Uno de los recursos más antiguos empleados en la convivencia social y política de todos los días es la hipocresía. No goza de muy buena fama, con frecuencia es vista como “la peor de todas las maldiciones”, como señalaba el viejo Molière, y casi en todas partes se suele condenar a los hipócritas como seres despreciables, deshonestos, amorales, mientras que al mismo tiempo se elogia la franqueza, la buena fe, la honestidad, la transparencia de las personas. Todos tenemos seguramente una o muchas historias que contar al respecto. Justo por ello es una de las paradojas maestras del orden social: cuando se condena tan abiertamente a la hipocresía y a la mentira, ¿por qué persiste su práctica en todos los campos de la vida social?
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