Mañana o pasado

Jorge G. Castañeda,
Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos,
Aguilar,
México, 2011, 432 pp.

Se trata de un libro ingenioso, bien escrito, sobre temas sin duda interesantes, abordados de manera heterogénea, con buen sentido del humor y mejor sentido político, razonablemente bien documentados y en los que predomina, por supuesto, la impresión personal del autor.

No es, como se ha comentado por ahí, un libro sobre el carácter de los mexicanos. El propio autor así lo reconoce en el prefacio, y sería un error considerarlo como tal, porque metodológicamente no está planteado en esos términos. Creo que lo que Jorge Castañeda pretende, y logra bien por cierto, es describir algunas formas de ser, algunos rasgos, que ciertos sectores de la sociedad mexicana manifiestan en forma más o menos reiterada frente a circunstancias que enfrentan de manera individual o colectiva. Estaría entonces más cerca de lo sociológico que de lo psicológico, aunque tampoco pretende ser un tratado de sociología del mexicano.

Ocurre que la comparación frecuente que hace el autor con circunstancias similares en sociedades anglosajonas, por ejemplo, le permite identificar y contrastar, con perspicacia, algunos rasgos que él percibe con más nitidez en el ámbito de lo mexicano. Esto va y viene a lo largo del libro.

El título del primer capítulo seguramente lo habría corregido de haberlo escrito después del último torneo que ganaron los Pumas. Los mexicanos no somos tan malos para el futbol. Pero además, en torno al futbol, habría que reconocer que se logra una buena cohesión social. Basta con ir a un estadio para constatar la coordinación casi perfecta de las porras, en las que se mezclan hombres y mujeres, niños y viejos, de diferentes estratos sociales, capaces de compartir y vivir una pasión, que se fragmenta cuando la euforia colectiva deviene en violencia.

En lo que sí coincido, a propósito de este capítulo, es en la tendencia más bien individualista de los mexicanos. Con agudeza y con una buena dosis de conocimiento sobre historia de la cultura en México, Castañeda es capaz de articular explicaciones verosímiles sobre el cómo y el porqué del individualismo que nos caracteriza.

Toco ahora otro capítulo polémico, aunque es preciso decir que todos lo son. Ahí está plasmado el sutil encanto o desencanto provocador del autor respecto de uno de los aspectos más sensibles de la realidad nacional: me refiero a la falta de respeto por la ley y la impunidad, que han dejado una huella profunda y devastadora en la sociedad mexicana. La sección dedicada a “las guerras del narco” está plagada de verdades inobjetables, salvo en la parte que tiene que ver con el consumo de drogas en México.

Coincido con prácticamente todos los planteamientos que sobre el tema de las drogas ha esgrimido Castañeda, tanto en el libro como en otros foros, pero no estoy de acuerdo con la lectura que le ha dado a las encuestas sobre el consumo en México. A pesar de que sigue siendo bajo, sobre todo comparado con el consumo y con el mercado que éste representa para nuestros vecinos del norte, el consumo sí ha aumentado; la tendencia es muy clara respecto de su uso creciente en etapas cada vez más tempranas de la vida y cada vez mayor en mujeres. Para muestra un botón: por cada usuario de cocaína que había cuando hicimos la primera encuesta nacional de adicciones a finales de la década de los noventa, hoy hay ocho.

Lo que es inobjetable, como bien lo señala el autor, es que en Estados Unidos el mercado que representa el consumo de drogas se ha mantenido, en términos generales, estable, con lo cual queda claro que las campañas para reducir el consumo de aquel lado han sido poco efectivas y no parecen representar una verdadera prioridad para ellos. Así, los reclamos de México han sido, en efecto, ciertos pero inútiles. Coincido también en que los retos actuales que enfrentamos en materia de seguridad y cumplimiento de la ley no van a ser superados con el actual andamiaje policiaco que tenemos.

Carlos Fuentes ha reiterado, recientemente, una propuesta que muchos compartimos, que emana de la Comisión Global sobre Política de Drogas, presidida por Fernando Henrique Cardoso, César Gaviria y Ernesto Zedillo, y en la que también participan Roberto Marinho, Mario Vargas Llosa, Moisés Naim, Sergio Ramírez y otros más: es necesario tratar el consumo de drogas como una cuestión de salud pública, reducir el consumo mediante políticas de prevención y reprimir al crimen organizado; pero junto con una política paralela de despenalización. Menos acciones penales contra los usuarios, mayores alternativas al prohibicionismo, participación de un número creciente de organizaciones sociales y culturales, en fin, ensayar políticas alternas razonadas y razonables, que seguramente no van a resolver el problema pero que pueden conducirnos a un panorama menos malo del que ahora tenemos. De otra forma las consecuencias perdurarán.

La sección correspondiente a la economía informal es breve, pero está muy bien documentada. Hay un gravísimo problema, y el autor lo indica: ningún gobierno puede gravar lo que la gente no gana, y en la economía informal, para fines prácticos, quien no reporta lo que gana pues no gana aunque gane, porque el gobierno no tiene idea de cuánto gana. Por lo menos el 30% de la población económicamente activa está en esta situación, que es una auténtica bomba de tiempo para el país.

El capítulo sobre la clase media es de suyo importante. Castañeda lo plantea casi como un triunfo: ¡por fin, una clase media mexicana! Y da cifras del PNUD y de otros estudios que son bastante convincentes. Habla de una “vieja clase media”; desdeña un tanto los criterios utilizados y generalmente aceptados en el siglo pasado, para luego internarse en el laberinto de los conceptos y definiciones de la “nueva clase media”, que buscan convencernos de que ésta existe.

He tenido la oportunidad de analizar y discutir el tema de las clases medias, sobre todo desde la perspectiva del acceso a los servicios de salud y a la educación de calidad —como factores no exclusivos pero sin duda decisivos— para intentar esclarecer, con objetividad, si realmente hemos construido una nueva clase media en México. El Banco Mundial, por ejemplo, no toma tan en cuenta estos factores. Castañeda lo advierte: según el Banco Mundial, la clase media la conforma un grupo transversal de habitantes que compra coches, hace turismo internacional y demanda productos de clase mundial. El autor, por supuesto, critica esta definición y se refiere entonces a otras, las extrapola a México, revisa los datos del INEGI, cita en el camino a López Obrador, a Marx y a Engels, y nos refiere sus experiencias junto con las de sus amigos más queridos para ilustrar, de manera anecdótica, cómo a finales de los ochenta la “vieja clase media” mexicana empezó a estancarse. Está bien descrita la trama y doy por descontado que es absolutamente veraz. Le da mucho crédito al crédito bancario como indicador objetivo de la expansión de la clase media; se refiere a la vivienda, la salud, la educación, y a la posibilidad y el derecho a tomar vacaciones. Su argumentación es buena. Quizá tenga razón y en México hay ya una clase media mayoritaria pero, en todo caso, me parece que la polaridad a la que ha llegado la desigualdad en el país opaca los beneficios de una clase media todavía con muchas limitaciones.

El relato es interesante y divertido. Al hablar, por ejemplo, del conflicto, menciona, obvio, los problemas electorales de 1988 entre Cuauhtémoc Cárdenas y Carlos Salinas de Gortari, y el de 2006 entre Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón, y concluye que ambos tuvieron que enfrentar la negativa de sus seguidores de acompañarlos hasta el final. Yo creo que el final, por lo menos en relación a uno de ellos y en lo que se refiere a contiendas electorales, todavía no se ha escrito.

Lo insólito del libro es que a mitad del análisis, uno se topa de pronto con Cantinflas y Pedro Infante. Cantinflas como una figura que evade el conflicto con la autoridad, siempre desconfiado, audaz y eficaz para alcanzar los objetivos de sus personajes, e invariablemente del lado de la gente. Pepe el Toro, por otro lado, acusado falsamente de un asesinato —presunto culpable— es la víctima por excelencia, ¡ah!, pero con final feliz, lo cual no ocurre con la mayoría de las víctimas de las múltiples injusticias que ocurren a diario en nuestro país. Es fácil resignarse cuando uno sabe que al final va a ser absuelto.

Hay otro capítulo con título triunfalista: “¡Por fin, una democracia mexicana!”. Sin subestimar nuestros avances inobjetables en la materia, todavía no tenemos una plena normalidad en la que el poder se gane, se conserve o se pierda en las urnas. Hacia allá vamos, pero sería inútil tratar de negar el hecho de que algunas elecciones recientes han dejado dudas en amplios sectores de la población. La alternancia es, por supuesto, un signo de madurez democrática, pero la democracia no se agota en las urnas.
Castañeda hace referencia a una encuesta del año 2008 en la que el 66% de los encuestados creía que las elecciones de 2006 no habían sido limpias; pero abunda bien en su argumentación al señalar que la falta de fe en la democracia mexicana crece porque, por lo menos en algunos sectores, hay una confusión en relación a los propósitos y al objetivo central de la democracia. Si esto es cierto, y yo creo que sí lo es, lo que nos falta es cultura democrática, educación cívica. El sistema político mexicano, dice el autor, no acaba de ser del todo compatible con una democracia participativa.

Interesante es también su análisis de por qué la transición se llevó a cabo por la derecha y no por la izquierda. El PAN desplazó a la izquierda en las elecciones de 94, después de una alianza virtual e informal con un gobierno que, durante seis años, le permitió ganar varias gubernaturas estatales por primera vez en la historia. La siguiente complicación fue llegar al alba del siglo XXI con un sistema tripartidista que ya manifestaba evidentes características disfuncionales.

Con cifras del Instituto Federal Electoral Jorge Castañeda analiza y concluye: la alternativa implicaba divisiones dentro de cada partido y una realineación sobre bases políticas e ideológicas, pero esto nunca ocurrió. La razón: cualquier realineación obliga a un enfrentamiento con los aliados de ayer, para aliarse con los nuevos amigos de hoy. Las dos únicas rupturas de importancia fueron con el PRI: la que encabezó Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, y la de la profesora Elba Esther Gordillo del sindicato de maestros en 2003. Siendo ciertas esas dos rupturas, justo es decir también que el móvil y las consecuencias de una y otra fueron muy diferentes.

En medio de este análisis, casi solemne, aparece la obsesión, según Castañeda, de los mexicanos por los récords Guinness. Yo la verdad no la había percibido como tal, pero la cita del New York Times a la que hace referencia es lapidaria: “si el libro Guinness alguna vez inventa una categoría para el país más obsesionado con estar en el libro Guinness, México indudablemente figurará entre los finalistas”. Nunca entendí cómo el autor conectó esta real o supuesta obsesión con los récords Guinness y los resultados de las elecciones del año 2000, que no fueron discutidas, y las de 2006 que ciertamente lo fueron; supongo que su tesis aquí es que nos gusta más ganar que competir. En todo caso, creo que es siempre mejor competir para ganar, que ganar sin competir.

En otras secciones se mofa de los ritos, de nuestro miedo a lo extranjero, nos recuerda nuestra xenofobia, nuestra ambivalencia, comenta el Tratado de Libre Comercio con América del Norte y nos advierte: a México se le irá el tren si no aprovecha la oportunidad que representa el gobierno de Obama. Washington requiere de alianzas confiables, la pregunta es si México quiere y puede ser una de ellas.

No creo que nuestra relación con Cuba o con Venezuela sea un obstáculo infranqueable. México debe abrirse más al resto del mundo, y entonces creo que podrá plantear mejor su relación con Estados Unidos. Me parece que Brasil, por ejemplo, ha optado por una ruta interesante en su política exterior, que le ha dado buenos dividendos. Esta parte del análisis la cierra el autor con una reflexión llena de ironía: ya que la línea entre el valor y la imprudencia es delgada, hay poca esperanza de que la actitud de México hacia Estados Unidos cambie pronto.

Qué bueno que le dedica un espacio a las mujeres, aunque podría haber sido mayor. Soy de los que creo que la creciente participación de la mujer en la vida académica, en la vida económica, en la vida política del país representa una de nuestras mejores opciones. Las mujeres lo han demostrado una y otra vez cuando han tenido la oportunidad de hacerlo.

Llegó el mañana, concluye Jorge Castañeda, en este recorrido que nos ofrece, y en el que queda claro que junto a su buena pluma hay con frecuencia un verbo mordaz; y que su buen sentido del humor le ayuda a ser, simultáneamente, un buen amigo y un polemista respetable.

Juan Ramón de la Fuente.
Presidente de la Asociación Internacional de Universidades. Entre sus libros: Voces de Iberoamérica y Para entender la Universidad Nacional Autónoma de México.