La muerte de Ernesto Sabato (1911-2011) ha desencadenado todo tipo de reacciones: desde las que expresan honestos sentimientos de cariño y admiración, hasta las que rezuman antipatía, resentimiento y maledicencia. No descarto que haya personas a quienes de verdad les resulte imposible disfrutar de la obra literaria de un autor sin aprobar a la vez su ideología política, sus creencias religiosas, su trayectoria cívica o su conducta conyugal, pero quiero creer que tales prejuicios —extraliterarios, por supuesto— están mediatizados por la actualidad y que desaparecerán con el correr de los años.
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