A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

“La disciplina de la historia no se considera generalmente una ciencia, sino algo más cercano a las humanidades. En el mejor de los casos, la historia se clasifica entre las ciencias sociales, entre las que está considerada la menos científica. […] La mayoría de los historiadores no piensan en sí mismos como científicos, y la formación que se les imparte en ciencias reconocidas y sus metodologías es escasa”.

—Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero

El principio de la historia
Para narrar esta historia iniciaremos en julio de 2008 debido a la conjunción de un número incuantificable de factores deterministas y aleatorios, los primeros de éstos, posibles de estimar y equivalentes a lo que algunos llamarían el destino (con minúscula en este caso, dado que no se trata aquí de ninguna revolución histórica, aunque sí se trate el tema de una posible revolución en la Historia, ésta sí con mayúscula); los segundos, obra del más puro azar, aunque también estimables, bajo ciertas condiciones, mediante herramientas estadísticas. La suma de ambos, eso sí, impredecible en muchas más ocasiones que las que preferiríamos científicos exactos y sociales por igual. Es en esa fecha que el ecólogo y matemático Peter Turchin publicó en las páginas de la revista científica Nature un artículo en el que reflexionaba: “¿Qué ocasionó el colapso del imperio romano? Más de 200 explicaciones han sido propuestas, pero no hay consenso sobre qué explicaciones son plausibles y cuáles deberían ser rechazadas. Esta situación es tan risible como si, en física, la teoría del flogisto y la termodinámica coexistieran en iguales términos”.

Cliodinámica

Si algo así de grave ocurre en los dominios de la historia, ¿significa esto que Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Eric Hobsbawn, Paul Kennedy y el resto de sus colegas no han hecho bien su trabajo y que el superhistoriador capaz de descubrir las leyes de la historia no ha nacido aún? ¿Estamos ante otra de esas críticas “simplistas” —dirían en ciencias sociales— o “reduccionistas” —dirían en ciencias exactas— provenientes de físicos y matemáticos arrogantes que creen que el libre albedrío y algo tan complejo como la cultura humana pueden encerrarse en la camisa de fuerza de una ecuación? Turchin piensa que las históricas respuestas a estas interrogantes se hallan en una nueva disciplina: la cliodinámica.

La ciencia de la historia
Desde mediados del siglo pasado, a raíz del desarrollo de nuevos métodos que hicieron posible un estudio de la historia que se remontara a épocas anteriores a la existencia de registros escritos —como la datación mediante isótopos radioactivos, lo que David Christian y otros historiadores han llamado “la revolución cronométrica”—, un grupo de científicos cada vez mayor —el punto de inflexión ha tenido lugar a mediados de los ochenta, por razones que veremos más adelante, entre ellas el aumento exponencial en el poder de cálculo gracias a las computadoras— está convencido de que las nuevas generaciones de historiadores se verán altamente beneficiadas, y su disciplina de estudio radicalmente transformada, mediante un cambio de paradigma que, de entrada, introduzca como línea de investigación en ascenso a lo que el propio Turchin bautizó en el 2003 como cliodinámica, término con el que el matemático casa a Clío, la musa de la historia, con uno de los conceptos favoritos de los físicos: la dinámica (cambiando su significado original y específico del estudio de los cambios que ocurren en procesos en sistemas físicos por el del estudio de los cambios en el tiempo que experimentan las sociedades humanas).

El nada modesto objetivo de la cliodinámica es la búsqueda de una teoría de la historia —entendida como la modelación matemática de los eventos históricos— mediante un enfoque multidisciplinario que incluya en el currículo de los nuevos historiadores temas provenientes de ciencias no históricas como la física, la química y la biología, junto con otros pertenecientes a ciencias históricas como la geología, la astronomía, la paleontología y algunos aspectos de la biología molecular.

Que aspectos como la geografía y la ecología influyen en la historia de las sociedades humanas no es algo nuevo, y en obras como Armas, gérmenes y acero y Colapso, del biogeógrafo Jared Diamond, uno puede enterarse del porqué de ello, expuestos de manera clara y sencilla para los no especialistas (no por nada Diamond fue galardonado con un Pulitzer por el primero de ellos). Los problemas comienzan cuando se intenta cuantificar y llegar a un consenso acerca de qué tan determinantes fueron estos factores en, por ejemplo, que los aztecas hayan sido conquistados por los europeos y no al revés, o en aceptar conclusiones como que los propios mayas fueron responsables de la ruina de su civilización al deforestar y hacer un uso excesivo de los recursos naturales disponibles —lo que los especialistas de hoy catalogarían de manera algo más rimbombante como “desarrollo no sustentable”—. Afirmaciones de este tipo pueden desatar la furia no sólo dentro de las facultades de antropología e historia del país, sino en el mucho más extenso territorio virtual, en el que cientos de enardecidos cibernautas mostraron su desacuerdo con respecto a la asociación mayas/colapso ambiental, expuesta por el arqueólogo Richard D. Hansen el pasado mes de marzo durante la conferencia magistral que inauguró el III Congreso Internacional de la Cultura Maya, celebrado en Mérida, Yucatán. Lo que menos importó en ese entonces fue saber que, además del trabajo de Hansen, diversos investigadores y estudios recientes respaldan esta teoría.

De regreso con la cliodinámica, siete años después de haber sido acuñado el nombre, esta ciencia cuenta ya, desde noviembre de 2010, con su propia revista científica con arbitraje internacional —aspirantes y miembros del Sistema Nacional de Investigadores: ya pueden enviar sus papers y dormir con la tranquilidad de saber que todo lo que publiquen será tomado en cuenta en la próxima convocatoria de Conacyt para ingreso o permanencia—: el Journal of Theoretical and Mathematical History, que en su segundo número de marzo de 2011 publica artículos escritos por científicos como Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física y uno de los principales impulsores de la aplicación de la teoría de la complejidad en la historia, tema que es de la mayor importancia para los “cliodinámicos”.

Historias sobre la complejidad de la historia
En un artículo publicado este año, David C. Krakauer, investigador del Instituto Santa Fe —fundado en 1984 por Gell-Mann y otros científicos con la meta principal de estudiar precisamente cómo surgen y cómo funcionan sistemas complejos en la biología, la física, la economía, la neurología y, por supuesto, en las sociedades humanas— se aproxima a cuestiones metahistóricas (cómo estudiar historia, pero desde la perspectiva de un físico) y a aspectos relacionados con lo que algunos han llamado Gran Historia (la búsqueda de regularidades y pautas seguidas por los eventos históricos relativos a nuestra especie). Krakauer señala que los historiadores “tradicionales” se han visto limitados a construir una historia narrativa, puramente descriptiva, de eventos cronológicos colocados en orden temporal y conectados mediante un mecanismo creíble y causal que depende del historiador y, en consecuencia, altamente subjetivo —algo que, por ejemplo, para William Prescott pudo resultar fundamental para explicar la conquista de México, quizás merezca únicamente una nota a pie de página en el libro de Hugh Thomas sobre el mismo tema.

Una historia científica buscaría entonces ajustar una curva a un sistema dinámico —lo que en este caso se refiere a la citada serie de tiempo de eventos— que permita reproducir de manera aproximada la secuencia de eventos, aunque falle en capturar alguna característica o el valor particular de un evento. El gran valor de la historia científica obtenida es que permitiría acomodar nuevas observaciones o eventos sin necesidad de tener que proveer de una historia o de una causa adicional a éstos dentro de la secuencia considerada. En términos físicos eso significa que la sensibilidad del sistema sería muy baja ante la presencia de ruido —al igual que en física, en la historia así tratada el ruido sería algún incidente de carácter aleatorio que, al ser removido (“filtrado”) nos permite enfocar nuestra atención en explicar el proceso que nos interesa—. Si Hitler hubiera triunfado como artista, ¿habría habido una Segunda Guerra Mundial? Gracias a este método podríamos responder con certeza a esta pregunta.

Por desgracia —para los historiadores—, así como en la naturaleza tenemos sistemas críticos o, en otras palabras, muy sensibles a cambios en las condiciones iniciales, que los vuelven caóticos e impredecibles —como el clima—, en el caso de la historia tendríamos que enfrentarnos también en varios casos a sistemas críticos: “… El príncipe Andrés escuchaba atentamente las palabras que dirigía el príncipe Bagratión a los jefes y las órdenes que daba, y con gran extrañeza suya veía que en realidad no se daba ninguna orden y que el príncipe procuraba dar a todo aquello, que se hacía por necesidad, por azar o por la voluntad de otros jefes, la apariencia de actos realizados, si no por orden suya, por lo menos de acuerdo con sus intenciones…”. Quien quiera leer una descripción inigualable de un campo de batalla como un sistema caótico no requiere de un físico ni de un historiador: con leer a Tolstoi en Guerra y paz será más que suficiente.

Darwinismo (otra vez) histórico
Carlos Darwin debe a su homónimo Marx y a los nazis el que la sola mención de su apellido inspire reflejos pavlovianos de rechazo en más de un historiador, pero que la teoría de la evolución se haya aplicado para elaborar hipótesis seudocientíficas que pretendieran validar la supremacía racial y otras ideologías no son razones para desechar la búsqueda de pautas que en verdad tengan su base en ella. Unos muy populares, si bien ficticios “cerdos capitalistas”, clasificados así ya no por Marx, sino por John R. McNeill, historiador ambiental y autor de obras como Algo nuevo bajo el sol: una historia ambiental del siglo 20, discuten sobre la naturaleza de la sociedad en las siguientes líneas:
“Steve… esto es el caos” —exclama Sharon Carter, alias Agente 13, en Fear Itself, la saga más reciente en los cómics de la compañía Marvel, ante su incapacidad para evitar que se desencadenen disturbios durante una multitudinaria protesta de neoyorquinos, unos a favor y otros en contra de la construcción de nuevos edificios en la Zona Cero de esa ciudad—. “No Sharon… es la democracia” —sentencia Steve Rogers, mejor conocido como el Capitán América.

Fuera de las páginas de los cómics, McNeill considera que la teoría de la evolución de Darwin puede ser aplicada en el caso de la historia para explicar la sobrevivencia de aquellas sociedades humanas en función de su adaptabilidad social: una medida de su capacidad para transformarse ante cambios en su medio de muy diversa índole: económicos, políticos, ambientales y otros. Siguiendo con esta analogía evolutiva, de acuerdo con McNeill tendríamos sociedades generalistas o “cerdas” y sociedades especialistas o “pandas”, donde democracia y dictadura serían buenos ejemplos respectivos si consideramos sus formas de gobierno o, si se desea ser más específico, la historia reciente de México nos muestra cómo, sin necesidad de leer a Darwin, abundan en nuestro país los políticos cerdos por antonomasia cuya envidiable capacidad de adaptación les permite, si no evolucionar, sí metamorfosearse no digamos ya en jirafas, sino en tucanes, tepocatas, pejelagartos y demás especies del bestiario nacional, algo más bien excepcional hace algunas décadas, cuando lo mejor era pasar la vida entera mascando bambú como un rollizo y burocrático panda tricolor.

La física de la historia
En Surely you’re joking, Mr. Feynman!, una obra autobiográfica en la que Richard Feynman —Premio Nobel y uno de los grandes (y más excéntricos) genios del siglo pasado— cuenta anécdotas sobre temas tan disímiles como sus métodos de resolución de ecuaciones en el Proyecto Manhattan y sus métodos de conquista de showgirls en Las Vegas, el físico nos alertaba sobre la extrema renuencia que existe entre científicos en usar en su línea de estudio términos provenientes de otras ramas de la investigación: para él, era más fácil que un biólogo se cepillara los dientes con el cepillo de un físico a que un historiador incorpore conceptos como matriz de afinidad, rompimiento de simetría o paisaje de menor energía. Imaginemos entonces la polémica suscitada por un estudio de 1993 de Robert Axelrod y Scott Bennett, especialistas en matemáticas y ciencias políticas de la Universidad de Michigan, en el que proponen un modelo basado en la teoría del magnetismo del vídrio de espín para predecir qué países formarán alianzas en un conflicto bélico. Para validar su modelo, Axelrod y Bennett lo aplicaron al caso concreto de la Segunda Guerra Mundial.

El estudio de Axelrod y Bennett se volvió bastante popular en años recientes en buena medida gracias a Phillip Ball —quien durante una década fue editor de la revista Nature y que le dedicó un capítulo en su obra Masa crítica, ganadora del Premio Aventis al mejor libro de divulgación científica en 2004 y publicado en español en 2008—, pero también con toda justicia por constituir un excelente ejemplo de lo que desde la década de los ochenta se conoce como sociofísica, física social o dinámica realista —el empleo de la física estadística para predecir el comportamiento de un grupo de personas, trátese de multitudes haciendo “la ola” en el Estadio Azteca, peatones en los pasillos de un centro comercial o redes sociales en internet—. Una colaboración tan sui géneris entre disciplinas con metodologías tradicionalmente tan distantes mantendrá bastante ocupados en los próximos años a los físicos e historiadores/sociólogos/politólogos autores del futuro Glosario de sociofísica a la hora de definir propuestas que hoy suenan más a “socioficción” (¿“política ficción”, diría Carlos Salinas?), como: energía cinética social, teoría social de estructuras disipativas y termodinámica social, entre otros.

Axelrod y Bennett construyeron una matriz A en la que cada elemento de un renglón i y de una columna j señalaba la afinidad mutua entre dos naciones. Valores positivos indicaban que los países tenían afinidad en aspectos como religión, interdependencia económica, proximidad geográfica o sistema político, mientras que valores negativos mostraban fuentes posibles de conflicto por la ausencia de puntos en común en esos mismos temas. La matriz A(i,j) resultante era entonces el análogo a un paisaje de energía para los países considerados. Cada espacio (i,j) de este paisaje de energía describe la situación de un país en un bando o en otro o, en otras palabras, una configuración. A partir de esta matriz es posible entonces obtener la configuración más estable —aquella con la menor energía libre disponible—, lo que en este caso significaba que dos países que son muy afines entre sí se hallaban en el mismo bando, lo que era fácil de determinar visualmente, pues estaban representados por “valles” —o mínimos locales, si es que recordamos nuestras clases de cálculo de preparatoria— en el paisaje energético resultante.

En el caso de los 17 países considerados por Axelrod y Bennett y las consiguientes 65 mil 536 combinaciones posibles —esto es, 2 elevado a la potencia 17 y dividido entre 2, dado que la matriz es simétrica: la afinidad A(i,j) es igual a la afinidad A(j,i)—, la configuración mínima predijo correctamente —con excepción de Portugal y Polonia, aunque este último se alineaba físicamente en el lugar históricamente adecuado— qué países formaron parte del Eje y cuáles fueron aliados en la Segunda Guerra Mundial. No está de más llamar la atención al hecho de que simulaciones como ésta, que requieren de una capacidad de cálculo antes únicamente disponible para unos cuantos mediante supercomputadoras localizadas en un puñado de universidades y centros de investigación en el mundo, son ahora programadas en cualquier computadora de escritorio; es inconcebible —o, por lo menos, altamente improbable— el auge actual de los modelos numéricos en la ciencia sin esta revolución tecnológica.

Los ataques más fuertes al modelo de Axelrod y Bennett remarcaban que los valores que se asignaba a sus variables habían sido “sintonizados” de manera que pudiera obtenerse un resultado que ya era el esperado. Para refutar estas críticas y extender el modelo de manera que tomara en cuenta la posibilidad de que los países se mantuvieran neutrales durante la guerra, en 2005 Tim Hatamian, físico de la Universidad Estatal de Nueva York, repitió la simulación, mejorando inclusive la predicción de Axelrod y Bennett, pues en esta ocasión el modelo colocó a Portugal en el bando física e históricamente correcto.

¿El futuro de la historia?
“La psicohistoria no trataba del hombre, sino de las masas de hombre. Era la ciencia de las muchedumbres, de miles de millones de personas. Podía prever las reacciones a diferentes estímulos con la misma exactitud que una ciencia menor predecía el rebote de una bola de billar. […] Sin pretender predecir los actos del individuo, formuló leyes específicas capaces de análisis y extrapolación matemáticos para gobernar y vaticinar la acción en masa de los grupos humanos”. ¿Sueños de un historiador? No. Hoy en día tan sólo ciencia ficción procedente de la Trilogía de las Fundaciones imaginada por Isaac Asimov. La psicohistoria imaginada por Asimov, de crearse, nos permitiría predecir el futuro.

¿No es entonces “psicohistoria” lo que intentan hacer hoy en día los sociofísicos y otros investigadores? ¿Y el libre albedrío? Novelistas de todo el espectro literario, desde Tolstoi hasta Asimov —donde quiera que los coloque el lector dentro de ese espectro— han planteado ese problema. En el universo asimoviano sus personajes debaten: “—¿Y si ejerzo mi prerrogativa de libre albedrío? ¿Y si decido atacar el año próximo, o no atacar nunca?” […] “Actúe como quiera y ejercite hasta el máximo su libre albedrío. Perderá de todos modos. […]

Luis Javier Plata Rosas.
Doctor en oceanografía. Autor de Mariposas en el cerebro.