En 1583 el padre Mateo Ricci, de la Compañía de Jesús, logró penetrar en China. Veinte años después de su arribo al imperio entró en Pekín, la ciudad prohibida. Lo alojaron en el Castillo de los Bárbaros. En los desnudos recintos de esta cárcel vivían, como animales, los embajadores que anualmente llegaban de Corea, de Conchinchina, de Birmania, de Formosa, del Tibet, de Mongolia y de la Tartaria, con ofrendas para el emperador.
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