Era muy de mañana en la ciudad de México cuando el azul es transparente y aún no se percibe el olor que despide el exceso de automóviles circulando sin dar tregua a sus motores. Me sorprendió verla allí en medio de la nada, con destreza arreglándose los cabellos largos y ondulados, brillantes de tan negros. El cepillo se deslizaba suavemente sobre sus espaldas donde encontraban apoyo frente a la embestida de las cerdas. Luego con un doblez de cuello, como quien interpreta una danza, los cabellos con toda su largura iban a dar a los hombros, y de frente se posaban delicadamente sobre los senos.
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