consiste en la compilación del máximo posible de hechos irrefutables y objetivos “tendrá que abandonar la historia por considerarla un mal trabajo, y dedicarse a coleccionar estampillas… o acabará en un manicomio”. Según Carr, el “fetichismo de los hechos” se ve con frecuencia complementado por lo que él denomina el “fetichismo de los documentos”. Esto no quiere decir que tanto hechos como documentos no sean esenciales para la labor historiográfica, sino que, para él, “historiar significa interpretar”. Esto lo afirma Carr después de haber revisado sucintamente las contribuciones que hicieran en su momento Wilhelm Dilthey (1833-1911), Benedetto Croce (1866-1952) y R.G. Collingwood (1889-1943) para terminar con la supuesta primacía y autonomía de los hechos en la historia.

Carr no pretende reemplazar a los datos con la interpretación; una pretensión absurda si pensamos, junto con él, que la dicotomía hecho-interpretación y sus avatares (particular-general; empírico-teórico; objetivo-subjetivo) son, en buena medida, una invención. Lo que hay en realidad, desde su punto de vista, es un diálogo permanente entre los hechos y la interpretación, entre los hechos y el historiador, entre el pasado y el presente. Como una especie de corolario de lo anterior, en este primer capítulo Carr presenta una idea que sigue siendo considerada como una de las más “radicales” de ¿Qué es la Historia?: “Cuando llega a nuestras manos un libro de historia, nuestro primer interés debe ir al historiador que lo escribió, y no a los datos que contiene”. Los peligros inherentes a una postura como ésta tienen que ver con una de las cuestiones más importantes de la historiografía (y del conocimiento en general): el tema de la objetividad, del que Carr se ocupa explícitamente en el quinto capítulo y que, por lo tanto, aquí dejo solamente apuntado.4

Es también en este primer capítulo en donde Carr hace una de las afirmaciones más recurrentes (y cuestionables desde mi punto de vista) en los debates sobre la importancia de la historia: “La función del historiador no es amar el pasado ni emanciparse de él, sino dominarlo [master] y entenderlo como la llave para entender el presente” (p. 101). En mi opinión, muy pocas veces el pasado representa una “llave” para entender el presente. Lo más probable es que las “llaves”, en plural y si es que existe algo a lo que podamos darle ese nombre, estén en ese mismo presente. Otra cosa es que el pasado no pueda aportarnos elementos para dar con ellas; por supuesto que sí, pero esto me parece algo muy distinto.

Carr regresa a esta cuestión en el segundo capítulo, cuando afirma que la “gran historia” se escribe cuando la visión del pasado de cada historiador “se ilumina con sus conocimientos de los problemas del presente”. En este caso, creo que estos problemas pueden sin duda servirnos para ubicar o contrastar mejor ciertos aspectos del periodo o de la problemática histórica que estamos estudiando, pero esto no me parece ninguna condición para escribir “gran historia”. Al final de este segundo capítulo Carr insiste en este punto cuando afirma que la doble función de la historia es “comprender la sociedad del pasado e incrementar su dominio [mastery] de la sociedad del presente”. A este respecto, considero que, salvo en un sentido relativo (que no es el que tiene en mente Carr a juzgar por lo expresado por él en esta y otras partes del texto), la historia no incrementa nuestro dominio sobre la sociedad en que vivimos.5

Como señalé, en el primer capítulo Carr enfatiza el peso del historiador en toda la labor historiográfica. En el segundo, en cambio, subraya el peso del contexto social sobre el historiador. Es aquí donde Carr hace otro planteamiento por demás polémico cuando afirma que no hay una distinción clara entre un hombre como individuo y un hombre como miembro de un grupo. Por supuesto que hay líderes en la historia, nos dice, pero la multitud es esencial para su éxito: “En historia, el número cuenta”. Aquí, como en otras partes del libro, Carr critica la visión de la historia de Isaiah Berlin sobre el estudio de la misma con base en las intenciones de los individuos. Para Carr, la interacción entre los individuos modifica sustancialmente sus intenciones; por lo tanto, centrar nuestra atención en ellas es una pérdida de tiempo. Los “grandes hombres” no surgen de la nada y la socorrida antítesis entre la sociedad y el individuo no es, para Carr, más que una “pista falsa” (red herring) para confundir el pensamiento.

¿Qué es la Historia? no podía dejar fuera el tema de la causalidad en la historia y a él está dedicado el cuarto capítulo. La relevancia de esta cuestión es evidente para cualquier historiador o persona interesada en la historia. En opinión de Carr, un historiador es conocido, antes que por cualquier otra cosa, por las causas que invoca para explicar tal o cual hecho o proceso histórico. “Toda discusión histórica gira en torno a la cuestión de la prioridad de las causas”.6 Respecto al determinismo, una cuestión que surge de manera natural en cuanto nos adentramos en la causalidad, Carr enfila sus baterías en contra de Karl Popper y, otra vez, Isaiah Berlin; concretamente en contra de lo que considera una visión reduccionista de estos dos autores respecto el determinismo. Una vez más, Carr plantea que estamos ante una “pista falsa”, pues todas las acciones humanas son, al mismo tiempo, libres y determinadas, dependiendo del punto de vista del observador. “Nada es inevitable en la historia, salvo en el sentido formal de que, de haber ocurrido de otro modo, hubiera sido porque las causas antecedentes eran necesariamente otras”.7

El quinto capítulo está dedicado al tema del progreso. Para Carr, el progreso historiográfico está íntimamente ligado con la objetividad en la historia. Carr ha sido acusado de ser excesivamente optimista en lo que concierne al progreso en la historia. Es cierto que acepta la idea de un progreso ilimitado, pero se trata de un progreso dirigido a objetivos que sólo pueden ser definidos a medida que avanzamos hacia ellos y cuya validez sólo pueden ser verificados de acuerdo al ritmo en que van siendo alcanzados. Lo mismo sucede para Carr con la objetividad. Ésta depende de la interpretación y como, a su vez, ella evoluciona de acuerdo a los objetivos que se va planteando el historiador, la “objetividad” es algo dinámico, cambiante. Ahora bien, para Carr lo anterior no invalida la historiografía como una ciencia progresiva, pues lo es en la medida en que busca proveer una comprensión cada vez más profunda sobre una serie también progresiva de eventos (en última instancia, Carr vincula la objetividad con el futuro; postura que le ha valido, creo con razón, no pocas críticas).

Durante los últimos doscientos años los historiadores han asumido que la historia tiene una dirección, que existe un progreso. Se trata de una visión optimista que, nos dice Carr, comparten whigs, liberales, hegelianos, marxistas, teólogos y racionalistas. Viene enseguida un párrafo que le ha valido también severas críticas: “La historia es, en términos generales, recuento de lo que han hecho los hombres, no de lo que se frustró: en esa medida es la narración del éxito”. No es necesario cultivar ninguna de las corrientes a las que con frecuencia se aglutina bajo la expresión “historia desde abajo” para darse cuenta de las limitaciones que encierra este planteamiento o, más aún quizás, del que le sigue un poco más adelante, cuando, con base en Hegel, Carr distingue entre “historia” y “prehistoria”, para enseguida afirmar categóricamente: “Sólo los pueblos que han sabido organizar en cierto grado su sociedad dejan de ser salvajes primitivos y penetran en el recinto de la historia”.8 El quinto capítulo termina con una vuelta a la imposibilidad para el historiador de distinguir entre hecho e interpretación. Desde el punto de vista de Carr, la posibilidad de separar a estos dos elementos sólo podría darse en un mundo estático, pero en la realidad esto no existe: “La historia es, en su misma esencia, cambio, movimiento, o —si no se oponen a esta palabra pasada de moda— progreso”.

El progreso vuelve a aparecer en el capítulo final, titulado “Un horizonte que se abre”. Repito el título de este último capítulo porque refleja bien lo abigarrado de su contenido: Marx y Freud como los dos autores que han redimensionado el uso de la razón en nuestro tiempo (y, más concretamente, obligado a los historiadores a pensarse a sí mismos como individuos ubicados dentro de la sociedad y de la historia); la revolución material y mental que ha implicado la economía administrada (sea capitalista o socialista); el imparable proceso de “individualización” que caracteriza al mundo moderno y que denota una civilización en constante ascenso; el incremento progresivo en el número de personas que aprenden a pensar, a “usar su razón” (según la elocuente expresión de Carr); el riesgo de uniformidad social que implica la extensión de la educación y, por último, la pérdida del centro de gravedad mundial que Europa Occidental había representado durante siglos.

En relación con este último tema, Carr hace una severa crítica a las universidades inglesas de su tiempo cuando afirma que la historiografía británica es provinciana (parochial) por creer que la historia del mundo angloparlante de los últimos cuatrocientos años es el fundamento de la historia universal. Carr afirma que es una obligación de las propias universidades inglesas corregir esta distorsión histórica e historiográfica. Menciono esta cuestión porque creo que los centros e institutos que se dedican al estudio de la historia en México (y en América Latina) debieran prestar atención a esta crítica de Carr (la cual, por cierto, influyó para que pocos años después de la publicación de ¿Qué es la Historia? se iniciara una reforma de los planes de estudio en historia en las universidades británicas). No es posible que en los albores del siglo XXI los estudiantes mexicanos que quieren estudiar historia (ya sea a nivel licenciatura o posgrado) tengan muy pocas opciones que no sean la historia de México (desde los aztecas hasta, digamos, el 68). Este “mexicocentrismo” refleja una visión parcial y limitante no sólo de la historia en sí misma, sino también del quehacer historiográfico (con claras repercusiones en los contenidos e intereses de la divulgación histórica en nuestro país).

Carr pone punto final a ¿Qué es la Historia? en clave explícitamente política: el liberalismo, que fuera un revulsivo social en otro tiempo, en el suyo se ha convertido en una ideología conservadora. Hay que recuperar, propone, el optimismo que animaba el liberalismo de alguien como Lord Acton; un optimismo que Carr fundamenta en su confianza en la razón y en el progreso.9 Esta confianza, concretamente en la razón, debe también contribuir a reducir esa exaltación de la acción práctica que Carr considera el sello de la casa del conservadurismo. Hay que recuperar, propone, posturas que podríamos considerar disidentes; es decir, posturas que busquen cambios fundamentales, no mejoras parciales. “Espero que llegará el tiempo en que los historiadores, los sociólogos y los pensadores políticos del mundo de habla inglesa recobrarán su valor para emprender esta tarea”.

Lo que le perturba más a Carr, sin embargo, es la pérdida generalizada de la sensación de que el mundo está en movimiento. En su opinión, el cambio ya no es percibido como una oportunidad de progreso, sino como algo que hay que temer. Ante la serie de distinguidos historiadores británicos que, de una u otra manera, predican el conformismo, la inmovilidad y/o el conservadurismo (Namier, Oakeshott, Popper, Trevor-Roper y Morison son los nombres que menciona en el párrafo que cierra ¿Qué es la Historia?), Carr afirma ser un optimista que sigue pensando que, pese a todo, el mundo, como afirmó Galileo, no cesa de moverse.

Algunos de los objetivos, de los combates, de los aciertos, de los vaivenes y de los puntos débiles de ¿Qué es la Historia? puede intuirlos el lector con base en la visión panorámica del libro que he proporcionado aquí.10 Termino estas líneas haciendo referencia al prólogo de esa segunda edición de ¿Qué es la Historia? que Carr preparaba en los años inmediatamente anteriores a su muerte (acaecida, como se apuntó, en 1982). En dicho prólogo, Carr reconoce que los veinte años transcurridos desde 1961 han frustrado la confianza que manifestó entonces. Sin embargo, considera que la falta de esperanza en el futuro es en realidad “un constructo teórico abstracto” y que, además, es exclusiva de Europa Occidental, sobre todo de la Gran Bretaña, y de “sus vástagos de ultramar”. Carr concluye que la ola de escepticismo que descarta toda fe en el progreso es una forma de elitismo; tanto al interior de cada sociedad, como de los países que han perdido el control mundial que antaño tenían.

Los principales representantes de dicho escepticismo son los intelectuales, a quienes Carr define como “los proveedores de ideas del grupo social rector al cual sirven”. Enseguida, entre paréntesis, refiere la conocida frase de Marx: “Las ideas de una sociedad son las ideas de su clase dominante”. Marx, por cierto, es, con diferencia, el autor más recurrente en ¿Qué es la Historia?; una recurrencia que, no está de más señalarlo, no corresponde del todo bien con un autor que, pese a numerosas apariencias en contrario, nunca fue un historiador marxista.

El último párrafo del prólogo en cuestión vuelve a la parte final de ¿Qué es la Historia?: todos los grupos sociales producen cierto número de “disidentes”. Esto, nos dice Carr, sucede particularmente entre los intelectuales; algunos de los cuales son capaces de ir más allá de las “polémicas de rutina” y desafiar los presupuestos mismos de la sociedad en que viven. Carr afirma que las vivencias victorianas de su niñez (nació en 1892) le impiden pensar el mundo en términos de permanente e irreversible decadencia y cierra su prólogo afirmando que en las páginas que siguen (lo que hubiera sido la segunda edición de ¿Qué es la Historia?) se distanciará explícitamente de las tendencias dominantes entre la intelectualidad occidental de su tiempo, especialmente la británica, y considerará el futuro de una manera “más saludable y más equilibrada”.

Parecería que Carr, el historiador, se hace a un lado para dar paso a Carr, el ideólogo voluntarista, que no se resigna a que su visión del hombre, del mundo y de la historia se diluya en los sucesos que tiene ante sus propios ojos. Frente al colapso del comunismo (que tuvo lugar pocos años después de ser redactado el prólogo que nos ocupa), cabe plantear que la lucidez historiográfica de E. H. Carr habría continuado remitiendo ante acontecimientos que, tiempo mediante, conforman eso que llamamos “historia”.

Roberto Breña. Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Es autor del libro El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824, y editor de En el umbral de las revoluciones hispánicas: el bienio 1808-1810.

1 Lo cual no quiere decir que no tenga claras limitaciones desde el mirador historiográfico del siglo XXI. En la introducción de la edición en español que emplearé en esta reseña crítica, Richard J. Evans identifica ocho aspectos de las ideas de Carr que no han resistido el paso del tiempo; refiero solamente cuatro de ellos: su concepción instrumental de la objetividad, su desdén por la gente corriente, su rechazo absoluto de la contingencia en la historia y su insistencia en que la historia tiene un sentido y una dirección. ¿Qué es la Historia?, Ariel, Barcelona, 2003, p. 40.

2 Más tarde, entre 1969 y 1978, Carr publicaría otros seis volúmenes, esta vez sobre la Rusia posrevolucionaria: el primero se titula El interregno 1923-1924, al que seguirían los cinco volúmenes de Los fundamentos de una economía planificada 1926-1929. En total, su monumental Historia de la Rusia soviética consta de 14 volúmenes (dos de ellos como coautor). El interés de Carr por Rusia venía de lejos: en la década de 1930 había publicado estudios biográficos de Dostoievski (1931), de Herzen (1933) y de Bakunin (1937). Esta “pasión rusa” se mantuvo hasta el final de sus días (Carr murió en 1982): póstumamente aparecieron dos libros más con tema soviético: El ocaso del Comintern (1930-1935) y El Comintern y la guerra civil española.

3 What is History?, Penguin Books, Harmondsworth, 1986, p. 42. En este caso la traducción es mía, pero la oración se encuentra en la página 118 de la edición española de ¿Qué es la Historia? (ver nota 1). Esta edición contiene una útil introducción de Richard J. Evans y un ensayo de R.W. Davies sobre las notas preparatorias que hizo Carr para la segunda edición del libro, que nunca vio la luz. Incluye también el breve prólogo que escribió para lo que hubiera sido esa segunda edición y que fue lo único que estuvo listo para la imprenta; haré referencia a este prólogo al final de estas líneas. En lo que sigue, las traducciones son de este libro (con leves modificaciones en un par de casos).

4 Esta cuestión surge de manera inmediata y perentoria en la investigación histórica si tenemos en mente la siguiente oración (tomada del quinto capítulo): “Sólo el tipo más sencillo de afirmación histórica puede considerarse absolutamente cierta o absolutamente falsa” (p. 203).

5 A este respecto, no está de más mencionar que Carr trabajó para el Foreign Office durante 20 años (1916-1936); un dato que, creo, contribuye a entender y a explicar el marcado pragmatismo que caracteriza aspectos importantes de su obra (en general, no solamente de ¿Qué es la Historia?).

6 Más adelante, Carr es aún más claro a este respecto: “La jerarquía de las causas, la importancia relativa de una u otra o de este o aquel conjunto de ellas, tal es la esencia de su interpretación [del historiador]” (p. 184). Cabe apuntar que la historiografía contemporánea presta cada vez más atención al significado de los hechos históricos y no tanto a sus causas (siempre entendidas, por lo demás, en un sentido no mecánico).

7 Es también en este cuarto capítulo en el que Carr descarta taxativamente las posturas que enfatizan el papel del azar en la historia (una cuestión historiográfica en ocasiones resumida bajo la expresión “la nariz de Cleopatra”): “…cuando alguien me dice que la historia es una sucesión de accidentes, tiendo a sospechar la presencia, en mi interlocutor, de cierta pereza mental o de una corta vitalidad intelectual” (p. 183).

8 Esto no le impide a Carr escribir lo siguiente (apenas dos páginas más adelante): “Nada hay más radicalmente falso que la erección de algún patrón supuestamente abstracto de lo deseable y la condena del pasado con base en este patrón” (p. 212).

9 Lord Acton (1834-1902) fue un célebre político e historiador inglés que se distinguió, entre otras cosas, por su defensa de las libertades civiles, por su defensa de la libertad religiosa (él era católico), por su extraordinaria erudición (en una época de eruditos extraordinarios) y por ser el promotor de la Cambridge Modern History.

10 Para aquellos lectores que quieran ir más allá del texto de Carr, recomiendo el libro ¿Qué es la historia ahora?, David Cannadine (ed.), Ediciones Almed, Granada, 2005; y, en inglés (pues no hay versión castellana), el libro E.H. Carr (A Critical Appraisal), Michael Cox (ed.), Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2004. Entre sus 15 ensayos, este libro contiene tres dedicados a ¿Qué es la Historia? (además de una útil introducción del editor y un breve pero interesantísimo escrito autobiográfico de Carr).