Tulio volvía a hablar de la enfermedad que lo había dejado cojo y que era, además, su principal distracción. Había estudiado la anatomía de la pierna y del pie. Me contó riéndose que cuando se anda con paso rápido, el tiempo en que se desarrolla un paso no supera el medio segundo y que en aquel medio segundo se mueven nada menos que cincuenta y cuatro músculos. Me estremecí y enseguida pensé en mis piernas y busqué en ellas aquella monstruosa máquina. Creo que la encontré. Naturalmente no encontré los cincuenta y cuatro artefactos, sino una complicación enorme que se desbarató en cuanto me puse a pensar en ella.
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