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En 1583 el padre Mateo Ricci, de la Compañía de Jesús, logró penetrar en China. Veinte años después de su arribo al imperio entró en Pekín, la ciudad prohibida. Lo alojaron en el Castillo de los Bárbaros. En los desnudos recintos de esta cárcel vivían, como animales, los embajadores que anualmente llegaban de Corea, de Conchinchina, de Birmania, de Formosa, del Tibet, de Mongolia y de la Tartaria, con ofrendas para el emperador.

Por fin llegó la noticia de que el emperador había acordado una audiencia a los moradores del Castillo de los Bárbaros. Una noche vistieron a todos con ropas de Damasco, les colocaron cascos de plata y oropel, les proporcionaron tabletas de marfil para cubrirse la boca e interceptar el aliento, y con escolta de soldados los condujeron hasta la puerta sur del palacio, donde montaban guardia cinco elefantes. Cuando rayó el alba, los elefantes partieron y Ricci y los embajadores entraron en el palacio, cruzaron patios y, frente al trono, se arrodillaron, tocaron el suelo con la frente, gritaron aclamaciones. El trono estaba vacío. El emperador había resuelto no recibir ese año a los extranjeros.

Fuente
: Adolfo Bioy Casares, La otra aventura, editorial Galerna, Buenos Aires, 1968.